sábado, 9 de enero de 2016

La Correlación de Spearman

En 1989, cuando comencé mis estudios de posgrado en Historia, me encontré en una institución como el Pedagógico de Barquisimeto, dominado casi hasta la tiranía por un paradigma investigativo en educación y pedagogía: La Correlación de Spearman, así como otras correlaciones. Los trabajos de grado en su casi totalidad manejaban y empleaban tales instrumentos de investigación tan íntimamente ligados al manejo de los datos estadísticos. Era una asignatura de carácter obligatorio. Allí se nos enseñaba a establecer tales correlaciones en la investigación educativa. Era un modelo traído, a no dudar, de los Estados Unidos, Universidad de Nova, Florida.  Se establecían las correlaciones más insólitas y extravagantes. Un compañero me dijo que quería establecer una correlación entre el promedio de calificaciones y el tipo de sangre de los estudiantes de su liceo. Otras investigaciones llegaban a buen puerto y eran, eso sí, serias y formales.
Cuando años después realice mis estudios doctorales en Historia,  me encontré con la tentación de emplear la dichosa Correlación. Sucedió que mi investigación de archivos eclesiásticos arrojó una enorme cantidad de datos sobre los hermanos de las cofradías coloniales y republicanas. Eran miles de fieles y me vi precisado a emplear el método estadístico para organizar aquella montaña de información: sexo, edad, grupo étnico, año de entrada a la hermandad, procedencia geográfica, entró vivo, entró muerto, canceló su entrada, edad a la que murió el hermano, meses en los que hubo más entradas, número de misas realizadas a los difuntos, dinero recaudado, número de godos caroreños y del populacho asentados, oficios, profesiones, letrados, analfabetas, apellidos frecuentes, apellidos raros, entre otros.
Para ello utilicé una estadística meramente descriptiva, con numerosas tablas estadísticas, unas 74, con sus curvas y con porcentajes, además de unas 15 barras y pasteles. Hasta allí. No quise avanzar hacia la estadística inferencial en la que habría de toparme con la g de Spearman, esa piedra filosofal de la psicología de principios del siglo XX.  Bien pude establecer correlaciones entre color de la piel y sentimiento religioso, estaciones del año y mayor entrada a las cofradías, ciclos económicos y descensos o aumentos de la sensibilidad religiosa, pestes y enfermedades y apresuramiento por pertenecer a una cofradía, nivel socioeconómico y entusiasmo religioso, entre otras correlaciones de las muchas que se pueden establecer. Resultaba una tarea fascinante.
En aquella oportunidad me detuvieron dos factores: uno, de carácter administrativo, es decir tenía un tiempo limitado para entregar mi Tesis Doctoral: Iglesia Católica, cofradías y mentalidad religiosa en Carora, siglos XVI al XIX, disponible en internet. Lo otro fue de orden intelectual, pues una recomendación de Stephen Hawking me hizo retroceder. En su libro Historia del tiempo afirmó que si agregaba una sola fórmula matemática a ese trabajo los lectores y las ventas irían a caer estrepitosamente.
Más recientemente y ya presentada y defendida mi Tesis en 2003, leí un libro interesantísimo del divulgador de la ciencia Stephen Jay Gould: La falsa medida del hombre, 1981, en la que afirma rotundamente que con estas correlaciones, establecidas en 1904 y aclamadas entonces como un descubrimiento sensacional, se han cometido abusos, pues a veces permiten establecer causalidades, pero a veces no. Y además pueden ser objeto de interpretaciones ambiguas, se demostró que g es lógicamente falaz, científicamente inútil, moralmente ambigua cuando intentó medir la inteligencia. Supuso que había descubierto una cualidad unitaria subyacente a todas las actividades mentales cognitivas una cualidad que podía expresarse mediante un número único y que podía utilizarse para clasificar a las personas según una escala unilineal de valor intelectual. La correlación, acusa Gould, no es una “cosa” dotada de realidad física. No tiene existencia real.

