martes, 22 de marzo de 2016

Aníbal Castro y el ajedrez en Carora

Educador y taxista, jubilado en ambos oficios, me visita Aníbal en la Oficina del Cronista un lunes bien temprano. Con voz pausada me relata que conoció el juego ciencia del ajedrez en la recién fundada Casa de la Cultura de Carora de la mano de un suizo  llamado Hurs Krucker, quien fue invitado a enseñarlo  por el Dr. Juan Martínez Herrera. Allí se dieron cita Ramón reyes, “El Primitivo”, Pedro Pereira, Asdrúbal Morón, Arévalo Pérez, Lenin Pérez, Rito Ramón Rodríguez. No había ninguna mujer, le recuerdo.
La propaganda para las inscripciones en la escuela de ajedrez se hacia por medio de volantes, uno de los cuales atesora Rito Ramón en su riquísimo archivo personal. Los resultados y avances de la escuela se publicaban por El Diario de Carora, gracias al periodista Hermann Pernalete Madrid. En un principio no se anotaban los partidos y jugaban sin reloj, pues nunca tuvieron ayuda de nadie, solo de la Casa de la Cultura, dice Aníbal sentencioso.
Cuando Juan Martínez gana una concejalía por la unidad de la izquierda torrense, le dijo a Aníbal que se encargara del ajedrez y que comprara 12 tableros y un reloj en la Tienda Chiquinquirá de la calle Bolívar. “Cuando le mostré los tableros, agrega Aníbal con una gran sonrisa, me dijo Juan: Caramba, no te robastes la plata” Así era el odontólogo caraqueño. Hablaba claro y raspao.
En 1980 se estructura de manera formal la Escuela de Ajedrez. Los ensayos de la orquesta infantil y juvenil fundada por Juan Martínez no los dejaba trabajar, adiciona Aníbal, por ello se mudan a la vieja Casa Amarilla de la calle Lara, frente a la Plaza Bolívar, en busca de la serenidad y el silencio que requiere la concentración mental del juego ciencia.
 Durante doce años dirigió Aníbal la Escuela sin cobrar un céntimo. Dice que el ajedrez siempre se le asoció malsanamente al comunismo soviético, por lo cual su cultivo en la difunta Unión Soviética era un asunto de prioridad nacional. Por esa razón, piensa Aníbal, la URSS le sacó 100 años de ventaja ajedrecística a resto del mundo.
A la Escuela ajedrecista, que nunca tuvo presupuesto, iban con frecuencia los hijos de la médico oftalmóloga peruana Clelia Bedoya, el profesor de pintura boliviano Gustavo Riveros Tejada,  la familia del camarada Pablo Ávila, los hijos de Pedro Domingo Oropeza, la familia Pereira, Martín Rodríguez, Roy Meléndez, los hijos de Nelson Pérez, entre otros.
“Es un juego que no acepta drogas ni ningún aliciente”, dice rotundamente Aníbal, quien admira a Bobby Fischer, el estadounidense que venció al soviético Boris Spassky en 1972 en Reikiavik, Islandia, en lo que se llamó “el match del siglo”. Apesadumbrado me dice que en la pelea de boxeo Muhammad Alí contra Frazier  en 1971 estaban en juego un millón de dólares, en tanto que en el encuentro Fischer contra Spassky apenas 100 mil dólares.
Dice  Aníbal que ha jugado simultáneas contra diez contendientes, ganándoles a todos. El ahora docente jubilado de la UCLA, Dr. Roy Meléndez jugó contra 20. Primitivo Reyes, agrega con entusiasmo, llegó a ser campeón nacional universitario. Este caroreño, incluso, compraba revistas rusas  de ajedrez y las traducía al castellano. Todo un prodigio.
La comento que una supercomputadora jugó contra un ser humano, a lo que responde Aníbal que ningún Deep Blue o computadora, sustituirá al hombre a pesar que la máquina construida por la IBM venció al campeón mundial, el soviético Gary Kaspárov en 1996. Luego me comenta que varios países se abrogan el nacimiento del juego: India, Egipto, Persia o Irán.
El  sueño de Aníbal es que en cada escuela o liceo del Municipio Torres haya una escuela de ajedrez, como la que ya existe en San Francisco, parroquia Montesdeoca. “Son muy fuertes y han ganado varios torneos femeninos”, adiciona.
El ajedrez desarrolla, dice mi entrevistado, la inteligencia, la memoria, la viveza positiva, la agilidad mental, la astucia, el análisis de estrategia. Su hijo Aníbal, profesor en el Liceo Egidio Montesinos, ha continuado con su labor de enseñar el ajedrez. “Es mi mano derecha”, afirma entusiasmado. “Tengo muchos diplomas y trofeos”, adiciona. “El Libertador vio la importancia del juego y Miranda, el Precursor, lo jugaba con soltura”, comenta.
Para despedirnos, Aníbal se pone filosófico y dice que después de la jugada número diez el ajedrez es infinito. Me mira a los ojos y dice este docente jubilado con una gran convicción: “Lo más cercano a Dios es el ajedrez”.

