domingo, 19 de abril de 2015

La Universidad de Los Andes y su Facultad de Humanidades y Educación en la década de 1970


La Facultad de Humanidades y Educación de esta casa de estudios emeritense recibió, así como toda la ULA y sus 11 facultades, una gran cantidad de estudiantes aventados hacia allí por el cierre por manu militari  de la Universidad Central de Venezuela  y la defenestración de su legítimo Rector Dr. Jesús María Bianco en 1970. Esa traumática experiencia se vio pronto disipada por la acogida favorable con la que nos recibió la casa de estudios merideña. El Rector de la ULA, Dr. Pedro Rincón Gutiérrez, era percibido como un aval de mucha confianza para continuar estudios sin muchos contratiempos gracias a su excepcional capacidad de negociación en aquellos días cuando una arremetida sin par  por parte del régimen del Dr. Rafael Caldera sufrían las casas de estudios universitarias.

La llamada Renovación universitaria, como un eco del Mayo Francés de 1968, era ya un recuerdo lejano por aquellos tiempos. De ese movimiento juvenil apenas se veían algunos grafitis inspirados en el surealismo, tales como el de “la libertad comienza con una prohibición: prohibido prohibir”. Se había producido el repliegue de la izquierda insurreccional y nacía una nueva forma de ser socialista con el nacimiento del Movimiento Al Socialismo (MAS). La “ultraizquierda”, como era de esperarse combatió con ahínco y rudeza el socialismo de “arpa, cuatro y maraca” pregonado por el nuevo partido. El bipartidismo adeco-copeyano parecía entonces estar firmemente arraigado en el imaginario nacional.

La Escuela de Historia tenía tres especialidades: Venezuela, América y Universal, y estaba dominada por una única forma de pensamiento: el marxismo, el  que esta vez había sido reinterpretado por la chilena Marta Haernecker, una discípula aventajada de un prominente pensador, hoy caído en el olvido después de gozar de un enorme prestigio: Louis Althusser. Esta interpretación, alejada de la versión sovietizante de Marx, era del agrado de aquella Escuela que era percibida como radical de izquierda en términos generales. El libro en cuestión se llama Los conceptos elementales del materialismo histórico. No lo hemos vuelto a ver en librerías y kioskos.

Las otras escuelas de pensamiento histórico eran olímpicamente ignoradas. No se hablaba del positivismo y de los positivistas venezolanos sino para hacer referencias breves a lo equivocados que estaban. Solo Gil Fortoul y Vallenilla Lanz eran estudiados, pero como intelectuales vendidos al  gomecismo. Eso bastaba para descalificarlos intelectualmente y no se nos indicaba sus presupuestos filosóficos y de método. Lo mismo se podía decir de la Escuela de Annales francesa. No se mencionaba a Marc Bloch y mucho menos a Lucien Fevbre, a pesar de que varios profesores de la Facultad cursaron estudios en Francia. Todavía se seguían citando autores soviéticos, lo que prontamente dejó de suceder.

Las Escuelas de la Facultad funcionaban como estancos separados a pesar de estar bajo un mismo techo. Poco se interconectaban las de Historia con la de Letras. No se entendía lo fructífero de establecer un diálogo entre Novela e Historia, por ejemplo. La escuela de Letras se aferró al estructuralismo francés de Lévi-Strauss, autor que no permeaba el pensamiento de los historiadores ni a los estudiantes de Educación. Fue por intermedio de un poeta, Ramón Palomares, gracias al cual comencé a conocer al mexicano Octavio Paz. El autor de su célebre El Laberinto de la soledad aun no sonaba para el Nobel de literatura. De modo pues que la proximidad de ambas escuelas me hizo sensible y permeable al hecho literario. Allí conocí a Pound, a Neruda, a Baudelaire. Oí mencionar a la Pandilla de Lautréamont y leí pasmado Carta a la vidente de Artaud.

En la Escuela de Educación era común oír referencias a Paulo Freire y su libro más reconocido libro: Pedagogía del oprimido. El profesor Luis Bigott era por aquellos años un icono de los estudiantes orientados hacia la izquierda, quizá por aquello de su éxito editorial con El educador neocolonizado. Una experiencia de las llamadas Escuelas Libres europeas se estudiaban a través de un texto luminoso: Summerhill, una experiencia educativa fundada en el amor, el respeto y la convivencia. Pero los estudiantes de Educación salían al mercado de trabajo sin haber estudiado una especialidad concreta, biología, historia o matemáticas. Ello le creó un problema al realizar sus prácticas docentes: no sabían qué carrizos enseñar. Fue a finales de la década que nos ocupa cuando finalmente la Escuela creó las especialidades en tales ciencias.

