jueves, 5 de noviembre de 2020

Raimundo Lulio Precursor español de la informática


La arrogante y soberbia cultura anglosajona se ha negado persistentemente reconocer que el verdadero precursor de la informática fue el sabio filósofo, poeta, misionero, teólogo, inventor y místico español de los siglos XII y XIII Raimundo Lulio, quien nace en la isla de Mallorca en 1232 y fallece en 1315 o 1316 después de regresar de arriesgada misión religiosa en África. Ingleses y estadounidenses dicen vehementemente que el iniciador de la informática fue el desgraciado sabio Alan Turing (1912-1954) un extraordinario hombre de ciencia y lógico británico del siglo XX. Esto no es enteramente cierto.

Quien hace esta extraordinaria afirmación que engalana a nuestra cultura hispana y mediterránea, fue el semiólogo italiano Umberto Eco (1932-2016) en un libro titulado La búsqueda de la lengua perfecta (1994). No pude menos que quedar sorprendido gratamente con las afirmaciones de este reputado intelectual latino. Hasta entonces creí ingenuamente que fue el empirismo anglosajón el padre de esta creatura que como las ciencias de la información se ha convertido en una de las revoluciones científicas más importantes de la historia, comparable o si no superior a la que ocasiona Gutenberg en el siglo XV con la imprenta o la máquina de vapor de James Watt en el siglo XVIII.

En efecto, Lulio tenía en mente una idea decididamente hispana, la Evangelización, impulso que era como proemio a otra singular creencia medieval, la segunda venida de Jesucristo en la Parusía. Como misionero creía en la posibilidad de convertir al cristianismo, la religión verdadera, a musulmanes y judíos, así como también sacar de su error a las herejías de su tiempo, tales como el averroísmo racionalista. Al convertirse el último hombre al cristianismo sobrevendría entonces la Parusía.

 

         Ramón Llull, que tal es su nombre en la lengua catalana, se dedicó a diseñar y construir una máquina lógica. De naturaleza mecánica era tal artilugio, en ella las teorías, los sujetos y los predicados teológicos estaban organizados en figuras geométricas de las consideradas "perfectas" (por ejemplo, círculos, cuadrados y triángulos). Al operar unos discos y palancas, girando manivelas y dando vueltas a un volante, las proposiciones y tesis se movían a lo largo de unas guías y se detenían frente a la postura positiva (certeza) o negativa (error) según correspondiese. Según Lulio, la máquina podía probar por sí misma la verdad o mentira de un postulado.

Julián Marías nos explica de manera diferente la Ars Magna luliana: “Consiste en una compleja combinación de conceptos, referentes, sobre todo, a Dios y a el alma, que forman unas tablas susceptibles de manejarse como un simbolismo matemático para hallar y demostrar los atributos de Dios. Estas tablas, de manejo difícil de comprender, se multiplicaron y complicaron cada vez más. Esta idea de construir la filosofía de un modo deductivo y casi matemático mediante una combinación general, ha ejercido luego una fuerte atracción sobre otros pensadores, en especial sobre Leibniz; pero el valor filosófico de estos intentos es más que problemático.”

El religioso mallorquín bautizó a su instrumento con el nombre de Ars Generalis Ultima ('Última arte general') o Ars Magna ('Gran arte'), aunque hoy se le conoce a veces como Ars Magna et Ultima. El ingenio fue tan importante para él que dedicó la mayor parte de su gigantesca obra a describirlo y explicarlo. La realidad teórica subyacente en aquel artefacto era una fusión o identificación de la teología con la filosofía, orientada a explicar las verdades de ambas ciencias como si fueran una, una formidable idea que no agradó al cristianísimo papa Nicolás IV ni a la ortodoxia islámica. 

 

En su afán de refutar a los musulmanes, Lulio exageró el concepto en el sentido opuesto: opinó que la doble verdad era imposible puesto que la teología y la filosofía eran en verdad la misma cosa. Equiparaba de este modo e identificaba a la fe con la razón. El incrédulo no era capaz de razonar, y el hombre de fe aplicaba una razón perfecta. De este modo creyó haber resuelto, gracias a las pruebas de significados lógicos y por supuesto a su mecanismo por él ideado, la Ars Magna, una de las más grandes controversias de la historia del conocimiento: disolver la diferencia de la verdad natural de la verdad sobrenatural.

