martes, 10 de mayo de 2016

La guitarra de Alírio Camacaro en España

Fue en enero de 1972 cuando llegué a Mérida luego de mi fracaso en la Universidad Central de Venezuela. Mi decisión era rotunda: voy a estudiar Historia y no ingeniería como fue mi proyecto original. En esa ciudad andina me conseguí con un grupo de caroreños de entre los cuales recuerdo a mis dos hermanos, Jesús Expedito y Arnoldo, Nelson Martínez, Juan María Morales, Cécil Álvarez, Juan Hildemar Querales, Pedro Chávez y Alírio Camacaro.
 Fue Alirio alumno del Grupo Escolar Ramón Pompilio Oropeza, institución dirigida por mi padre Expedito Cortés, además vecino de la calle José Luis Andrade en el barrio Trasandino de Carora. En 1971 egresa como bachiller en ciencias del Liceo Egidio Montesinos. Llega a la Universidad de Los Andes con el propósito de estudiar economía en esa casa de estudios.
En una ocasión ganó Camacaro un concurso musical en la Universidad emeritense ejecutando magistralmente una pieza de Antonio Carrillo: el saltarín. Recuerdo que tras un debatido veredicto que casi generó un motín, ganó en interpretación vocal Gualberto Ibarreto, el oriental. Ese momento fue decisivo en su rutilante carrera guitarrística.
Muchos años después, en 2014, me encontré con Alirio en una de sus visitas al país, pues desde hace muchos años reside en la Madre Patria donde imparte clases de guitarra en el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid. Nos fuimos de paseo por Aregue a visitar la virgen de la Chiquinquirá. Fue allí donde me hizo Alirio una revelación que me dejó atónito: “Mira, Luis, fuiste tú quien me convenció de seguir los estudios musicales y dejar de lado la ciencia de Adán Smith.” Y prosiguió diciendo: “Tú venías de estudiar ingeniería en la Central y te fuiste por las Humanidades, eso a mi me impactó de verdad y desde allí decidí irme tras la guitarra y los pentagramas”, me dijo quien iba a ser un destacado ejecutor de la guitarra en Venezuela y Europa.
Alirio ha sido mi amigo desde hace mucho tiempo. Al despedirse del país rumbo a Europa en 1980, fuimos a El Diario de Carora a comunicar a todos la buena nueva. Cuando aquello sucedía recordaba la entrañable amistad de mi padre con otro guitarrista vecino de Alirio. Me refiero a Álvaro Álvarez, quien inclusive ejecutó la guitarra en un concierto en mi casa en el Grupo Ramón Pompilio Oropeza para unos vecinos que se dieron cita “a que el Director” a escuchar música de Bach y del maestro Lauro. Pero no todo queda hasta ahí, pues mi progenitor cultivó una entrañable amistad con el máximo exponente de la guitarrística venezolana, el candelarense Alírio Díaz, a quien acompañaba a su aldea nativa en su vieja camioneta Jeep de color azul. El Faraón de la Guitarra estuvo también en mi casa del Grupo Ramón Pompilio y varias veces nos visitó en nuestro hogar de  Pueblo Nuevo, Barquisimeto.
Una vez estuvo de regreso Camacaro  desde la vieja Europa poseedor ya de una preparación musical extraordinaria, y fui presuroso a su encuentro. Me pidió visitáramos el salón de barbería Armonía, situado en la calle Torres, propiedad del maestro de la música popular, nativo de Chabasquén, Félix González López, quien había creado en su negocio una verdadera peña musical al lado de la quebrada, muy cerca de El Néctar. Esa casa hoy no existe. En agradecimiento a las clases que le dictara mientras estudiaba en el Liceo de Carora, le interpretó mi amigo a don Félix la Danza Negra de Heitor Villa Lobos, recuerdo vivamente. Fue una velada musical imborrable en mi recuerdo.
Alírio Camacaro es uno de los guitarristas caroreños que ha seguido el estelar camino de Alirio Díaz, Rodrigo Riera, Valmore Nieves y Álvaro Álvarez, entre otros. Me produjo gran alegría que el investigador Alejandro Bruzual mencionara, aunque muy brevemente a Camacaro, en su monumental obra La guitarra en Venezuela: Desde sus orígenes hasta nuestros días, editado por el Banco Central de Venezuela en 2011.
 En España ha grabado Camacaro dos discos: La guitarra en concierto y Diversi autori, donde reproduce Canción caroreña de Rodrigo Riera y también a Antonio Lauro. Me revela que desea venirse definitivamente de España e instalarse quizá en Caracas o Barquisimeto. Seas bienvenido Alirio a tu tierra.