martes, 23 de febrero de 2016

Albert Einstein: el violinista que amaba a Mozart

Todos sabemos que este sabio judío alemán de aspecto beatnik fue el creador de la Teoría de la Relatividad y que fue esta revolución científica del siglo XX su casi exclusiva creación, lo que lo convirtió en uno de los sabios más eminentes de la humanidad. Pero el hombre sensible y de fina emotividad musical casi pasa desapercibida. Nunca le faltó tiempo para reunirse con sus amigos y tocar el violín. Y lo hacía con gran destreza y maestría.

W. A. Mozart
Su famosa teoría, que destruyó para siempre nuestra imagen del mundo, fue creada, aunque parezca absurdo y extraño,  por razones estéticas y religiosas. Y la música del genial Wolfgang Amadeus Mozart contribuyó en gran manera a echar las bases de esta increíble hazaña del espíritu humano. A Einstein le entusiasmaba la música y tocaba el violín mejor que muchos aficionados. Pero, ¿se le podía comparar en cuanto a la música con su compositor favorito, Mozart, de la misma manera que en el terreno científico era equiparable a  Isaac Newton por quien sentía veneración?

Es interesante escuchar los comentarios de un violinista profesional sobre la técnica musical de Einstein. Boris Schwart decía que su tono era muy puro, con poco vibrato, pues no le gustaba el tono vibrante y sensual de la música del siglo XIX. Esto encajaba con sus preferencias musicales. Le encantaba la música del siglo XVIII: Bach, Vivaldi y Mozart- sobre todo Mozart-. En cambio Beethoven, en su apasionado tono en do menor, le resultaba demasiado emotivo. Agrega Schwart que Einstein tenía gran facilidad de lectura y que llevaba muy bien el ritmo. Tocaba con extrema concentración, inclinándose hacia adelante, con la cara pegada a la partitura. Practicaba incansablemente con el violín, sin importarle dedicarle para ello varias horas seguidas. De hecho Schwart se cansaba mucho antes que Einstein, y dándose cuenta de ello, le esposa de Einstein  acudía en su ayuda obsequiándole té.
Con inspiración mozartiana desploma Einstein las concepciones de Newton basadas en el sentido común. Era un impulso a veces irracional, clarividente y subconsciente el verdadero animador de sus búsquedas y que tenían en Mozart un inspirador de primer orden. Dice Maja, su hermana, que ejecutando el violín a veces se detenía diciendo “Ah, lo conseguí”, refiriéndose a alguno de los problemas desconcertantes de su obra científica. Era un toque mágico que se agregaba a la más apasionada de las curiosidades.
 En una oportunidad, Einstein dijo que, mientras Beethoven creó su música, la de Mozart "era tan pura, que parecía haber existido en el universo desde siempre, esperando a ser descubierta por su dueño". Einstein creía lo mismo respecto de la física, que más allá de las observaciones y la teoría se encontraba la música de las esferas, como decía Pitágoras, que, según escribió, revelaba "una armonía preestablecida", ya que expresaba asombrosas simetrías.
En la oficina de patentes de Berna en 1905, Einstein hacia sus cálculos científicos a escondidas, al tiempo que la música de Mozart era el núcleo de su vida creativa, lo que constituyó una conexión mística entre arte y ciencia. La belleza simple de la música del desgraciado Mozart, constituyeron un acicate de primer orden y contribuyó a que Einstein llegara a decir cosas tan desconcertantes como que la materia es el resultado de la curvatura del espacio-tiempo. La física del siglo XX y la música del siglo XVIII se encuentran. Un genio encuentra la inspiración en la música de otro.  
A fines del siglo XX los psicólogos de la Universidad de California han descubierto una relación entre la exposición a la música de Mozart y el mejoramiento del razonamiento espacio temporal. Hay quienes dicen que el Efecto Mozart no es más que otra leyenda urbana. Pero el ejemplo de la relación Mozart – Einstein esta allí, dándonos magníficas lecciones.