Estas explosivas ideas del monje mallorquín tuvieron gran repercusión con posterioridad a su muerte ocurrida a comienzos del siglo XIV. Pico de la Mirándola (1463-1494) confundió el método de Lulio con la Kábala, esoterismo que busca significados en la Torá hebrea, Giordano Bruno (1548-1600) termina en la hoguera al aplicar a ultranza su método, el filósofo germano Leibniz (1646-1716) se interesa de las ideas del monje medieval y las acerca al lenguaje informático.

Lulio escribió la increíble cantidad de 243 libros que incluían materias tan diversas como la filosofía (Ars magna), la ciencia (Arbre de sciència, Tractat d'astronomia), la educación (Blanquerna, que incluye el Llibre de Amic e Amat), la mística (Llibre de contemplació), la gramática (Retòrica nova), la caballería (Libro del Orden de Caballería), novelas (Llibre de meravelles, que incluye el Llibre de les bèsties), y muchos otros temas y recursos (como el proverbio Llibre dels mil proverbis, o el silogismo (Llibre de la disputa de Pere i de Ramon, el Fantàstic. La ciutat del món), que el mismo autor de inmediato traducía al árabe y al latín. Toda su monumental obra fue escrita no en latín, la lengua de la cultura y el saber en ese tiempo, sino en su lengua natal, con lo cual se constituye en uno de los primeros autores en lenguas neolatinas, el catalán.

Debemos tener en cuenta que Lulio vive y escribe en tiempos en que Cataluña era una gran potencia marítima en el Mediterráneo, y es la expresión su obra de la madurez de la conciencia nacional catalana, un largo proceso que aún tiene sus dramáticas consecuencias en la España de nuestros días: la aspiración independentista de esta genuina y creativa versión de la cultura hispánica que goza de todo nuestro aprecio. 

El espíritu enciclopédico de Lulio me recuerda a otro notable religioso, el sacerdote jesuita alemán de la época barroca: Atanasio Kircher (1601-1680), el último hombre que quiso saberlo todo y que tanto influye en nuestra poetisa mexicana sor Juana Inés de la Cruz (1648-1696). En España es Lulio el santo patrón de los informáticos, en tanto que el joven italiano de 15 años Carlos Acutis, fallecido por leucemia en 2006, podría ser el santo patrono de internet. Después de siete siglos la beatificación está aún a la espera de este genial y anticipativo hombre que como Lulio murió como consecuencia de su lapidación en Túnez, víctima de la intolerancia de la ortodoxia musulmana que no entendió el mensaje ecumenista de este singular monje catalán que aun en el siglo XXI nos maravilla con sus extraordinarias clarividencias.

        Puso su vida el monje mallorquín al servicio del diálogo entre cristianos y musulmanes, un encuentro que todavía resulta inaplazable en los días que corren. Cuando escribo estas notas recibo la terrible noticia de una serie de atentados criminales en Viena, la capital austriaca, lo que dramáticamente nos recuerda la maquina lógica de Lulio, artilugio con el que intenta conciliar las dos grandes religiones del monoteísmo ese hombre excepcional que vivió en un siglo iluminado, el siglo XIII, coetáneo al teólogo  Tomás de Aquino, el viajero Marco Polo, el filósofo Roger Bacon, el santo Francisco de Asís, el rey Alfonso X el Sabio, el místico san Buenaventura, el filósofo Guillermo de Ockam, al poeta Dante. Toda una centuria magnifica que anuncia claramente el nacimiento de la modernidad y que tuvo en Raimundo Lulio a uno de sus más brillantes precursores en este apóstol de la tolerancia y el diálogo del cual estamos tan ayunos en el tercer milenio.

Referencias.

Eco, Umberto. La búsqueda de la lengua perfecta. Editorial Crítica. Biblioteca de Bolsillo. Barcelona, 1994. 320 págs.

Marías, Julián. Historia de la filosofía. Revista de Occidente. Madrid, 1976. 506 págs.

Ordoñez, Javier, Víctor Navarro, José Manuel Sánchez Ron. Historia de la ciencia. Editorial Espasa Calpe. Colección Austral. Madrid, 2006. 639 págs. 

 

Luis Eduardo Cortés Riera.

cronistadecarora@gmail.com

 

Carora, República Bolivariana de Venezuela,

3 de noviembre de 2020

domingo, 1 de noviembre de 2020

Edilberto Ferrer Veliz: Municipio Torres, una tierra prometida


Edilberto Ferrer Veliz es un amigo que recibí como precioso legado de mi padre Expedito Cortés. Ellos protagonizaron a fines del siglo XX uno de los movimientos ecologistas más sólidos y entusiastas de Venezuela, que tuvo como brillante y afortunado epítome la creación de los parques nacionales de Dinira y de Saroche en el Estado Lara. Fue una época de esplendor y gloria que espera ser recapitulada.