José Gregorio Gómez, tenor caroreño



Este cantante se le reconoce por sus buenos modales y hablar comedido. Vista de seguido mi Oficina de Cronista del Municipio Torres. Me dice que su vocación musical se la trasmitió su madre que es cantante salvera y que labora como promotor cultural en la Escuela de Música Juancho Querales desde el año 2006. Sabe leer música, pues Elvis Rojas, el hijo de Piyuye, lo invitó a asistir a clases en la Casa de la Cultura. Y es que este cantante es nativo de Barrio Nuevo, el sector de Carora que vio nacer a Tino Carrasco y a Rodrigo Riera. Tiene, pues,  pedigrí mi amigo.
Como si fuera poco, José Gregorio es también luthier, pues elabora maracas profesionales, oficio que aprendió del Licenciado César Tovar. “También soy capaz de construir y reparar instrumentos de cuerdas como el Cuatro”, me dice. “Tengo mi taller en el barrio Loyola, calle San José, diagonal al Liceo Andrés Bello, adiciona. A mi pregunta sobre el mejor lutier responde de inmediato: “Antonio Navarro, él fue y sigue siendo el mejor.”
El arte de las cuerdas vocales lo aprendió con el profesor Juan  Soublette, quien venía de Maracay a dictar clases una vez por semana. Fue cantante de la Orquesta Sensación de Alí Rojas y de la Orquesta Nota Musical de Alexander López, agrupación donde ejecutó mosaico, gaitas y pasodobles. En ese oficio ha visitado muchas localidades de Venezuela, tales como Valencia, Barquisimeto, Muñoz, San Francisco, en la Otra Banda.
Admira a Cheo García y a Alfredo Sadel, Luciano Pavarotti, Plácido Domingo como cantantes. Me dice que ama al cine mexicano este caroreño que vive de la música y que vino al mundo en 1964. Con el Grupo Kurura visitó a Querétaro, México, invitado por El Caballo Pernalete. Se presentaron, me dice, en un evento llamado Concurso Internacional de Extranjeros, junto a grupos de Alemania, Cuba, Colombia. Allí interpretaron El Gavilán, pieza emblemática de don Pío Alvarado, y varios temas del Profesor Jesús Chucho Figueroa. Los gastos de la gira los proporcionó el gobernador del estado Lara  Luis Reyes Reyes.
 Le pregunto por los mejores músicos caroreños y no vacila en decir un nombre: Juan Tomás Martínez, y que su más preclaro docente musical fue el chileno profesor Hernán Jeréz. Admite que también se nutrió del Orfeón Carora, dirigido en aquella oportunidad por el profesor, también chileno, Pedro Vargas, ambos fallecidos pero que dejaron una estela melódica sin parangón en Carora.
En 1978 comenzó a visitar la Casa de la Cultura este multifacético músico que es José Gregorio, pues toca maracas con Los Golperos de Don Pío. Me cuenta entre risas que una vez el fundador de la Casa de la Cultura, el doctor Juan Martínez Herrera le dijo durante una celebración de su cumpleaños: “A este negrito se lo va a llevar el gavilán”. Es, además, devoto de San Antonio de Padua y con este milagroso santo participa en el Movimiento Cultural  La Guzmana con el profesor Richard Meléndez, el rezandero. Ha acompañado a diversos músicos, tales como Luis Santeliz, y al fallecido Evaristo Lameda El Zamurito en la Casa de la Diversidad Cultural del Estado Lara, en la calle San juan.
Fue muy amigo de Beto El Chueco González y de Antonio Heredia, el del rotundo éxito titulado Pasillaneando, Reinaldo Armas, El Carrao de Palmarito, así como del guitarrista caroreño residenciado en Madrid Alirio Camacaro. Me dice para terminar que su carrera musical anterior a la Casa de la Cultura la inició en la Escuela de Música cuando estaba dirigida por el profesor Joaquín Pérez Zavarce, los excelentes saxofonistas Isaías Ávila y Fulvio, hermano del guitarrista universal Alirio Díaz.
José Gregorio se despide con mucha decencia diciéndome que se va a incorporar a la peña musical que sea formado en la acera de Librerías del Sur, Archivo del Municipio Torres y la Academia de Judo, alrededor de las ricas arepas rellenas de caraotas con carne esmechada de Luis Santeliz y su esposa Frigida, lugar donde los saludo cordialmente cuando visito mi Oficina del Cronista.