A 20 años de mi paso por el Pedagógico larense ignoro si este paradigma aún se mantiene allí con fuerza. Supongo que sí, porque nuestras instituciones universitarias se anclan con demasiada fuerza en convicciones y métodos ya superados. Y ha sucedido que el controvertido factor g ha sufrido una resurrección y continúa rondando por las teorías modernas de la inteligencia.

viernes, 25 de diciembre de 2015

A la memoria de Ernesto Mayz Vallenilla

España y América Latina han sufrido de un viejo complejo de inferioridad, pues se admite que nada de lo iberoamericano sea profundo y válido en materia de filosofía. Hasta Octavio Paz ha escrito que no hemos tenido movimientos intelectuales originales. Apenas hace resaltar a una figura solitaria: el español José Ortega y Gasset.
Un venezolano ha hecho cambiar esta perspectiva de sumisión a lo europeo, el Dr. Ernesto Mayz Vallenilla, natural de Maracaibo  en 1925 y fallecido en Caracas el 21 de diciembre de 2015. Se le considera el fenomenólogo más fiel a Husserl y Heidegger en la América Ibérica. Fue estudiante en Caracas y en Alemania, donde fue discípulo de Martín Heiddeger, doctor en filosofía en 1954. Enseño en la Universidad Central  de Venezuela y fue rector fundador de la Universidad Simón Bolívar.
Sus obras más conocidas son: La idea de estructura psíquica en Dilthey, Fenomenología del conocimiento, El problema de América, Ontología del conocimiento, El problema de la nada en Kant, Esbozo de una crítica de la razón técnica, Hombre y naturaleza, Fundamentos de la meta técnica, El ocaso de las universidades.
Admirador incondicional del pensamiento germano, Mayz Vallenilla piensa a partir de Heiddeger. En su Fenomenología del conocimiento, expone fielmente de manera exhaustiva la doctrina de Husserl, afrontando muy especialmente el problema de la constitución del objeto. Su análisis de la gnoseología crítica de Husserl explora magistralmente un tema simplemente abordado por el maestro. En Ontología del conocimiento se refiere a Heiddeger, cuya doctrina del Dasein, el ser ahí, busca completar mediante una original  gnoseología ontológica que invierte audazmente la fórmula cartesiana, por el llamado del Ser, proclamando: “Sum, ergo cogito”. El conocimiento se encuentra enraizado en la existencia.
En El problema de la nada en Kant parte de una laguna, observada en el filósofo alemán en la teoría del esquematismo, el sentido temporal de la nada no ha sido en absoluto percibido. Mayz Vallenilla trata de extraerlo recurriendo al testimonio de las cosas mismas, muestra que la nada no puede ser expresada, sino únicamente sentida. Estas páginas son de una singular profundidad.
Por otra parte Mayz Vallenilla se ha interesado en la civilización tecnicista y ha reflexionado profundamente sobre la razón técnica, la que puede realizarse en amor al prójimo. Intenta una nueva definición del logos que logre alcanzar el desarrollo de la ciencia contemporánea.  Finalmente, el filósofo de Caracas ha meditado sobre la vocación de Iberoamérica, en la cual discierne una conciencia “preontológica”  llamada a devenir una actividad auténticamente histórica, orientada a un porvenir incierto, pero portavoz de esperanzas.
La llamada América Latina no es en absoluto un pariente pobre de la cultura mundial con pensadores como Mayz Vallenilla. Su originalidad étnica, su geografía, su economía, su folklore, su literatura, sus artes tan específicas y sus desconcertantes vicisitudes políticas y sociales, así como su original pensamiento filosófico como el que Andrés Bello, Andrés Arturo Roig, Edmundo O´Gorman, Leopoldo Zea, José Gaos,  Salazar Bondy y nuestro paisano Mayz Vallenilla nos han hecho pensar de manera radicalmente distinta.
 Paz a su alma esclarecida.

martes, 22 de diciembre de 2015

Socotra

Isla perdida en la inmensidad del océano
Donde el tiempo se detuvo estacionado:
La lengua de sus extraños moradores
Los bulbos de sus arboles apartados.

De tus secos lagos las riveras
Produjeron mil perfumes y raíces
Que largas caravanas camélicas
Azafrán e incienso al mundo ofrecían.

