martes, 11 de marzo de 2014

Escuela pictórica de Río Tocuyo



El maestro Alfredo Boulton escribió que en la Venezuela colonial hubo tres escuelas pictóricas resaltantes: Caracas, Mérida y Río Tocuyo. Fundado Río Tocuyo como pueblo de indios tributarios en 1620, se encuentra en la zona semiárida del Municipio Torres del Estado Lara, Venezuela, a unos 25 kilómetros de Carora. Boulton lo llama pueblo venezolano, centro de gran actividad pictórica popular. 

Un programa y una política de la imagen que tiene como propósito motivos espirituales, y la necesidad de la evangelización entre los grupos indígenas, dice Serge Gruzinski, es lo que explica la aparición en este perdido y remoto pueblo, de una importante escuela pictórica en nuestros tiempos barrocos coloniales, y que se expresa hasta el siglo XIX con alguna fuerza.

El pintor popular, dice Boulton, tiende a la simplificación del concepto lineal, a la reducción de un esquema, contrariamente a lo que harían artistas de cultura académica. Tiende a presentar su obra de la manera más simple y directa, ejecutándola a base de rasgos fáciles de entender y evitando todo rebuscamiento superfluo. Ese desnudamiento del rasgo se encuentra magníficamente logrado, tanto en obras clásicas griegas, en los pintores persas, en imágenes bizantinas, así como en la catedral de Chartres o en nuestras pinturas de Río Tocuyo. Es una de las maneras más remotas de la expresión humana , que ha sido denominada ingenua, cándida, autodidactica, mestiza, popular, primitiva, “naïve”.

Las imágenes de Río Tocuyo estuvieron concebidas con la mayor economía de rasgos, y cierta dureza en el dibujo, pero también con una exaltada vibración en los colores, factores que casi siempre se repiten en muchas de sus producciones. Al estudiar sus características, dice Boulton, resalta la actitud algo hierática y como de aislamiento espiritual que envuelve y que va más allá de la simple representación gráfica del propio sujeto. Pareciera que respondiesen a un estado de ánimo que afloraba de aquellos seres y que les hacía aparecer como incomunicados y abstraídos; sensación que el artista acertó plenamente a dar dentro de la magnífica intensidad del colorido.
 
En estas pinturas es frecuente observar el empleo de la témpera. Aquellos artistas no solo utilizaron el óleo, sino que recurrieron a este proceso ya en desuso para aquel entonces. La témpera le daba le daba a la superficie de las tablas como un brillo de calidad esmaltada, lo cual unido a la intensidad del colorido, le confirió a la imaginería de Río Tocuyo el muy especial carácter que tiene.

De este pueblo colonial conocemos, por lo menos, cuatro obras de la misma mano. Su autor el “Pintor de Santa Teresa de Jesús” a causa de una imagen de esta advocación. Son igualmente del mismo artista una Santa Bárbara, y una Santa Rita de Casia. La imagen de Santa Teresa de Jesús es, en cuanto a colorido, de una belleza pocas veces lograda en nuestra pintura vernácula, afirma Boulton. La gama tonal que logran los ocres, rojos, verdes, blancos y sepias -todos de extraordinaria exaltación- produce una reverberación de alta intensidad que el anónimo pintor supo dominar con suma destreza.


En la iglesia de Río Tocuyo se halla el lienzo de la Educación de la Virgen, en el que vuelven a figurar las mismas características. Es obra de mano anónima. El artista conjugó armonías fuertes y sombrías que resaltan, dice Boulton,  a causa del contraste tonal que logró dar al verde de las montañas que se asoman por la ventana.


Existen razones para pensar, agrega Boulton, que la escuela de Río Tocuyo mantuvo sus formas características hasta bien entrado el siglo XIX. Comprobará esta opinión nuestra pintura que también pertenece a la propia iglesia del poblado en la cual un bizarro Santiago Matamoros cabalga pisoteando muertos y heridos. Este lienzo presenta un interesante detalle de significación política, pues el rostro del santo es el del Autócrata Civilizador Antonio Guzmán Blanco, quien aparece con su barba y largos bigotes a lo Napoleón III, emperador de Francia en aquellos días.