El recientemente fallecido filósofo José Manuel Briceño Guerrero era como una suerte de árbitro intelectual de la Facultad. Los temas más difíciles, por no decir filosóficos, se le consultaban. Todos poníamos atención a sus palabras tan suaves como sabias. Era el consenso de barba, gorra y pipa. En una de sus clases me regaló América Latina en el mundo, uno de sus libros. Su esposa era una antropóloga oriunda de las islas del Caribe de nombre Jaqueline Clarac. Gracias a esta inteligente mujer conocimos a Frantz Fanon, un médico martiniqués que hizo un relato estremecedor del colonialismo francés en Argelia en  Los condenados de la Tierra. Con esta increíble  docente hice mis primeras investigaciones de campo en el cementerio Espejo de la ciudad de Mérida en torno al ánima protectora de los estudiantes allí sepultado. Fue una revelación para mí. Es reconocida  la antropóloga Clarac por sus investigaciones sobre el mito de María Lionza en la conciencia colectiva venezolana.

El economista barinés Rafael Cartay, ahora trocado en historiador de la alimentación,  me dictó la cátedra de Economía Política. Sus clases eran muy amenas y divertidas. Luego fue a Europa donde vino convencido de la necesidad explorar nuestros hábitos alimentarios. Nos topamos en Barquisimeto hace poco, donde la pedí  me autografiara su libro El pan nuestro de cada día, al tiempo que lo invité a degustar la mejor tostada caroreña del orbe en el Club Torres de Carora, corporación fundada por los godos de esta ciudad a fines del siglo XIX.

En historia del arte recuerdo con emoción al Dr. Juan Astorga, un republicano español que nos hizo amar la pintura de Cézanne y de Juan Gris. Una referencia muy especial hizo de Las damas de Avignon de Picasso, un cuadro que le abrió camino a la corriente pictórica más resonante del siglo XX: el cubismo. Recuerdo que los estudiantes de Historian le temían a este docente que enseñaba cosas muy ajenas al materialismo histórico. El historiador del arte y la literatura Arnold Hauser era el autor que mencionaba con más regularidad y su inigualable obra titulada Historia social de la literatura y el arte. Tenía un libro de su autoría que creo no se publicó jamás y que leíamos en edición de multígrafo: Génesis del naturalismo del arte en Occidente. En la actualidad y luego de su fallecimiento un museo de arte lleva su nombre en la ciudad de Mérida. El Dr. Simón Noriega dictaba la cátedra de Arte Venezolano y era una suerte de delfín del Dr. Astorga. Murió trágicamente el año pasado.

El Dr. Ernesto Pérez Baptista acababa de regresar de Europa. Nos hizo hacer, a Juan María Morales, a mi hermano Arnoldo Cortés y a mí, una larga investigación empírica en la hemeroteca de la ULA acerca de los movimientos sindicales de los sidoristas en Guayana. Luego nos invitó a abrir una escuela granja bajo su patrocinio en Nueva Bolivia, en el Sur del Lago de Maracaibo. Por la noche ascendimos al poblado andino de Santa Apolonia, pueblo que fue fundado por personas que huyeron de la Guerra Federal en el siglo XIX. Fue una bella lección pedagógica la que recibimos con este hiperkinético y simpático docente merideño.

Martín Zsinetar es caraqueño y había hecho sus estudios en la Unión Soviética. Nos dictó la asignatura Introducción a la Historia en primer semestre, y en donde comenzamos a glosar el materialismo histórico. Nos decía cosas casi increíbles, tales como que había vivido en Chipre casado con una isleña y que hizo amistad con el poeta ruso Evtuchenko. Era muy generoso con sus libros y los daba prestados a cualquiera sin anotarlos en una lista. Gracias a ello leí El mono desnudo, un éxito editorial por aquel entonces escrito por Jacques Monod. Está jubilado y se dedica con fervor  a comerciar libros usados en Mérida.