Del cuerno de África eres como continuación
Oceánica. Vestida de antiguas túnicas
Y mujeres extraviadas de Las mil y una noches
Que rumoran palabras ya remotas
Sacadas de El Corán y de Gustav el navegante.
 Rancias soledades y agrietados lagos
Salados que sultanes y magos habitaron
Cuántas lámparas desérticas alumbran
Tus meandros internos escondidos.
Allí estuvo Tomas el Apóstol
En tiempo inmemorial desconocido
Y la palabra redentora de Occidente
Apenas de tu sueño oriental te ha rozado.
Acantilados y fosas desgarradas
Por el viento del Indico te asolan
La dragonera enhiesta te domina
Y disimulados peces ciegos te contemplan
En baldías procesiones de memoria.

jueves, 17 de diciembre de 2015

La hallaca angostureña y otras delicias


Rafael Cartay Angulo, economista de formación, fue mi profesor  de economía política en la Escuela de Historia de la Universidad de Los Andes en 1972. No sospechaba entonces que se iba a convertir en un magnifico y rutilante historiador de nuestra alimentación. De su libro La hallaca en Venezuela, Fundación Bigott, 2003, tomo algunas ideas para escribir la presente nota. Refiere entre las hallacas poco corrientes a la hallaca vegetariana rellena con hortalizas, cebolla cebollín, zanahoria, tomate, y se la agregan garbanzos o manzana. O la magnifica hallaca de carotas negras a la cual se le añade tocineta. En Carora las llamamos “tungos”. Mi esposa Raiza Mujica los hace añadiéndoles chicharrones o “carraos” de marrano molidos. A la masa le agrega suero cremoso, por cierto  invención caroreña, que les da un ligero y suculento toque de acidez.
Rafael Cartay Angulo

En el sur del Lago de Maracaibo se sustituye la masa de maíz con masa de plátano verde, las cuales tuve el placer de degustar en Carora gracias a la esposa del profesor José Perozo, nativa de Santa Bárbara del Zulia. Existen las hallacas para diabéticos o para personas con régimen dietético.

Pero existe una hallaca que merece una distinción especial por su extrañeza: la hallaca angostureña. Era una hallaca nacida en el siglo XVIII en la antigua Provincia de Barinas, de donde Cartay es nativo. Los comerciantes de allí la preparaban para unos largos y fatigosos viajes fluviales por los ríos Santo Domingo y Apure hasta llegar a la activa ciudad comercial que era Angostura. Llevar un buen avío era indispensable y la más preciada de las provisiones era la hallaca angostureña, así llamada porque hasta 1846 la ciudad de Angostura, en  las riveras del Orinoco, y desde entonces pasó a llamarse Ciudad Bolívar.
 Se le llamaba también hallaca seca, de guiso crudo o de año, ahora casi en extinción, se lamenta Cartay. Este guiso se preparaba con carnes crudas de cochino y de res, molidas y puestas a macerar por un período no menor de un día, en vinagre o jugo de naranja ácida o cajera, onoto y vino rojo, con poca manteca de cochino. Además el guiso llevaba cebolla, cebollín, ajo, comino, orégano, pimienta dulce, y sal, y se espesaba o se le daba consistencia añadiéndole galletas de soda molidas. El agregado o adorno consistía en aceitunas, alcaparras, pasas y  ciruelas pasas. Luego el conjunto se revolvía o armaba la hallaca con masa de maíz pilado, envolviéndola luego en hojas de maíz ligeramente asadas y amarradas con las mismas fibras de la hoja o con hilo pabilo.
Rayza Mujica de Cortés Riera



El producto era tan consistente que se podía comer sin cubiertos, sosteniéndola con la mano, y tan estable que aguantaba el larguísimo viaje de Barinas a Ciudad Bolívar, que duraba un mes, y podía durar, si estaba bien hecha, hasta tres meses sin corromperse. Esta circunstancia la convertía en un regalo ideal para los paisanos residentes en la lejana por entonces Europa, y era corriente que los barcos a vapor las llevaran a Canarias, España e Italia. 
 


La hallaca angostureña es, lamentablemente, un recuerdo en el presente. La ha venido acabando la desaparición del comercio por los ríos llaneros mencionados, pues ahora el comercio se realiza por las carreteras asfaltadas y cuando Barinas se conectó, gracias al automóvil, con Barquisimeto, Valencia, Maracay y Caracas en el año 1936.  Entonces la hallaca angostureña no era tan necesaria como avío de viaje, pero ha seguido viva, resalta Cartay, en la memoria colectiva del pueblo barinés. Debería ser declarada patrimonio cultural del pueblo venezolano, agrego yo.

Fin milagro alemán

    Wolfgang Munchau:   Kaput. El fin del milagro alemán. Luis Eduardo Cortés Ri...