domingo, 31 de enero de 2016

Jacobo Penzo, cineasta caroreño

JACOBO PENZO
Es una magnifica pluma que se revela como un extraordinario humanista, de una amplia cultura y de una capacidad critica pocas veces vista del hecho cinematográfico. Yo había disfrutado de sus filmes desde hace mucho tiempo, tales como La casa del agua, Cabimas, El afinque de Marín, entre otras excelentes producciones. Pero debo confesar que como escritor no le conocía, lo cual lamento de veras.
Recientemente leí  su trabajo primoroso y bien hecho: Cine Escrito. Textos sobre grandes películas programadas por Cinecelarg3, 2015, el cual me ha dejado gratamente sorprendido. Lo primero que pienso es que la saga de los escritores caroreños no se agotó con Luis Beltrán Guerrero, Héctor Mujica o Guillermo Morón. No, de ninguna manera, pues continúa con gran fuerza expresiva con este cineasta, pintor y critico de cine que nació en 1942.
El libro se divide en siete partes, muy intensas y agradables. La primera sobre el cine norteamericano. Allí nos deleita con unas maravillosas y breves críticas de lo mejor del cine del Norte y en donde revela su conocimiento profundo del arte del celuloide. No podían faltar el género western, filmes que produce una sociedad fascinada por Dios y por las armas, y llevado a su mejor expresión en las cintas de Clint Eastwood. No podía faltar acá una referencia a James Dean, arquetipo del joven rebelde, inmortal, gallardo y perfilado, imagen detenida de un hombre siempre joven y apuesto. Las calles de nueva york, esa jungla humana, se nos revela con dramatismo en un film que es como el reverso del sueño americano: Vaquero de medianoche, protagonizada por Jon Voiht y Dustin Hoffman. Sobre el pequeño actor escribe Penzo uno de sus mejores trabajos: Quién es Dustin Hoffman, que tiene una profunda penetración psicológica del actor que guarda en su interior el esencial misterio del ser. La economía de medios actorales tiene su epitome en Paul Newman, su capacidad de concentración, intensidad e impasible contención, y que logra la magia étnica de convertirse, caucásico como era él, en un autentico aborigen norteamericano. De La naranja mecánica, una apoteosis de violencia y maldad que es la cinta más pesimista de Kubrick.

Del cine francés destaca Clair de femme, la fuga a Caracas de un hombre abrumado por la tragedia, un film de Costa Gavras. El otro es Lucien Lacombe, cinta sobre la herida causada a Francia por la invasión nazi. En  Mirar desde Alemania, Penzo nos encanta con El padre de todos los vampiros, Nosferatu, una sinfonía del horror una obra de belleza y lirismo. Los asombrosos  movimientos de cámaras del director Murnau, los mejores recursos del expresionismo alemán en cintas en blanco y negro. Marlene Dietrich inicia su mito con una frase: “Todo mi cuerpo está hecho para el amor”, con lo que comienza Penzo El cabaret infernal,  sobre la cinta El ángel azul, 1930.
El cine soviético nunca fue bien visto por occidente. Destaca Penzo cuatro cintas, de las cuales apenas una ganó Palma de Oro en Cannes y que ensalza la “gran guerra patria”, el triunfo de los soviéticos sobre la bestia nazifascista en Cuando pasan las grullas, 1957.
 Otra de las partes del libro los dedica Penzo a los directores:  Orson Welles de El proceso. La dama de shanghai, Sed de mal. Lamento que no se haya referido a su mejor film: Ciudadano Kane. Le siguen el infaltable Bergman de Gritos y susurros, continúa la violenta cinta rodada en México con Los olvidados de Buñuel, y la sorprendente Bella de día, donde una inocente Caterine Deneuve hace el papel de una dama acosada por el deseo.
Roman Polansky  es un maestro indiscutido del cine mundial, que resalta los cuchillos como elemento estilístico, reconocible en Chinatown, Cuchillo en el agua. El arma siempre tiende a impulsar el drama. En El pianista, como maestro del detalle, el director polaco nos coloca nuestra atención en un abrelatas que el oficial alemán regala al músico en desgracia, un soldado con sensibilidad que no ha debido morir en un campo de concentración soviético.

En Otras voces otras visiones, Penzo se pasea por la locura estalinista en Todos bajo sospecha, la venezolana Margot Benacerraf, autora de otra leyenda que intrigó durante décadas los mentideros del cine mundial: Araya,1959, el film  Vivir, un canto a la existencia terrena de Kurosawa. No podía faltar el neorrealismo italiano con De Sica, Antonioni, Fellini,  así como Visconti y su refinamiento decadente y casi perfecto en Muerte en Venecia. Y qué decir de Woody Allen, quien habla de temas graves sin solemnidad.
Invito a leer este prodigio de la crítica cinematográfica escrito por un coterráneo  casi desconocido.

Fin milagro alemán

    Wolfgang Munchau:   Kaput. El fin del milagro alemán. Luis Eduardo Cortés Ri...