martes, 22 de marzo de 2016

Aníbal Castro y el ajedrez en Carora

Educador y taxista, jubilado en ambos oficios, me visita Aníbal en la Oficina del Cronista un lunes bien temprano. Con voz pausada me relata que conoció el juego ciencia del ajedrez en la recién fundada Casa de la Cultura de Carora de la mano de un suizo  llamado Hurs Krucker, quien fue invitado a enseñarlo  por el Dr. Juan Martínez Herrera. Allí se dieron cita Ramón reyes, “El Primitivo”, Pedro Pereira, Asdrúbal Morón, Arévalo Pérez, Lenin Pérez, Rito Ramón Rodríguez. No había ninguna mujer, le recuerdo.
La propaganda para las inscripciones en la escuela de ajedrez se hacia por medio de volantes, uno de los cuales atesora Rito Ramón en su riquísimo archivo personal. Los resultados y avances de la escuela se publicaban por El Diario de Carora, gracias al periodista Hermann Pernalete Madrid. En un principio no se anotaban los partidos y jugaban sin reloj, pues nunca tuvieron ayuda de nadie, solo de la Casa de la Cultura, dice Aníbal sentencioso.
Cuando Juan Martínez gana una concejalía por la unidad de la izquierda torrense, le dijo a Aníbal que se encargara del ajedrez y que comprara 12 tableros y un reloj en la Tienda Chiquinquirá de la calle Bolívar. “Cuando le mostré los tableros, agrega Aníbal con una gran sonrisa, me dijo Juan: Caramba, no te robastes la plata” Así era el odontólogo caraqueño. Hablaba claro y raspao.
En 1980 se estructura de manera formal la Escuela de Ajedrez. Los ensayos de la orquesta infantil y juvenil fundada por Juan Martínez no los dejaba trabajar, adiciona Aníbal, por ello se mudan a la vieja Casa Amarilla de la calle Lara, frente a la Plaza Bolívar, en busca de la serenidad y el silencio que requiere la concentración mental del juego ciencia.
 Durante doce años dirigió Aníbal la Escuela sin cobrar un céntimo. Dice que el ajedrez siempre se le asoció malsanamente al comunismo soviético, por lo cual su cultivo en la difunta Unión Soviética era un asunto de prioridad nacional. Por esa razón, piensa Aníbal, la URSS le sacó 100 años de ventaja ajedrecística a resto del mundo.
A la Escuela ajedrecista, que nunca tuvo presupuesto, iban con frecuencia los hijos de la médico oftalmóloga peruana Clelia Bedoya, el profesor de pintura boliviano Gustavo Riveros Tejada,  la familia del camarada Pablo Ávila, los hijos de Pedro Domingo Oropeza, la familia Pereira, Martín Rodríguez, Roy Meléndez, los hijos de Nelson Pérez, entre otros.
“Es un juego que no acepta drogas ni ningún aliciente”, dice rotundamente Aníbal, quien admira a Bobby Fischer, el estadounidense que venció al soviético Boris Spassky en 1972 en Reikiavik, Islandia, en lo que se llamó “el match del siglo”. Apesadumbrado me dice que en la pelea de boxeo Muhammad Alí contra Frazier  en 1971 estaban en juego un millón de dólares, en tanto que en el encuentro Fischer contra Spassky apenas 100 mil dólares.
Dice  Aníbal que ha jugado simultáneas contra diez contendientes, ganándoles a todos. El ahora docente jubilado de la UCLA, Dr. Roy Meléndez jugó contra 20. Primitivo Reyes, agrega con entusiasmo, llegó a ser campeón nacional universitario. Este caroreño, incluso, compraba revistas rusas  de ajedrez y las traducía al castellano. Todo un prodigio.
La comento que una supercomputadora jugó contra un ser humano, a lo que responde Aníbal que ningún Deep Blue o computadora, sustituirá al hombre a pesar que la máquina construida por la IBM venció al campeón mundial, el soviético Gary Kaspárov en 1996. Luego me comenta que varios países se abrogan el nacimiento del juego: India, Egipto, Persia o Irán.
El  sueño de Aníbal es que en cada escuela o liceo del Municipio Torres haya una escuela de ajedrez, como la que ya existe en San Francisco, parroquia Montesdeoca. “Son muy fuertes y han ganado varios torneos femeninos”, adiciona.
El ajedrez desarrolla, dice mi entrevistado, la inteligencia, la memoria, la viveza positiva, la agilidad mental, la astucia, el análisis de estrategia. Su hijo Aníbal, profesor en el Liceo Egidio Montesinos, ha continuado con su labor de enseñar el ajedrez. “Es mi mano derecha”, afirma entusiasmado. “Tengo muchos diplomas y trofeos”, adiciona. “El Libertador vio la importancia del juego y Miranda, el Precursor, lo jugaba con soltura”, comenta.
Para despedirnos, Aníbal se pone filosófico y dice que después de la jugada número diez el ajedrez es infinito. Me mira a los ojos y dice este docente jubilado con una gran convicción: “Lo más cercano a Dios es el ajedrez”.