Invitamos a los venezolanos a conocer in situ tan formidable milagro de la cultura colonial venezolana, en la población de Río Tocuyo que, dicho sea, ya se prepara para festejar su Cuatricentenario en 2020.


sábado, 8 de marzo de 2014

Caminito que un día: Un libro de Luis Eduardo Cortés Riera





 Recibí en Sanare, Estado Lara, de manos de José Numa Rojas, Cronista Oficial del Municipio Torres, un libro que es un importante capítulo de la historia educacional de Carora capital de aquel Municipio: La historia del Colegio La Esperanza desde 1890 hasta su transformación en Colegio Federal en 1937.
Es un excelente trabajo presentado como tesis para obtener la Maestría en Historia de la Universidad José María Vargas, Caracas, que obtuvo la aprobación de un calificado jurado académico constituido por los doctores Federico Brito Figueroa, el ex ministro de Educación Rafael Fernández Heres y Reinaldo Rojas, como su tutor.
En cinco capítulos Cortés Riera establece los conceptos historiográficos que lo guiaron para elaborar su Tesis; estudia la realidad socioeconómica, cultural y religiosa de Carora en el tiempo de su interés analítico; examina los antecedentes históricos de la educación caroreña hasta la fundación del Colegio La Esperanza en 1890; muestra en sustantiva síntesis todo cuanto concierne a la vida de este Instituto, motivo de su estudio y termina con un esbozo biográfico del Doctor Ramón Pompilio Oropeza Álvarez, su  Rector fundador.
Los comentarios que he leído acerca de esta obra del licenciado Cortés Riera en los últimos días son, como tenían que ser, sumamente elogiosos y el prólogo de su tutor, el Dr. Reinaldo Rojas, para quien esta Tesis es un “importante aporte a la historia de la educación caroreña, larense y venezolana en general”, me permiten obviar los elogios que se merece un trabajo de esta calidad, para cuya confección fueron necesarios varios años de investigación, de estudio y de trabajo redaccional que contó además con la asesoría y recomendaciones atinadas de los especialistas en historia, como el de cualquier otra ciencia, no es trabajo de improvisación y apresuramientos y que, como disciplina científica moderna debe disponer, para su ejercicio, de instrumentos académicos, de sujeción metodológica apropiada y de espíritu reflexivo, ponderado y riguroso que garanticen una elevada calidad al resultado final.

Con este libro el licenciado Luis Eduardo Cortés Riera se encamina al ejercicio profesional con todas las posibilidades a su favor; excelente preparación académica, gran capacidad analítica de las fuentes, un trabajo con evidentes valores redaccionales (buen decir, lenguaje apropiado, discurso ameno) que dan a la obra un valor adicional, calidad pedagógica para todo tipo de lector.


Dos reflexiones haremos al calor de la lectura:
La primera referida al esbozo sobre el Dr. Ramón Pompilio Oropeza, en el cual, quizás más que en el resto de la obra, Cortés Riera revela una asombrosa capacidad en el género, como pocas veces puede verse en nuestro país, este esbozo es un análisis profundo de un hombre “de su tierra, amoldada a su sociedad y a las tradiciones seculares de la Ciudad Levítica y metafísica que teme a Dios”.

Ignoro, claro está, los proyectos intelectuales del licenciado Cortés Riera, pero me atrevería a sugerirle que en ellos, tome en cuenta esta evidente virtud suya para dedicar su interés en el estudio de algunos personajes larenses -o caroreños- que tanto significan para nosotros, que hasta ahora se nos haya demostrado que verdaderamente son dignos de esta distinción colectiva.

