sábado, 19 de julio de 2014

Profesor Ladislao Zsarolyani

Lo conocí en el Ciclo Básico Madre Emilia de Carora en 1977, cuando comenzaba mi ejercicio docente. Era todo un personaje, extrovertido, carismático y excéntrico, quizá por aquello de haberse criado en Maracaibo este descendiente de padres húngaros. Estudió su licenciatura en historia en la Universidad de Los Andes, Mérida, entre los años 1966 a 1970, junto a los Profesores Juan Bautista González, “Tita”,   María Pérez y el merideño Ergino Vielma Vielma. Yo llegaría a esa casa de estudios emeritenses en 1972.
La gente aún lo recuerda -después de treinta y cuatro años de su infausta muerte- por varias cosas, todas ellas heteróclitas y singulares. La primera de ellas era su motocicleta, vehículo de transporte raro por aquellos años en Carora. Más de una vez me dio un empujón desde Fe y Alegría y el Ciclo Básico Madre Emilia en Campanero hasta mi casa en el Grupo Ramón Pompilio Oropeza. La brisa despeinaba su rubia melena de las estepas magiares, al tiempo que emprendía conversaciones de cualquier tema con marcado acento maracaibero mientras nos acercábamos al Trasandino en su flamante moto italiana marca Vespa.
Me dicen que nació en Hungría a finales de la Segunda Guerra Mundial en un campo de concentración nazi, y que por ello mostraba en su pecho un hundimiento,  producto quizás de la desnutrición que de seguro sufrió severamente allí su madre. Tan pasmosa situación explicaría por qué en su infaltable morral no faltaban, al lado de varias cajetillas de tabaco, lecturas sobre ese fenómeno del pasado siglo XX: el totalitarismo nazi fascista.
Lo otro fue su trágica muerte en 1980. Sucedió que fue a Inglaterra a realizar estudios de posgrado en historia. Como era un fumador impenitente y contumaz, una noche se quedó dormido y la colilla del cigarrillo incendió su colchón y por ello se asfixió allá en la “Pérfida Albión”. No supo cómo y de qué murió. Fue su ultimo cigarrillo.
Fue traído a Venezuela en una urna sellada y enterrado en un bello pueblo trujillano, situado a 1.740 metros sobre el nivel del mar, La Mesa de Esnujaque. ¿Cómo pudo suceder aquello tan extraordinario? Me dice Vilma Mendoza, la sempiterna secretaria del Madre Emilia, que cierta vez alquilaron un autobús para hacer un recorrido andino. Al ver aquel poblado de clima y gentes tan agradables exclamó Ladislao: “Quiero que al morir sea yo sepultado en este pueblito”. Dicen que aquella decisión la tomó porque neblina, flores y verdor de la altiplanicie cordillerana le recordaron  su natal nación magiar.
Amaba a la “tierra del sol amada”, Maracaibo. Cierta vez le dijo un colega que en un bar de prostitutas había un espléndido mural con el Puente sobre el Lago. Estaba el desprevenido profesor de visita en casa de su novia, cuando de repente tocó a la puerta Ladislao diciendo en alta voz: “Fulano, vámonos pues pal Yatai”. “Yo no hallaba dónde meter la cara”, dijo el cordial andino y docente aquel que me contó la anécdota.
Cuando se supo la trágica noticia de su deceso se realizaba un encuentro del beisbol tradicional caroreño. Cuando el narrador, Oswaldo Bastidas, pidió un minuto de silencio por el alma de aquel docente, se cumplió rigurosamente aquel pedimento y hasta hubo lágrimas en el estadio.
En homenaje a su recuerdo, la Biblioteca del Madre Emilia lleva su heteróclito y significativo nombre. Decisión bien tomada pues era un impenitente y voraz lector de cualquier cosa que cayera en sus manos. Cuando vi su fotografía colgada en aquella sala de lectura sentí una enorme tristeza por aquel simpático docente que ahora es cuando tenía que dar de su singular talento a su país de adopción.
Como era extranjero, pero con título de Licenciado en Historia de Venezuela, cosa insólita, no pudo ejercer cabalmente su profesión. Por esa razón dictaba clases del idioma de Shakespeare, lo que lo conminaba a asistir a nuestras desaparecidas salas de cine. De esa manera se pulía en los giros y modismos de la lengua anglosajona. Yo lo vi más de una vez en el Cine Bolívar, confundido entre el público de galería comentando con los chamos las cintas. Una de ellas, recuerdo con nitidez, fue la audaz operación de rescate de un avión secuestrado por los palestinos que el ejército israelí realizó de manera sorprendente en el aeropuerto de Entebbe en Uganda en 1976.
En sus clases utilizaba de manera magistral su pasión cinéfila. Me cuenta Orlando Álvarez Crespo que Ladislao preguntaba quién había visto tal o cual película, y desde allí comenzaba a dictar su cátedra haciendo uso de los comentarios de los chamos de la cinta en cuestión. Todo un docente que la fatalidad nos lo quitó prematuramente.