martes, 23 de febrero de 2016

Albert Einstein: el violinista que amaba a Mozart

Todos sabemos que este sabio judío alemán de aspecto beatnik fue el creador de la Teoría de la Relatividad y que fue esta revolución científica del siglo XX su casi exclusiva creación, lo que lo convirtió en uno de los sabios más eminentes de la humanidad. Pero el hombre sensible y de fina emotividad musical casi pasa desapercibida. Nunca le faltó tiempo para reunirse con sus amigos y tocar el violín. Y lo hacía con gran destreza y maestría.

W. A. Mozart
Su famosa teoría, que destruyó para siempre nuestra imagen del mundo, fue creada, aunque parezca absurdo y extraño,  por razones estéticas y religiosas. Y la música del genial Wolfgang Amadeus Mozart contribuyó en gran manera a echar las bases de esta increíble hazaña del espíritu humano. A Einstein le entusiasmaba la música y tocaba el violín mejor que muchos aficionados. Pero, ¿se le podía comparar en cuanto a la música con su compositor favorito, Mozart, de la misma manera que en el terreno científico era equiparable a  Isaac Newton por quien sentía veneración?

Es interesante escuchar los comentarios de un violinista profesional sobre la técnica musical de Einstein. Boris Schwart decía que su tono era muy puro, con poco vibrato, pues no le gustaba el tono vibrante y sensual de la música del siglo XIX. Esto encajaba con sus preferencias musicales. Le encantaba la música del siglo XVIII: Bach, Vivaldi y Mozart- sobre todo Mozart-. En cambio Beethoven, en su apasionado tono en do menor, le resultaba demasiado emotivo. Agrega Schwart que Einstein tenía gran facilidad de lectura y que llevaba muy bien el ritmo. Tocaba con extrema concentración, inclinándose hacia adelante, con la cara pegada a la partitura. Practicaba incansablemente con el violín, sin importarle dedicarle para ello varias horas seguidas. De hecho Schwart se cansaba mucho antes que Einstein, y dándose cuenta de ello, le esposa de Einstein  acudía en su ayuda obsequiándole té.
Con inspiración mozartiana desploma Einstein las concepciones de Newton basadas en el sentido común. Era un impulso a veces irracional, clarividente y subconsciente el verdadero animador de sus búsquedas y que tenían en Mozart un inspirador de primer orden. Dice Maja, su hermana, que ejecutando el violín a veces se detenía diciendo “Ah, lo conseguí”, refiriéndose a alguno de los problemas desconcertantes de su obra científica. Era un toque mágico que se agregaba a la más apasionada de las curiosidades.
 En una oportunidad, Einstein dijo que, mientras Beethoven creó su música, la de Mozart "era tan pura, que parecía haber existido en el universo desde siempre, esperando a ser descubierta por su dueño". Einstein creía lo mismo respecto de la física, que más allá de las observaciones y la teoría se encontraba la música de las esferas, como decía Pitágoras, que, según escribió, revelaba "una armonía preestablecida", ya que expresaba asombrosas simetrías.
En la oficina de patentes de Berna en 1905, Einstein hacia sus cálculos científicos a escondidas, al tiempo que la música de Mozart era el núcleo de su vida creativa, lo que constituyó una conexión mística entre arte y ciencia. La belleza simple de la música del desgraciado Mozart, constituyeron un acicate de primer orden y contribuyó a que Einstein llegara a decir cosas tan desconcertantes como que la materia es el resultado de la curvatura del espacio-tiempo. La física del siglo XX y la música del siglo XVIII se encuentran. Un genio encuentra la inspiración en la música de otro.  
A fines del siglo XX los psicólogos de la Universidad de California han descubierto una relación entre la exposición a la música de Mozart y el mejoramiento del razonamiento espacio temporal. Hay quienes dicen que el Efecto Mozart no es más que otra leyenda urbana. Pero el ejemplo de la relación Mozart – Einstein esta allí, dándonos magníficas lecciones.


Fin milagro alemán

    Wolfgang Munchau:   Kaput. El fin del milagro alemán. Luis Eduardo Cortés Ri...