       Cuando Edilberto me pide prologar el presente trabajo salido de su fértil intelecto, me pregunto qué lo ha motivado a hacer tal elección. De lo primero ya me referí: la combativa alianza en la defensa de la Naturaleza que mantuvo con mi padre Expedito; lo segundo tiene que ver con mi residencia en estas tierras del semiárido larense desde 1960;  tercero, a mi condición de Cronista del Municipio Torres desde el año 2008. Es una invitación que me halaga y hace sentir útil a mi tierra.

Una vez que culmino de leer el presente trabajo de investigación, que es también un excelente  programa para la acción, no me queda menos que pensar que la ciencia que cultiva con gran imaginación y capacidad Edilberto, la Ecología, es una disciplina que no admite límites ni demarcaciones: toda la realidad, la humana y la natural es objeto de su interés investigativo. Es la quintaesencia del holismo, de lo que ahora se ha dado en llamar Teoría de la Complejidad: todo está relacionado.  El conocimiento humano no tiene líneas divisorias ni cercos.

Cuando el biólogo alemán Ernest Haeckel creó el término  Ecología a fines del siglo XIX, no tenía tal ciencia las ramificaciones prodigiosas que hogaño exhibe. Ese es el espíritu que anima la redacción de tan interesante propuesta que nos entrega ahora mi amigo Edilberto, un espíritu maduro y reflexivo que ha tenido como magníficas escuelas de formación la Universidad de Los Andes, su Facultad de Ingeniería Forestal, y la Fundación para el Desarrollo de Centroccidente (FUDECO) de Barquisimeto.

Es estos días de pandemias, de reclusiones aprovechables para crear ideas y revisar otras, me he puesto a pensar que este luminoso trabajo de Edilberto me da la clave para darle culminación  a  la idea mía cual es la de concebir una categoría de análisis que he llamado tentativamente  “genio de los pueblos del semiárido larense”. Tal planteamiento adolecía, o mejor dicho, le daba un trato superficial a nuestra realidad geográfica y natural. El estado Lara es un portento de la cultura y del humanismo innegable. Ahora, la gran pregunta que me hago es cómo y de qué manera ha llegado a serlo en el contexto de la cultura de habla castellana.  Es el semiárido quien aporta un elemento esencial para comprender tan original formación social e histórica venezolana: es una colectividad en permanente lucha contra un medio natural adverso, una fatalidad que ha moldeado a estos pueblos desde hace milenios en la búsqueda, almacenamiento y provecho de un recurso natural indispensable para la existencia: el agua. Caquetíos, ayamanes, españoles de Sevilla y canarios de ayer, hasta los larenses del tercer milenio han tenido que terciar con semejante desafío. Este combate secular ha creado hombres recios, dispuestos a los trabajos cooperativos, imaginativos, audaces.

Edilberto se deja conducir por las enseñanzas del geógrafo posibilista francés Paul Vidal de la Blanche  y de la no menos importante geografía humanista del chileno- venezolano Pedro Cunill Grau. De tal manera nos muestra al Municipio Torres como una región bifronte, que nos presenta dos climas antagónicos y dos realidades humanas diferentes: el dominante semiárido al Este del Municipio, y el húmedo y templado al Este. Digo dominante porque el semiárido xerófilo es el asiento de la colonización hispánica y del eje nucleador de la entidad que es la ciudad de Carora, fundada en 1569. En tanto que en dirección al Lago de Maracaibo  y al Sur, en dirección al Estado Trujillo, se halla una zona húmeda de reciente  ocupación humana.

 Esta realidad tan extensa y diversa en su territorialidad y en lo humano, hace que estemos frente a un inmenso y complejo problema de gobernabilidad  al que Edilberto propone con audacia la  creación de seis alcaldías sufragáneas dirigidas por un Alcalde Metropolitano. A mi entender es ésta la proposición más interesante y más viable que nos presenta mi amigo Edilberto para resolver los más urgentes problemas del gigantesco Municipio Torres. Unos de ellos son el avance incontenible de la desertificación y el agotamiento de los recursos hídricos, así como la horrible contaminación que irresponsablemente hemos causado al río Morere.