viernes, 20 de junio de 2014

Primera Guerra Mundial: Un siglo


Las famélicas manos de Gavrilo Princip no podían imaginar que al disparar su pistola Browning sobre la humanidad del archiduque Francisco Fernando, heredero de la corona del Imperio Austro Húngaro, se iba a desatar la más larga, pavorosa y destructiva guerra que la humanidad hubo de conocer hasta entonces, pues se inició con tal atentado en Sarajevo, Bosnia-Herzegovina, el 28 de junio de 1914, y habría de terminar el 9 de agosto de 1945 con el bombardeo atómico de dos indefensas ciudades japonesas por los Estados Unidos: Hiroshima y Nagasaki.
Como habrán notado, he realizado un cambio decisivo en el análisis del conflicto, pues se considera desde ahora que tanto la Primera como la Segunda Guerra Mundial constituyen un único enfrentamiento que duró 31 años. Este enfoque se lo debemos al más eminente historiador del siglo XX: el británico Eric Hobsbawm (1917-2012), de quien tomo las ideas más importantes para escribir esta nota. Habla este historiador marxista, fundador de la revista Pasado y Presente, del “corto siglo XX”, pues según sostiene, se inicia en 1914 y finaliza con el colapso de la Unión Soviética en 1991. ¡Un siglo de apenas 77 años!
Estas ideas tan lúcidas como audaces  están contenidas en su libro Historia del siglo XX. 1914-1991, Crítica, 1994, 616 páginas. Allí habla de la época de la guerra total, un conflicto en el cual el gran edificio de la civilización del siglo XIX se derrumba. 1914 inaugura la era de las matanzas y de la barbarie a gran escala, estimuladas hasta el horror por la ciencia moderna: gases venenosos, tanques de guerra, aviones, submarinos. A diferencia de otras guerras anteriores, impulsadas por motivos limitados y concretos, la Primera Guerra Mundial perseguía objetivos ilimitados. Solo se podía contemplar la victoria o la derrota total.
Ello se entiende porque el conflicto se desarrolla en la era imperialista, en donde por vez primera en la historia se produce la fusión de la política y de la economía, lo que hoy no nos sorprende. La rivalidad política internacional se establecía en función del crecimiento y la competitividad de la economía, pero el rasgo característico era precisamente que no tenía límites. Alemania aspiraba a desplazar a Gran Bretaña como potencia política y económica y este enfrentamiento cobró dimensión planetaria. Era el todo o nada, sentencia Hobsbawm.
Era pues un objetivo absurdo y destructivo que arruinó tanto a los vencedores como a los vencidos. Precipitó a los derrotados en la revolución, como la Rusia bolchevique en 1917, proceso liderado por Lenin, y a los vencedores en la bancarrota y en el agotamiento material: la Gran Depresión de 1929, que sumió al mundo capitalista en un desempleo aterrador y una hiperinflación  pavorosa, sobre todo en la Alemania de la República de Weimar.
A 100 AÑOS DE LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL
Todo lo cual provocó el ascenso de los regímenes autoritarios en España, Italia y Alemania. El fascismo, y sobre todo el nazismo, buscaban la venganza tras la imposición del que consideraban el odioso Tratado de Versalles en 1918. Pronto se agregaría Japón y estaba montada la continuación de la guerra en la era de los imperialismos. Este conflicto unió a liberales y comunistas para derrotar la alianza nazi-fascista, que tenía objetivos políticos, como en la guerra de 1914-1918, ilimitados. Cualquier alianza antifascista, comprendieron las democracias occidentales, Inglaterra y Francia,  debía incluir a la Unión Soviética.
El año 1941 es clave para entender la guerra, pues Estados Unidos entra al conflicto empujado por el ataque a Pearl Harbor, y Hitler invade a la Unión Soviética, lo cual inclinará la balanza a favor de los aliados: se desmorona el Tercer Reich en 1945. Es el triunfo de los valores de la Ilustración y de la era de las revoluciones. La Unión Soviética obtiene un inmenso logro al derrotar a Hitler y, paradójicamente, salvar a las democracias capitalistas de Europa occidental, su enemigo jurado, cuestión que se olvida con demasiada frecuencia.
De las ruinas de la guerra emerge otro conflicto, la Guerra Fría, la cual enfrenta económica, social e ideológicamente al capitalismo con el llamado Socialismo Real, rudo, brutal y dominante, conflagración  que finalmente gana ampliamente EEUU y sus aliados, Alemania y Japón, económica y tecnológicamente muy superiores, pues la Unión Soviética “implosionará” tras la caída del Muro de Berlín en 1989, con la consecuente  disolución del Socialismo Real en 1991, dejando en el escenario mundial un único superpoder: los Estados Unidos.
 El siglo XX, un siglo de apenas 71 años que pone en evidencia que el tiempo histórico es diferente al tiempo cronológico, base teórica en la que se fundamenta el historiador recién fallecido en 2012 para hablar del “siglo corto”. Genial, señor Hobsbawm.

Fin milagro alemán

    Wolfgang Munchau:   Kaput. El fin del milagro alemán. Luis Eduardo Cortés Ri...