domingo, 17 de agosto de 2014

Faceboock y la Universidad de Harvard

Mark Zuckerberg, nacido en 1982, fundador de Faceboock,  se encontraba en Davos participando en el Foro Internacional de Economía, cuando se le acercó uno de los responsables de las más poderosas empresas de comunicación del mundo, rogándole que le dijera cuál es su secreto. El joven, de apenas 22 años, que es un geek (persona fascinada por la tecnología) de pocas palabras, le respondió al empresario: “No puedes”. Agregó que “no se pueden empezar comunidades, puesto que ellas ya existen. La pregunta que deberías hacerte es cómo puedes ayudarlas para hacer eso mejor”.


Quiso decir este joven multimillonario: organización eficaz. Esto fue lo que aportó a la muy prestigiosa universidad de Harvard, luego a otras universidades y después al resto del mundo con su plataforma social. “La comunidad de Harvard ha hecho lo que quería hacer durante tres siglos antes de que Zuckerberg pasara por allí”, dice enfático Jeff Jarvis, autor del libro: Y Google ¿cómo lo haría? (Planeta, 2010). “Lo que él hizo fue simplemente ayudar a que lo hicieran mejor”.

Zuckerberg contó su historia de su curso en arte en Harvard: no tenía tiempo para ir a clases ni para estudiar, pues al fin y al cabo estaba muy ocupado  fundando una empresa de quince billones de dólares. El examen final iba a ser en una semana y le entró pánico. El joven hizo lo que es natural a cualquier nativo de la web. Se metió en internet y descargó las imágenes de todas las obras de arte que sabía entraban en el examen. Las puso en una página web y añadió una caja de texto en blanco debajo de cada una de ellas. Escribió un e-mail a todos sus compañeros con la dirección de la página diciéndoles que había construido una guía de estudio. La clase obedientemente se conectó y fue rellenando las cajas de texto con los datos esenciales de cada obra de arte, colaborando para que todo fuera correcto. Dado que eran de Harvard -dice Jarvis-, hicieron un buen trabajo.
El resultado no se hizo esperar: Zurkerberg aprobó. Pero lo mejor de todo es que el profesor dijo que la clase globalmente había sacado mejor nota de lo habitual. Ellos consiguieron capturar la sabiduría de la multitud y ayudarse mutuamente. El joven geek había creado el camino para que la clase colaborara entre sí. Les proporcionó una organización eficaz. (pág. 70-73)
Ahora bien, ¿sería legítimo ser optimistas ante este hecho simplificador de la alta cultura, como diría Mario Vargas Llosa? ¿No será acaso síntoma de decadencia de Harvard, como sostiene Morris Berman, quien al abordar las instituciones educativas de Estados Unidos afirma que el 45 por ciento de los universitarios “no han aprendido nada” después de 4 años de cursos. Y agrega esta astilla encajada en esa imagen de grandeza y autocomplacencia que profesa la mayoría de sus compatriotas: “El propósito de la mayoría de los universitarios en Estados Unidos  ahora es tener una experiencia social, no intelectual.”

Berman sostiene en su libro titulado La edad oscura Americana, que existe un serio desprecio por las humanidades en su país. El 60 por ciento apenas lee un libro al año, libros de novelas románticas baratas y de autoayuda. Este feroz crítico de la cultura estadounidense dice que internet encarna una gran paradoja, pues cualquiera puede publicar sus producciones literarias, pero la mayoría de lo que se publica no es más que basura.  Por otro lado, afirma Morris, leer en internet corremos el riesgo de perder la profundidad que tenemos al leer en texto impreso.”

 Jarvis, refiriéndose al libro impreso se atreve a decir que “las cosas físicas apestan. Lo impreso apesta.” Este desbocado optimista de la “cultura Google” y quien relata la experiencia simplificadora del arte y la pereza de Zurkerberg en Harvard, agrega que lo impreso limita tu espacio, restringe tus tempos y tu capacidad de mantener informado al minuto a tus lectores. Lo impreso es ya viejo cuando acaba de ser impreso. Sigue un modelo de talla única. No te permite hacer clic para ampliar informaciones. No puede ser buscado ni reenviado. No tiene archivos. Mata árboles.” (pág.102)
Este curioso personaje, que escribe un libro para afirmar que el libro no es necesario, alaba lo que se ha llamado la Universidad Google. ¿Quién necesita una universidad cuando tenemos Google?, se pregunta Jarvis. De modo pues que estamos ante la muerte de la universidad tradicional que viene de la Edad Media, para dar paso a una universidad como Harvard: “cálidas maderas alrededor de un fuego encendido. Harry Potter sin la pompa y el kitsch, la experiencia -de Disney World- de la educación.” Y dice este fundamentalista que: “Faceboock puede suplantar a las universidades como creadoras de redes.”
Pero, dónde está el espíritu crítico, el rasgo distintivo principal de la cultura de Occidente, en una universidad diseñada de tan frívola y superficial manera, es la pregunta que con angustia me hago al leer el libro de Jeff Jarvis.