A la Facultad la visitaba siempre un memorable personaje de todos recordado. Me refiero al poeta y humorista caraqueño Aquiles Nazoa, quien dictaba unas charlas exquisitas y bellas en la biblioteca. Sus gestos divinamente teatrales eran de una naturalidad increíble. Nos dijo que todos los años componía un soneto a Mozart, y acto seguido nos recitó el de aquel año de 1975. Pocos meses después moriría en fatal accidente de tránsito en su viejo escarabajo el autor de Vida privada de las muñecas de trapo.

Con Luis Caraballo Vivas disfruté de la lectura en voz alta de los libros de Stephan Zweig, tales como Momentos estelares en la historia de la humanidad. El dramático final por suicidio en Brasil de este maravilloso escritor nos asombró sobremanera. Otro texto que nos devoramos literalmente hablando fue El derecho a la pereza, escrito por el yerno francocubano de Karl Marx: Paúl Lafargué.  En su apartamento nos reuníamos a discutir de todo un poco y de la manera más cordial y entusiasta varios compañeros de estudios. Hogaño es docente con casi 40 años de servicios en la Escuela de Historia de la ULA.

Había personajes verdaderamente estrafalarios y extravagantes. El escritor colombiano Hernando Track era uno de ellos. Los estudiantes se burlaban y le hacían rechiflas. Mi amigo y paisano caroreño, Cécil Álvarez, cargaba siempre entre sus manos Tiempo de callar, ensayos literarios de este curioso docente colombiano de la Escuela de Letras que pasaba las horas enteras hablando del existencialismo sartreano. Un profesor francés se quejó en el Consejo de Facultad que le había sido colocado una soga de ahorcado en la gaveta de su escritorio. Estaba muy alarmado aquel poco cartesiano docente del que no recuerdo su nombre pero sí su cara transfigurada por el miedo.

 El Doctor Miguel Marciales era un erudito en silla de ruedas. Un accidente automovilístico fue la causa. Su esposa siempre le acompañaba. Los más forzudos estudiantes lo levantaban para ascender las empinadas escaleras de aquellos galpones donde estaba la Facultad. Su especialidad era la literatura medieval castellana y sabía mucho sobre La Celestina de Fernando de Rojas. Cierta vez me pidió con suave voz que le mostrara mi lectura. Cuando le mostré Punto y raya sobre el plano del pintor ruso Kandinski me miró con asombro desde sus gruesos anteojos de hombre sabio y cordial. Una vez habló de las fonéticas del habla en Latinoamérica diciendo que las variantes las establecía el sustrato aborigen de cada región. Fueron unas clases memorables que yo disfruté en la vecina Escuela de Letras.

Un semestre completo dedicó el profesor  merideño Juvenal Santiago al fenómeno expansivo europeo de las cruzadas del siglo XII. Allí me familiaricé con términos como “argumentación bizantina” y la “querella iconoclasta”. Me enamoré desde entonces del Medievo y hoy sigo siendo un apasionado por este milenio de la historia europea que sigo con las lecturas de Marc Bloch y Jacques Le Goff. Se estaba doctorando “Santiaguito” entonces con una tesis titulada La ciencia en la Edad Media, tutorada por el Dr. Juan Astorga. Aprobó con honores.

Las asignaturas que provocaban terror eran dos: Estadística aplicada a las Ciencias Sociales y Morfosintaxis de la lengua castellana. Conocí algunos compañeros que debieron retirarse de la Escuela de Historia sin haber aprobado tales asignaturas. El profesor Andrés Márquez Carrero dictaba su asignatura con la Gramática de Andrés Bello entre sus manos. Decía para nuestro asombro que era un texto aun vigente. Citaba de seguido al lingüista judíoestadounidense Noam Chomsky y a Gili Gaya y su extraordinario libro Resumen práctico de gramática española. Las pruebas finales hacían temblar de espanto a muchos.

Los compañeros de estudios que recuerdo con deleite y emoción  son muchos. Me atrevo a mencionar solo algunos: Juan Pedro Espinoza, Otoniel Morales, Alí Linárez, Teresa Bianculli, Guillermo Matera, Juan María Morales Álvarez, Cécil Humberto Álvarez,  José Rosario González, Jorge Valero, Benigno Contreras, Rudi Querales, Gabriel Escalona, Luis Alejandro Caraballo Vivas, Darcy Gelambi, Yuyita Riera, el poeta Gelindo Callígaro Casasola, fallecido en primavera, Antonio Vale, quien me regaló una biografia de Bakunin escrita por E. H. Carr, el margariteño Luis Boada, Betsy Contreras, Walter Márquez, el poeta boconoense José Rodríguez, Eugenio Graterol Adames, el amigo que me condujo a Mérida en enero de 1972: Juan Hildemar Querales, Nelson Martínez, el fallecido Javier Álvarez, Rosángela Rodríguez Moreno, Coromoto Salas, Coromoto Guyón, el valerano Ramón Rivas, el nicaragüense Miguel Herrera Cuarezma, entre otros…