A mi entender,  otro desafío del Municipio Torres es de carácter político y tiene que ver con los tres litigios fronterizos que mantiene  nuestra entidad  con tres Estados limítrofes: Zulia, Falcón, y, el más grave, con Trujillo, pues en la Parroquia Heriberto Arroyo ha sido instalada una Alcaldía del Estado vecino. De perder Torres esas zonas quedaría muestro Municipio mutilado territorialmente, y perdería consecuencialmente  tres zonas de producción hídrica vitales para nuestro nuestra entidad. Poco o casi nada se ha hecho al respecto.  Existe otra reivindicación histórica, que de ponerse en movimiento activaría nuestra fibra  e ímpetu espiritual, sería la de recuperar  Puerto Carora, terminal lacustre nuestro en el Lago de Maracaibo   que aparece en los mapas coloniales en la desembocadura del río Paraute.

Como bien sostiene Edilberto, nuestro Municipio debe volver a convertirse en una comunidad autosuficiente, productora de sus propios recursos,  como lo fuimos secularmente hasta que apareció de las entrañas de la tierra un recurso inmenso e inesperado que torció bruscamente el rumbo de nuestro país: el oro negro del petróleo. Antes de este accidente histórico Torres producía sus propios alimentos, tenía una vigorosa artesanía del cuero para la exportación, una red de solidaridades creadas por la Iglesia Católica que eran las cofradías o hermandades, un liderazgo social con el cual fue fundado el Colegio La Esperanza en 1890, el diario El Impulso en 1904, se activó un interesante antecedente de la Teología de la Liberación, una Iglesia Social liderada por los presbíteros Lisímaco Gutiérrez y Carlos Zubillaga a principios de siglo XX,  se funda la Planta Eléctrica en 1925, la Universidad Popular de Chío Zubillaga Perera, se crea el Ganado Raza Carora, todo lo cual fue producto de una tierra que, gracias a Dios, no encontró hidrocarburos en sus entrañas, además un parto de la tenaz y extraordinaria voluntad creadora de sus hombres.

Hogaño ese liderazgo esta como ausente o  espera otro momento para rebrotar. A este vacío humano de conducción habrá que agregar nuestra incapacidad para ponernos de acuerdo en una meta común, un rasgo de nuestra incompleta y bárbara modernidad, como escribe Octavio Paz. Estamos necesitados de un liderazgo endógeno como con el cual fue fundado el Colegio Federal en 1890, el Hospital San Antonio de Padua en 1904, se construyó con aliento popular el Acueducto de Carora en 1916, se echaron las bases del barrio Torrellas al año siguiente. Son éstas las evidentes e indudables lecciones de nuestro espíritu cooperativo  y de iniciativas populares de tiempos pasados que el espejismo petrolero sepultó.

Esa nueva conducción de la sociedad debe de estar al corriente y gozar de conocimientos actualizados en ciencias naturales, en Ecología, y no afincarse solamente en la  mirada  política. Estamos necesitados de una conducción colectiva que supere los mezquinos fraccionamientos políticos, pues el tamaño inmenso de los retos y desafíos a los que estamos al frente, rebasan la estrechez de los partidos políticos.

 Tiene el Municipio Torres una complejidad enorme y poco comprendida, que el autor de esta magnífica proposición que es la presente obra, nos invita a la acción transformadora, dotados de ese sano regionalismo y de creatividad que han mostrado secularmente  los habitantes de lo que se ha dado en llamar “la Rusia del Estado Lara” desde hace bastantes décadas. Hogaño la economía rentística y monoproductora de Venezuela que dominó por más de un siglo parece por fortuna estar llegando a su fin: viene la Venezuela pospetrolera. Este es, en consecuencia, el momento más propicio para echar adelante las brillantes ideas y proyectos que Edilberto nos plantea en este oportuno y certero libro. A ello estamos invitados.

 

Dr. Luis Eduardo Cortés Riera.

Cronista Oficial del Municipio

G.D. Pedro León Torres.

 

 

 

 República Bolivariana de Venezuela.

Carora, Estado Lara, Julio de 2020.

sábado, 17 de octubre de 2020

Naudy Edgardo Trujillo Mascia - Historiador de la ganadería en Venezuela


Reflexiona y escribe Naudy Edgardo Trujillo Mascia en una condición privilegiada sobre la historia de la ganadería en nuestro país. Ello se debe a su doble formación como Médico Veterinario, por un lado, y como Historiador, por el otro. Es decir que en su persona se encuentran reunidos los dos ámbitos del conocimiento que hasta ahora se hallan artificialmente separados y divorciados: las Ciencias de la Naturaleza y las Humanidades o Ciencias Humanas. Se trata, pues, de una investigación realizada por nuestro amigo Naudy orientada por el llamado pensamiento complejo,  concepción que comprende que en el mundo todo está entrelazado. El mundo es un todo indisociable, nos advierte el filósofo Edgar Morin.