lunes, 4 de agosto de 2014

Sones de Negro-Tamunangue: Bien de Interés Cultural

El Ministerio de la Cultura ha tenido un acierto extraordinario al declarar  a los Sones de Negro-Tamunangue como Bien de Interés Cultural, un hermoso hecho social que resume nuestra formación como pueblo mestizo.  Complejo cultural de integración o complejo cultural específico regional, según sostiene el historiador Reinaldo Rojas, propio de las tierras del semiárido larense, y más concretamente de las poblaciones de El Tocuyo colonial del Municipio Morán, la Ciudad Madre de Venezuela, y de la población de Curarigua de Leal, Municipio Torres, centros poblados ribereños del “Nilo de Centroccidente”, tal como llamara el sabio Lisandro Alvarado al Río Tocuyo.
La decisión ministerial que aparece en la Gaceta Oficial número 40.460 del día 23 de julio de 2014 exhorta a la Gobernación del Estado Lara y alcaldías declarar el 13 de junio, día de la muerte de San Antonio de Padua, patrono de esta festividad propia del solsticio de verano, como Día del Tamunangue.
San Antonio, santo portugués, que es la devoción más extendida en el estado Lara, muy por encima de la de San Juan Bautista que se celebra el mismo mes de junio, es el santo ligado íntimamente a esta expresión que parte de la danza, cuyo origen se remonta a los bailes de los negros establecidos ya en nuestro siglo barroco y colonial, el siglo XVIII, en las haciendas cañeras ubicadas entre El Tocuyo y el valle de Curarigua del estado Lara.
Existe un contrapunteo de opiniones respecto a esta danza del Tamunangue. Julio Ramos sostiene que  es un baile de negros que vino con los esclavos provenientes de Mauritania en el siglo XVI, pero que, dice Reinaldo Rojas, debió de esperar al siglo XVIII para el desarrollo de la agricultura en la comarca tocuyana, que exigió el concurso masivo de mano de obra esclava negra.
Rafael Domingo Silva Uzcátegui lo hace derivar de danzas folklóricas de algunas regiones de España, inclusive Canarias, cuestionando la creencia general de quienes han señalado un origen africano, dice Rojas. Para ello revisa sus componentes, derivando la base hispana dominante en la salve, la batalla y su música, análoga a la de Andalucía, la bella, cuya música es una mezcla de aires españoles e indígenas, los estilos criollos que dominan en la perrendenga, extraña mezcla de aires criollos y exóticos, el poco a poco y el seis figureao, cuya música y baile ubica como de origen español. Lo negro lo encuentra Silva Uzcátegui en el chichivamo y en la juruminga.
Para Pedro Linárez el Tamunangue es esencialmente africano, pues se trata de una tradición sincretizada que conserva su esencia afroide, aprovechando los elementos que bien pudieron incorporar los europeos.
Leyendo con atención el texto de la providencia administrativa Nº 020/2014, aparecida en Gaceta Oficial, observamos que allí domina la interpretación afroaborigen del Tamunangue, pues se lee allí “pueblos esclavizados provenientes de África, Madre de la Humanidad”. Dice que “su origen es la región del Río Tocuyo, estado Lara. Tierra de Gayones, jirajaras, Cuibas, Caquetíos y Axaguas. Culturas que se asentaron en los centros poblados de El Tocuyo, Barquisimeto y Carora, considerados los de mayor concentración de los pueblos ancestrales a la llegada del conquistador español”.
Resalta el documento la imposición hispana de idioma, creencias (por ningún lado aparece la palabra catolicismo) y formas musicales, que se convierten en expresiones nuestras “EN UN NEGRO ANTONIO; UN CUATRO; UN CINCO; UN MEDIO CINCO O UN SEIS FIGUREAO”.