Mi tránsito por aquella Facultad fue más bien breve. Cuatro años no fue nada, pero a pesar de ello fue ese maravilloso recinto en donde eché las bases firmes de mi formación humanística. Quería trabajar allí, y hasta me preparaba para la asignatura Historia Contemporánea. Para ello fiché un trabajo monumental en seis tomos sobre la Revolución Bolchevique escrito por E. H. Carr: Historia de la Rusia Soviética, pero el Destino me trajo a Carora, Estado Lara, mi patria chica, no sin antes hacer un toque técnico en el Núcleo Rafael Rangel de la ULA-Trujillo que estaba recién abierto entonces.

Hoy en día siento una enorme satisfacción por haber abierto dos líneas de investigación en el Pedagógico de Barquisimeto, junto a los doctores Federico Brito Figueroa y Reinaldo Rojas: Historia social e institucional de la educación en la Región Centro Occidental de Venezuela, con la cual han continuado un centenar de investigadores sus tesis de maestría y doctorado. La otra línea se afinca en mi interés por la psicología y la filosofía: las mentalidades religiosas.

 Ejerzo la docencia en el Doctorado en Cultura Latinoamericana y Caribeña, UPEL-Barquisimeto, al lado de los doctores Josefina Calles y Reinaldo Rojas. Se me ha asignado la tutoría de varias tesis referidas a las advocaciones marianas en Venezuela. Desde 2008 soy el Cronista Oficial del Municipio General de División Pedro León Torres, capital Carora.

Esta reseña de mi fugaz pero perdurable pasantía por la Facultad de Humanidades de la ULA-Mérida la he escrito por petición de mi entrañable amigo y filósofo Dr. Pascual Mora, de la ULA-Táchira, con quien tuve el privilegio de fundar la Sociedad de Historia de la Educación en Venezuela en Barquisimeto, sede de la UPEL del Este.

miércoles, 8 de abril de 2015

El duelo financiero Washington-Pekín


Dice el internacionalista venezolano Alfredo Toro Hardy en un artículo (El Universal, Caracas, 1-4- 2015), que el pasado octubre de 2014 aconteció un suceso sin precedentes en la historia reciente de las finanzas internacionales, fue creado en la ciudad china de Shanghai el Banco de Inversiones de Infraestructuras Asiático (BIIA) por las potencias económicas emergentes, los llamado países Brics: Brasil, Rusia, India, China y Suráfrica. Bajo el liderazgo de China, esta entidad financiera contará con 100 billones de dólares para comenzar sus actividades: financiar una amplia red de infraestructuras continentales. Esta iniciativa, por supuesto, no agradó para nada a Washington, quien articuló un boicot aliándose de sus aliados europeos, asiáticos y de Oceanía. Estados Unidos no podía tolerar que el gigante asiático liderara la zona de más rápido crecimiento económico del planeta.
Este boicot funcionó por breve tiempo, pues se rompió por el lado en que los gringos menos lo esperaban: el Reino Unido, su más firme aliado y venciendo todas las presiones venidas del otro lado del Atlántico,  decidió anotarse como miembro fundador de la institución el pasado 13 de marzo de 2015. Pero, para mayúscula sorpresa de los estadounidenses, otras economías, antes  alineadas al Consenso de Washington, Banco Mundial  y  Fondo Monetario Internacional, instituciones financieras creadas y tuteladas férreamente por los EEUU desde el final de la Segunda Guerra Mundial, se fueron tras la iniciativa de la Pérfida Albión: la locomotora de la economía europea, Alemania, Francia, Italia, Holanda, Suiza, España, Australia, Nueva Zelandia, Corea del Sur, Turquía. “La política estadounidense de no lavar ni prestar la batea evidenció en este caso, estima Toro Hardy, un fracaso estrepitoso.”
 Estos países capitalistas avanzados, se unieron a los miembros fundadores del BIIA: Tailandia, Viet Nam, Laos, Camboya, Brunei, Jordania, Indonesia, Paquistán, Malasia, Filipinas, Arabia Saudita, Singapur, Tayiquistán, Mongolia,  Bangladesh. Como debería esperarse, no quería quedarse aquél primer grupo mencionado, antes alineado firmemente a Washington, fuera de esta gigantesca fuente de oportunidades que se abre con el Banco chino, nos dice Toro Hardy. EEUU es la única gran economía del planeta que no está representada en el Banco de Shanghai, ello constituye una fuerte prueba de los cambios en el equilibrio de poder mundial.
Ahora bien, ¿qué hará EEUU, la segunda potencia económica mundial desplazada a este segundo peldaño por China el año pasado, para responder a tamaño desafío que representa esta alianza financiera que se cocina en Asia? Por lo pronto, se plantea el Tío Sam y la Eurozona, crear una moneda única, fusión del euro y el dólar, para hacer frente a la otra moneda que intentan crear China, India y Rusia para hacer sus transacciones económicas en una moneda distinta al alicaído dólar.
Este duelo financiero explica la rivalidad Rusia-EEUU, que se expresa en el conflicto en Ucrania y  Siria, así como los intentos de aislar al país euroasiático aplicándole unas sanciones que el presidente Putin conceptúa  como inaceptables. A ello debemos agregar el cerco militar que tiende la otrora superpotencia unipolar al gigante chino. Una nueva “guerra fría” está planteada.
 Venezuela, por su parte, coquetea desde hace tiempo con los países Brics, ha sido factor de primer orden en la creación de Mercosur,  el Alba y la Celac como contrapartida de la OEA, y hasta se ha planteado desligar su negocio petrolero de la divisa norteamericana, al tiempo en que vende buena parte de su petróleo a Pekín. ¿Será por ello que nos hemos constituido en una amenaza para los EEUU? El tiempo lo dirá.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Picasso, Gadamer y yo. A la memoria del profesor Simón Noriega