Cuando conocí a Naudy en el Posgrado en Historia Convenio Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado, Universidad Pedagógica Experimental Libertador de Barquisimeto, Fundación Buría,  me dio una grata sorpresa, pues es un excelente docente de la historia de la Medicina Veterinaria en la UCLA, y ya había realizado y publicado algunas interesantes investigaciones históricas sobre la ganadería en el Estado Lara y en su lar nativo, el Municipio Simón Planas.  

El ensayo que nos presenta en esta oportunidad Trujillo Mascia tiene la impronta de lo asimilado en esa Maestría en Historia, a saber, allí entra en contacto con la Escuela de Anales, corriente historiográfica fundada en 1929 por los maestros franceses Marc Bloch y Lucien Fevbre y continuada en Venezuela por los doctores Federico Brito Figueroa y Reinaldo Rojas, nuestros mentores. De Anales toma nuestro amigo la llamada Historia de las Mentalidades Religiosas, cultivada con gran éxito por esta Escuela. En ese sentido estudia e investiga Naudy una devoción  milenaria de un santo varón nacido en Asia Menor, actual Turquía y enterrado en Bari, Italia, en el año 343 después de Cristo: San Nicolás de Bari. Destaca de inmediato el enorme poder icónico y el gran capital simbólico de esta figura del cristianismo que ha resistido el ultraje del tiempo, y que se ha insertado íntimamente en la cultura mediterránea de donde nació  y también  en la cultura nórdica, en donde ha tenido un enorme éxito bajo otros nombres, Santa Claus o Papá Noel. 

Con una extrema rigurosidad investigativa, nuestro amigo se interna en la mentalidad de los seres humanos de nuestro pasado colonial, largo periodo de trescientos años en donde se forma el alma nacional, como sostiene Mariano Picón Salas. Existen muchas cosas que desconocemos de nuestro pasado colonial y hay mucho que investigar de esta dilatada etapa que hemos mirado más con telescopio hasta ahora, cuando se trata de mirarla con lupa. Y es esto lo que realiza con maestría Naudy, pues le sigue el camino a la devoción de San Nicolás por nuestra inmensa geografía colombo-venezolana de llanos y montañas durante un largo espacio temporal que llega hasta alcanzarnos.

Se trata entonces de un descubrimiento realizado por Trujillo Mascia que habría agradado en grado sumo a Mariano Picón Salas y a nuestro contemporáneo Pedro Cunill Grau, cultor de la Geografía Humanística en Venezuela. Es un feliz hallazgo que pone de relieve un aspecto hasta ahora descosido: la relación existente entre la devoción a San Nicolás de Bari y nuestra actividad ganadera en 42 localidades de Venezuela y Colombia. Es un santo protector de nuestros rebaños y de nuestros hombres, mujeres y niños que vivieron de la actividad ganadera en inmensas y remotos parajes de nuestra enorme geografía. Brinda como tal el santo varón asiático defensa y amparo ante las asechanzas que la ganadería sufre en todo tiempo: enfermedades, maleficios, abigeato, sequías, inundaciones, guerras civiles.

Hogaño se hace necesario conocer esta advocación que fue tan popular entre nosotros y que dominó nuestra mentalidad colectiva de pueblo agropecuario, rural y analfabeta. En la Venezuela del presente, que es otra muy distinta, a San Nicolás de Bari casi no se le recuerda como devoción legítima y genuina de nuestros campesinos, sino que ha sido suplantado y falseado por la figura rolliza  y de largas barbas, Santa Claus, que viste una indumentaria que jamás lució el Obispo de Myra, y  que sirve para vender esa agua industrial sin alma que viene embotellada: las gaseosas.

Vaya de esta manera las felicitaciones a este gentil y afable caballero que es el Doctor en Historia por la Universidad Central de Venezuela, Naudy Trujillo Mascia, por su muy interesante investigación que nos presenta como cuadernillo, ahora adornado y embellecido por atinadas imágenes del santo varón asiático y mediterráneo que es San Nicolás de Bari, un componente esencial de nuestra vida campesina, labriega, y un constituyente de nuestra formación como pueblo, como Nación. 

Luis Eduardo Cortés Riera.

Carora, noviembre de 2019.

 

 

Fin milagro alemán

    Wolfgang Munchau:   Kaput. El fin del milagro alemán. Luis Eduardo Cortés Ri...