 Otro considerando habla de “la imposición de la religión oficial de los dominantes, y que del fervor popular surge la figura del humilde Antonio, patrono sentimental del pueblo larense”. Como se nota, el documento no emplea la palabras san o santo para referirse al patrono de la devoción.
Más adelante refiere la providencia a “LA PROMESA” que se hace colectiva y solidaria, que se hace Afrodescendiente en un altar con maíz y frutos que se hace indígena (…). Inmediatamente hace a “la JURUMINGA centro de la fiesta o ritual pues es expresión del trabajo productivo y soberanía alimentaria de nuestros pueblos agricultores, manifestación de gracias al alimento en nuestros hogares”.
No podía faltar una referencia gastronómica al “mondongo (palabra africana), sancocho, hervido o cruzado ofrecido a todos los participantes de la fiesta, es un caldo donde cada cultura colocó sus componentes: el sofrito africano, una arepa aborigen y la sazón (no menciona a los bóvidos, caprinos, cerdos y aves traídos por los españoles)  de los pueblos árabes-hispanos, dando como resultado un genuino fogón demostrativo de nuestra pluriculturalidad”.
Sigue resaltando la providencia  la bebida agave cocuy, “néctar de los dioses de los pueblos Ayamanes”, sin tomar en cuenta que estos pueblos originarios desconocían la destilación de tal licor, ello por no tener a su disposición la culebrilla o serpentina de cobre, que es una invención europea o, mejor dicho, árabe. Se comete acá un error que los historiadores llamamos anacronismo.
De seguido dice de nuestra danza que es una “Resistencia Cultural y Cimarronaje”, para luego referirse al vestido como elemento de creatividad y estética.
Luego conecta el juego del garrote y de la BATALLA como aporte de lucha e independencia del pueblo venezolano. De inmediato refiere a  la cultura no escrita: la oralidad de los pueblos ancestrales, los maestros salveros y cantores de TONOS, DECIMAS, SALVES, GOZOS, RONDIAMENTES (sic). El Rondiamante, que es la palabra correcta, lo cantan los buenos cantores que pueden alcanzar tonos diferentes y agudos en las tonadas y décimas.
El siguiente considerando plantea que el Tamunangue une a las distintas regiones físicas y culturales del país: los bailes afros de la costa en el YIYIVAMOS, LA BELLA LA JURUMINGA Y POCO A POCO, al joropo de los llanos en EL GALERON Y EL SEIS FIGUREAO”. Esta idea nos hace evocar una apreciación del Maestro Francisco Tamayo, quien en 1952 afirmaba que “en Lara nace lo nacional, lo venezolano. Lara es la matriz de Venezuela, es el crisol donde se polariza el mestizaje de lo nacional, sin fobias ni exclusivismos”.
No hace ninguna referencia este considerando  a los  golpes tocuyanos y curarigüeños.
Como colofón asume la providencia al Tamunangue como “manifestación colectiva, hecho social irreverente ante el sistema de dominación. Resalta “la participación comunal a través del CONVITE, LA CAYAPA MUSICAL, LAS BANDAS DE NEGROS y LAS AGRUPACIONES, expresión genuina de los colectivos, y organizaciones populares de lucha y de resistencia cultural en los barrios y comunidades de la región larense como articulador del poder popular”.
La providencia resuelve fomentar la difusión investigación educación, y protección, salvaguarda de la manifestación cultural, acuerda notificar, a los ministerios con competencia cultural, educación superior (no menciona a la educación básica), Mujer, Comunas, y Comunicación e Información.
Este documento, que esperábamos con fervor todos los larenses y venezolanos, aparece firmado por Omar Vielma Osuna, Presidente (E) del Instituto del Patrimonio Cultural, del Ministerio del Poder Popular para la Cultura, Resolución Nº 039 del 12 de agosto de 2013.