Me sucedió aproximadamente a finales de los años 70. Estaba recién graduado de la Universidad de Los Andes y tenía la cabeza llena de proyectos, sin atinar por cual seguir. Aun no era docente de filosofía y psicología de educación media con los afamados textos de Ignacio Burk, un gigantesco Maestro germano-venezolano. Amaba con gran pasión la obra artística, sobre todo la de comienzos del siglo XX. Y con ella, la experiencia que hoy relato.
Salía de una función de cine de no me acuerdo cuál film, cuando abordé un autobús que me conduciría a mi hogar. Hojeaba una revista en la cual me topé con un autorretrato de Picasso de su Periodo Azul. En un recodo de la avenida, debajo de una arboleda y bajo los crepúsculos, experimenté una sensación, un estado de ánimo irrepetible y muy grato. Un cosquilleo surcó mi cuerpo de abajo hasta arriba. Fue un momento muy emocionante y breve que recuerdo con frecuencia hoy cuando ya entro a la madurez de mi existencia.
Qué pudo suceder allí, me preguntaba con insistencia. Por qué aquella pintura juvenil del malagueño me produjo aquel estado de seminconsciencia casi indescriptible y además breve y fugaz. En qué estado anímico me encontraba para que se produjese aquella empatía con la obra de arte de marras. Algo parecido me había sucedido con unos versos que leí de Jorge Luis Borges que decían al comenzar: “las traslucidas manos del judío…”, un poema titulado Espinoza, del año 1964.
Pero, a diferencia del texto borgeano, el caso que relato tiene que ver con una evocadora imagen que salió de las manos de un joven pintor extranjero residenciado en París. Pienso que el residuo de melancolía que resume el Periodo Azul pudo haber sido el responsable aquella  evocación picassiana tan intensa. Luego intenté asociarlo con el recuerdo de un anciano profesor de historia del arte de la Universidad emeritense, el Dr. Juan Astorga Anta, un republicano español que la guerra civil aventó a nuestras tierras. Me había tomado cariño por la intensidad de mi condición de discípulo, y hasta públicamente manifestó aquello ante el resto de mis condiscípulos.
La pintura del malagueño que nos ocupa es de 1901. Picasso es un desconocido de 20 años que, como lo haría muchos después el joven colombiano Gabriel García Márquez, deambulaba por las calles de París, rodeándose de malvivientes, bohemios y prostitutas, los protagonistas de su melancólico y cetrino Periodo Azul. Aún no ha descubierto el cubismo, pero está a punto de hacerlo, lo que seguramente se conectó con mi propia condición de docente iniciándose en el Liceo Egidio Montesinos de Carora, tras una abortada entrada a educación universitaria en el vecino estado Trujillo, en Venezuela. Cifraba yo los 23 años. Era, pues, coetáneo con el genio pictórico español. Dos jóvenes a la búsqueda de un horizonte, Picasso y yo.
Aquel suceso evocativo pudiera tener conexión con el amigo Luis Caraballo Vivas, docente de la Universidad de Los Andes, quien al contraer matrimonio con una larense como yo, me pidió le hiciese de mis manos una réplica de la pintura Le repas frugal de Don Pablo, el malagueño universal.
El autorretrato  de Picasso es de una sobria belleza, elegante, y ya podemos observar allí atisbos de la genialidad que lo iba a acompañar hasta su muerte. Ese tono melancólico y frío guarda relación con el suicidio de su amigo Carlos Casagemas, quien por amor se da un balazo en la cabeza. Este traumático y doloroso hecho dará comienzo al Período Azul que nos ocupa. Yo no conocía de aquel terrible suceso que acompañaría al malagueño por siempre, de la misma e intensa manera que otro suicidio, el del italiano Amedeo Modigliani, sucedido en 1920.
Es en la madurez de mi existencia cuando he tenido una extraordinaria revelación con la obra de arte. El filósofo alemán recién fallecido Hans Georg Gadamer  nos habla de una verdad que contiene la obra pictórica, una verdad que no viene de la pretendida universalidad de la ciencia natural, es decir la existencia de una verdad no conceptual que estaría dada por la “comprensión” del sentido o “significado” de la obra de arte. La obra de arte se dirige a nosotros y nos pide una respuesta, dice el germano.
Es en este momento cuando pienso que en aquella remota tarde de mi juventud, aquel autorretrato picassiano me pidió que le hablara. La obra de arte aporta un conocimiento verdadero, quizá más verdadero que las verdades derivadas de la metodología científica. A casi 40 años de aquella tarde barquisimetana descubro una verdad distinta cuyo ámbito no es la verosimilitud sino el de la verdad. El ser de la obra de arte es un juego que sólo se cumple en su recepción por el espectador. Y ese espectador era yo.