martes, 29 de julio de 2014

El Meco: Yo respeto el agua

Desde que yo me conozco sé de la existencia de Heriberto José Torrealba, mejor conocido con el amigablemente de El Meco. Nació, me dice en muy baja voz en entrevista que le hago en mi Oficina de Cronista, en la vieja maternidad de la calle Lara de Carora, hijo de Demetria, de quien dice se deriva aquel apelativo de madre e hijo: La Meca y El Meco. Es de aclarar que entre los caroreños decir tal palabra no significa el nombre de la más sagrada ciudad de El Corán, capital de Arabia Saudita. No. Meco o meca se refiere a un animalito, preferentemente un caprino, que ha sido abandonado por su madre y amamantado por una mamá sustituta.
Todo el mundo lo conoce por una sin igual destreza para la natación, el deporte de las piscinas. Pero, por una paradoja de la vida, aprendió a bracear en un pozo que existió en el viejo y ya desaparecido Hotel Bologna de la avenida Miranda con calle Curarigua de Carora. En esa improvisada alberca lo enseñó Yoel Millán, un oriental de paso por estos lares y quien era docente en el Colegio Cristo rey de los padres escolapios españoles. Pero también le da lecciones en el Parque de Recreación Dirigida Dr. Ricardo Álvarez cuando era su director el profesor Gerardo Armao.
Pero el aspecto más sorprendente de este hombre de caminar lento y de piel bastante oscura, es el inapreciable servicio que hace a la comunidad al rescatar cadáveres de personas que mueren por inmersión. El primer cuerpo sin vida que descubre, pero no lo saca, me aclara, fue en el barrio Torrellas en una laguna que quedó allí tras la construcción del dique que protege a la ciudad de las arremetidas del “arroyo aprendiz de río”, el Morere.

Cuando sucede una tragedia por inmersión  lo buscan en la casa de Telmo Mendoza, en la calle Lara. Nunca ha sacado de las aguas a un cadáver femenino. Tampoco cobra nada por hacerlo. Lo que me quieran dar, dice enfático. Cobrar sería irrespetar el cadáver, agrega. En su trabajo no se ayuda de nadie. No toma aguardiente para darse valor este simpático caballero que es completamente vegetariano. Mira, Luis, me dice, a veces duro hasta cinco minutos debajo del agua. Hago mi labor muy lentamente. Nunca trabajo de noche. Esperen a que amanezca, le digo a los familiares, sentencia. Yo respeto el agua, repite de vez en cuando.
La mayoría se ahoga porque no saben nadar, los calambres hacen el resto. Ha sacado ocho cuerpos sin vida de los pozos dejados por la compañía Vinccler. Sueña de continuo que se está ahogando, aunque nunca ha estado en peligro de morir por inmersión. “Nunca sueño con los ahogados que he sacado”.
Cosa curiosa: solo ha sacado  un niño en peligro de morir, y sucedió en el balneario de Las Veritas. Su salvataje más riesgoso fue en la hacienda Puricaure donde sacó a un cristiano de entre las aguas de una laguna infectada de bosta de vaca y orines con una visibilidad muy pobre. En Pozo de Piedra se ahogó Naudy Zambrano, rememora, pero lo sacó Carlos El Sospechoso.
Yo saco los muertos agarrándolos por la mandíbula, así me enseñó el profesor Charles Sombart en el Polideportivo, dice casi pensando en voz alta. Otra cosa, agrega, yo no llevo cuenta de los muertos que he sacado, pero son más de diez. Tampoco voy a los velorios de los muertos que yo rescato. Pero si es un chamito sí.
Me comenta que de los tres niños ahogados en la piscina del Centro de Profesionales, apenas sacó uno. En el Parque del Consejo Venezolano del Niño y en el Círculo Militar no se ha ahogado nadie, dice haciéndose la señal de la cruz. Del río Morere sacó uno cuando estaba empozado, que es mucho más peligroso, advierte. A veces debe esperar hasta tres días para que floten los cuerpos, lo que sucede cuando le revientan los pulmones, comenta este insigne nadador que jamás ha hecho su trabajo en aguas de mar. Se persigna constantemente.
El alcalde ing. Julito Chávez lo premió con un diploma y botón. Dicta clases de natación y de salvamento en el Polideportivo y la Alcaldía de Torres le paga. Allí está formando al continuador de su extraordinario oficio, pues se siente ya pesado por efecto de su edad, 66 años. Luis, me dice mi amigo desde la infancia en el barrio Trasandino, voy a retirar mis cestas tiques. Se levanta y se retira con pasos acompasados este sencillo hombre que se vanagloria de no haber robado nunca y de no tener enemigos.

sábado, 19 de julio de 2014

Profesor Ladislao Zsarolyani

Lo conocí en el Ciclo Básico Madre Emilia de Carora en 1977, cuando comenzaba mi ejercicio docente. Era todo un personaje, extrovertido, carismático y excéntrico, quizá por aquello de haberse criado en Maracaibo este descendiente de padres húngaros. Estudió su licenciatura en historia en la Universidad de Los Andes, Mérida, entre los años 1966 a 1970, junto a los Profesores Juan Bautista González, “Tita”,   María Pérez y el merideño Ergino Vielma Vielma. Yo llegaría a esa casa de estudios emeritenses en 1972.
La gente aún lo recuerda -después de treinta y cuatro años de su infausta muerte- por varias cosas, todas ellas heteróclitas y singulares. La primera de ellas era su motocicleta, vehículo de transporte raro por aquellos años en Carora. Más de una vez me dio un empujón desde Fe y Alegría y el Ciclo Básico Madre Emilia en Campanero hasta mi casa en el Grupo Ramón Pompilio Oropeza. La brisa despeinaba su rubia melena de las estepas magiares, al tiempo que emprendía conversaciones de cualquier tema con marcado acento maracaibero mientras nos acercábamos al Trasandino en su flamante moto italiana marca Vespa.
Me dicen que nació en Hungría a finales de la Segunda Guerra Mundial en un campo de concentración nazi, y que por ello mostraba en su pecho un hundimiento,  producto quizás de la desnutrición que de seguro sufrió severamente allí su madre. Tan pasmosa situación explicaría por qué en su infaltable morral no faltaban, al lado de varias cajetillas de tabaco, lecturas sobre ese fenómeno del pasado siglo XX: el totalitarismo nazi fascista.
Lo otro fue su trágica muerte en 1980. Sucedió que fue a Inglaterra a realizar estudios de posgrado en historia. Como era un fumador impenitente y contumaz, una noche se quedó dormido y la colilla del cigarrillo incendió su colchón y por ello se asfixió allá en la “Pérfida Albión”. No supo cómo y de qué murió. Fue su ultimo cigarrillo.
Fue traído a Venezuela en una urna sellada y enterrado en un bello pueblo trujillano, situado a 1.740 metros sobre el nivel del mar, La Mesa de Esnujaque. ¿Cómo pudo suceder aquello tan extraordinario? Me dice Vilma Mendoza, la sempiterna secretaria del Madre Emilia, que cierta vez alquilaron un autobús para hacer un recorrido andino. Al ver aquel poblado de clima y gentes tan agradables exclamó Ladislao: “Quiero que al morir sea yo sepultado en este pueblito”. Dicen que aquella decisión la tomó porque neblina, flores y verdor de la altiplanicie cordillerana le recordaron  su natal nación magiar.
Amaba a la “tierra del sol amada”, Maracaibo. Cierta vez le dijo un colega que en un bar de prostitutas había un espléndido mural con el Puente sobre el Lago. Estaba el desprevenido profesor de visita en casa de su novia, cuando de repente tocó a la puerta Ladislao diciendo en alta voz: “Fulano, vámonos pues pal Yatai”. “Yo no hallaba dónde meter la cara”, dijo el cordial andino y docente aquel que me contó la anécdota.
Cuando se supo la trágica noticia de su deceso se realizaba un encuentro del beisbol tradicional caroreño. Cuando el narrador, Oswaldo Bastidas, pidió un minuto de silencio por el alma de aquel docente, se cumplió rigurosamente aquel pedimento y hasta hubo lágrimas en el estadio.
En homenaje a su recuerdo, la Biblioteca del Madre Emilia lleva su heteróclito y significativo nombre. Decisión bien tomada pues era un impenitente y voraz lector de cualquier cosa que cayera en sus manos. Cuando vi su fotografía colgada en aquella sala de lectura sentí una enorme tristeza por aquel simpático docente que ahora es cuando tenía que dar de su singular talento a su país de adopción.
Como era extranjero, pero con título de Licenciado en Historia de Venezuela, cosa insólita, no pudo ejercer cabalmente su profesión. Por esa razón dictaba clases del idioma de Shakespeare, lo que lo conminaba a asistir a nuestras desaparecidas salas de cine. De esa manera se pulía en los giros y modismos de la lengua anglosajona. Yo lo vi más de una vez en el Cine Bolívar, confundido entre el público de galería comentando con los chamos las cintas. Una de ellas, recuerdo con nitidez, fue la audaz operación de rescate de un avión secuestrado por los palestinos que el ejército israelí realizó de manera sorprendente en el aeropuerto de Entebbe en Uganda en 1976.
En sus clases utilizaba de manera magistral su pasión cinéfila. Me cuenta Orlando Álvarez Crespo que Ladislao preguntaba quién había visto tal o cual película, y desde allí comenzaba a dictar su cátedra haciendo uso de los comentarios de los chamos de la cinta en cuestión. Todo un docente que la fatalidad nos lo quitó prematuramente.

Fin milagro alemán

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