El Liceo Egidio Montesinos en la década de 1960

Quien escribe entró a cursar el bachillerato en esa casa de estudios secundarios en 1964. Su  director era un afable profesor bajito y de corbata llamado José Rojas Armas, graduado en el Instituto Pedagógico de Caracas en la especialidad de Castellano y Literatura, asignatura que le dictó a mi curso, lº  sección A. una sorpresa recibí de las manos del Sub Director, el profesor de Inglés David Lasry, mejor conocido como míster Lasry. Al ver mi escasa estatura y corta edad exclamó colocándome la mano apuñada en mi cabeza: “Este está muy chiquitico para estudiar aquí.”
En esos años lejanos ya, había una palabra terrorífica que andaba de pasillo en pasillo y de aula en aula: febrero. La razón de aquello, que hoy resulta inexplicable a los chamos del siglo XXI, se debía en que en ese fatídico mes entregaban los boletines que daban cuenta del rendimiento del primer trimestre. Quien resultara con la mitad de las asignaturas aplazadas más una le daban los papeles para que se fuera del Liceo. Una vez un compañero de estudios del barrio Torrellas al verme y como para lucirse ante sus amigos me señaló con el dedo diciendo: “Estos carajitos así son los que no pelan en febrero.” Después de medio siglo lo veo en Carora manejando una vieja camioneta con marranos en la cajuela. ¡Que equivocado estaba!
Cuando fui promovido a segundo año con la docente Otilia Colmenares como profesora guía me sucedió algo terrible, que por poco no arruinó mis estudios. Traía del año anterior una asignatura de arrastre, tal como se decía. En el laboratorio de Biología un compañero le dio por tomar un pene de plástico y colocárselo en la cara a una de las chicas. Cuál no sería mi sorpresa al enterarme que a ese muchacho y a mí nos expulsaron por aquella travesura por una semana y en tiempos de evaluaciones. El Director, profesor Rigoberto Valenzuela, le dijo a mi padre, Expedito, el delito que presuntamente había cometido su hijo. Yo no dije una palabra, silencio total. Al regresar al Grupo Escolar Ramón Pompilio Oropeza mi padre no comentó nada. Seguramente intuía  de mi inocencia y por ello me escapé de una segura paliza. Pero mi rendimiento, ya pobre de por sí, se vino abajo. Recuerdo que bañado en lágrimas me topé con el profesor español Ismael García, conocido por el mote cariñoso de  “Yeyo” y le pedí me dejara presentar la prueba, a lo que asintió positivamente.
Lo que me sorprende hoy es el silencio del aula de clases. Nadie salió en defensa de Cortesito, tal como me decían,  ni siquiera el docente que abandonó el laboratorio de Biología, un tal “Espirogira”, dejándonos hacer lo que nos viniera en ganas. La palabra de la señorita de marras pudo más y salí expulsado por única vez de aquel recinto educacional tan severo e insensible. Solo mi madre, Claver Riera, me comprendió y le dio refugio a aquel adolescente aturdido y desconcertado por tamaña injusticia.
Un anillo con brillantes vino a amargarnos la vida en tercer año. Fue en otro laboratorio, esta vez de Química, cuando una chica se deshizo de aquella joya tan costosa y la colocó en el mesón para lavar unas pipetas y retortas. Cuando terminó su labor, ¡horror! el brillante que costaba la gigantesca suma de diez mil bolívares había desaparecido como por arte de magia. El profesor Luis Beltrán Gutiérrez nos amenazaba y apremiaba  para que apareciera la valiosa alhaja. Apareció días después cuando un muchacho desconocido la dejó, envuelta en una media, en  casa de la jovencita ubicada en la calle San Juan.
Cuando se produjo la gran revuelta estudiantil en Francia, 1968, habíamos llegado a cuarto año de ciencias. Las pruebas eran largas y exigentes. Se nombraba un jurado compuesto por  dos docentes  a lo que se agregaba el profesor de la asignatura. Había pruebas que hoy no se imaginan los chamos del tercer milenio: en Biología, Química y Física se presentaba en tres modalidades, esto es, prueba escrita, prueba oral y prueba práctica. Uno podía entrar en la mañana a la institución y salir agotado de ella a media tarde. Hogaño las pruebas escritas de completación, selección múltiple, verdadero - falso y otras boberías, acabaron con esas pruebas que por su rigor y severidad seguramente venían del siglo XIX.
Cuando llegamos quinto en 1969, año en que el hombre llegó a la Luna. Según Willian Ávila la promoción debía llamarse Cuatricentenario de Carora. No hubo, en consecuencia, padrino de la promoción, personaje que era siempre decidido por la Dirección del plantel y no por los alumnos. El comité Pro Graduación fue todo un escándalo, pues se perdieron los dineros recogidos y los anillos de graduación (que ya no se usan) desaparecieron. El acto de grado fue realizado en el auditorio del Grupo Escolar Ramón Pompilio Oropeza. La fiesta se escenificó con la Orquesta La Playa en el viejo local del Club Torres de la calle Lara con Guzmán Blanco. Los bachilleres lucíamos todos paltó y corbata, las damas por su parte, traje de gala.
Casi medio siglo luego de esa experiencia académica ya desaparecida, hemos logrado rencontrarnos gracias a las diligencias realizadas por el profesor Eucrelio Terán. Rememoro aquel Liceo pequeño, tan cordial como temible en donde se dictaban asignaturas que hoy nadie recuerda: Latín, Griego, Filosofía, y los logaritmos los extraíamos de la Tabla de Allen, que era una suerte de manual al cual el compañero Juan Arcila, recuerdo vivamente, le hizo una corrección. Un portento del intelecto que yo apenas podía asimilar entonces.
Se han retirado de la vida terrenal nuestros docentes de entonces, el Doctor Pablo “Paúcho” Álvarez Yépez, José Rojas Armas “Pomponio”, Simón Villegas Losada, Lilian Castillo, Pablo Losada “Palolo”, Homero Álvarez y Antonio Montesinos. Pero quedaron entre nosotros como soporte básico de nuestra formación académica y humana.

martes, 3 de febrero de 2015

Aquel piano, aquel hombre. Homenaje a Juan Martínez Herrera

“Steinway es una leyenda viva,
más que un piano se trata de una pasión.

Era yo un adolescente cuando pasaba mis días meditando a medio soñar en los largos pasillos de pisos rojos y techos de cedro del Grupo Escolar Ramón Pompilio Oropeza. Era un recién llegado a Carora que se refugiaba en aquella noble y hermosa arquitectura de tejas y amplios ventanales adornados por el rojizo centellar de las acacias venidas de la lejana Indochina. Las cigarras con su canto monótono y estridente venían a completar aquel cuadro de ensoñación y ensimismamiento juveniles.
El auditorio era como el centro nervioso y de resonancias del edificio aquel, salido de las prodigiosas e iluminadas intuiciones arquitectónicas de Carlos Raúl Villanueva. Elegante y sobrio, lámparas colgantes y pequeñas escalinatas que daban a un tablado de amplias dimensiones. Tenía, sin embargo, una acústica decididamente ultrajante y agresiva. Nunca pude comprender plenamente como pudo suceder aquel dislate.
Arrinconado a las paredes escénicas dormitaba yacente un negro piano vertical de la afamada casa Steinway & Sons que la ingenua preceptiva ministerial de entonces había colocado allí para que se formasen espontáneamente sus enaltecidos ejecutantes, sin partituras ni docentes. Alguna Teresa Carreño silvestre dará sus primeros toques en su teclado, seguramente pensaron candorosamente.
Una mañana de un mes que no atino a recordar, mi padre Expedito, director de la institución, me pidió abriese las puertas a aquel recinto a un caballero que yo conocía ya en su gabinete de odontólogo, en donde arrullaba a sus retoños en brazos con música de Mozart o Vivaldi. Venía a realizar algo que jamás pensé pudiera suceder: Juan Martínez Herrera venía a nada más y nada menos que a afinar el viejo piano que la incomprensión escolar hacía vomitar sonidos ultrajantes. Comenzó su larga y monótona tarea bajo mi atenta mirada. Alicate y llaves en mano y una paciencia sin límites, aquel pequeño ser humano iba logrando poco a poco darle la sonoridad que esperaba a aquel mueble musical, triunfo de la modernidad burguesa y europea.
No podía sospechar que en ese mismo recinto, y años después, iba yo a acompañar de nuevo al odontólogo a regañadientes que era Juan Martínez, a hacer realidad otro de sus más disparatados anhelos: fundar una orquesta infantil en la recoleta ciudad del Portillo de Carora y que iba a retumbar del otro lado de los océanos. Y allí estaba un trémulo educador chileno apellidado Miranda, temeroso aun por el sangriento golpe que manu militari afrentó La Moneda, dispuesto a reproducir acá el sueño truncado de La Serena.
Y allí continuaba el viejo cajón musical de pedales y martillos que las diestras manos del médico dental habían logrado restituir su ignorada grandeza y dignidad. Quizá el trópico y la informalidad de sus habitantes no cuadraba con la majestad de aquellas maderas sonantes venidas de templadas y lejanas latitudes germánicas.
Pero más pudo la porfía y testarudez de aquel caraqueño inasequible al desaliento que el amor por Teresita aventó a las tierras resecas del occidente venezolano. Fue arrojado de tal manera al más fecundo de los lares, en donde Orfeo vino a continuar su universalista religión musical.
Y en la Casa de la Cultura, su creación más excelsa y admirable, lo observé de nuevo, esta vez frente a la muchachada sedienta y anhelante de armonías, a aquel enjuto hombrecillo de alicate y  partitura que en un recodo escolar resucitó de la anonimia y el ultraje del tiempo al cajón sonoro aquel, que solo el genio de la cultura occidental europeo pudo crear.
Con aquel prodigioso acto de manipulación de las somnolientas teclas del añoso mueble musical del Grupo Escolar, Juan Martínez, verdadero capitán de las luces, no estaba haciendo otra cosa de darle ánimo y temple al sin igual espíritu armónico momentáneamente aletargado de los caroreños. Y digo esto porque ya en el postrero siglo barroco y colonial venezolano contaba la ciudad del Portillo con un “maestro de horganos”, quien atemorizado por la idea de quedarse eternamente en el purgatorio, entró como hermano a la cofradía del Sacramentado.
Triunfo definitivo del piano de martillos en aquel medio tropical y calenturiento, que las nerviosas manos  del odontólogo caraqueño  introdujo en la racionalidad de la afinación pura al momentáneamente aletargado espíritu musical caroreño. Todo un portento, todo un prodigio.
Hoy, ya ausente de entre nosotros Juan Martínez, rememoro aquel encuentro entre el muchacho que era yo y el inmenso constructor de sueños y fantasías melódicas que era y es aquel enjuto hombre en cuyo cuerpo diminuto no cabía la inmensidad de su espíritu.
”

Fin milagro alemán

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