Lo otro es que, estando de acuerdo con las Consideraciones Finales  de la Tesis (página 157), particularmente la primera, le planteamos a Cortés Riera una inquietud que hemos padecido desde ya hace muchos años cuando percibíamos que Venezuela, que sus gobiernos, su economía, era producto del interés de los grupos económicamente dominantes y para su casi exclusivo beneficio: ¿Cabría plantearse otra posibilidad de desarrollo en el país, una posibilidad en la que, incluso sin descartar la participación de esos grupos que han sido dueños de nuestro destino histórico, el país se reconstruya para beneficio de todos?

Los “cara coloradas” de Carora, como los otros grupos documentados en el resto del país, tuvieron para sus hijos la educación que creyeron apropiada; la que formó gente, no para el desarrollo de la región, sino para la conservación de sus privilegios, gente para el ejercicio del poder en cualquiera de sus manifestaciones. Cuando lo necesitaron, los programas de estudio aparentemente desfasados, decimonónicos, recibieron las modificaciones que justamente necesitaban los topógrafos (Agrimensores Públicos) por ejemplo, para la validación de la propiedad de sus tierras que, hasta ese momento, nadie les disputó. No necesitaron educar a los venezolanos hasta que la mano de obra no necesitó ser mejor calificada.

¿Qué educación necesitaría un pueblo, o una Nación, no para desarrollarse y progresar sino para ser feliz con inteligente y humano aprovechamiento de sus recursos? Y, finalmente, ¿son de admirar los hombres que nos han conducido y los valores que representan?

Confieso que a la luz de mis propios análisis, en referencia con la historia de este Municipio Iribarren del que soy Cronista Oficial, en mi mente bullen muchas dudas al respecto.
Alberto Ramón Querales Montes.
Cronista Oficial del Municipio Iribarren.

Artículo de opinión aparecido en el diario El Impulso. Barquisimeto, Estado Lara, Venezuela, lunes 11 de mayo de 1998. Página A2.

El libro al cual se refiere Alberto Ramón Querales Montes tiene como título: Del Colegio La Esperanza al Colegio Federal Carora, 1890-1937. Fondo Editorial de la Alcaldía del Municipio Torres, Fondo Editorial Buría. Colección Historia de la Educación en el Estado Lara. Serie Instituciones Educativas. Nº 1. Carora, 1997. 166 páginas. Tipografía  Litografía Horizonte, Barquisimeto. Corrección, levantamiento de texto y diseño de la portada por Juan Alonso Molina Morales.
Su autor es el ahora Doctor en Historia por la Universidad Santa María de Caracas, 2003, docente del Doctorado en Cultura Latinoamericana y Caribeña, UPEL-Barquisimeto, y desde 2008 Cronista Oficial del Municipio G/D Pedro León Torres, Carora, Estado Lara, República Bolivariana de Venezuela.

Elisio Jiménez Sierra. Exquisito personero de la nostalgia



Este eximio y universal literato venezolano nació en la Atarigua Vieja, Parroquia Castañeda del entonces Distrito Torres, el lunes 20 de octubre de 1919. En los días que el agua estaba a punto de sepultar su aldea, la fue a visitar tras largos años de ausencia en Caraballeda y Caracas. Otro tanto hizo cuando un movimiento telúrico azotó este sufrido conglomerado humano del semiárido larense, que, paradójicamente, fue ahogada por millones de toneladas de agua de la Represa Cuatricentenaria.

Hizo sus primeras letras en la Escuela Federal Nº 1324, bajo la tutela de Don Gil Arturo Zambrano. Aprendió a tocar la mandolina con Jacobo Pérez y hasta formó parte de un cuarteto de serenateros bajo las estrelladas noches atariguenses, me dice Alcides Tovar, cronista sentimental de este simpático villorio situado, desde su fundación en 1850, en las márgenes de la Quebrada de La Raíz y las orillas del “Nilo de Centroccidente”, el Río Tocuyo.

Se traslada luego a la rancia y añeja ciudad de Carora a estudiar bachillerato en su Colegio Federal cuando contaba 20 años de edad. Fue, pues, en 1940 cuando lo inscribe en tal instituto Don Pompilio Jiménez Lara, quizá un tío suyo. Allí cursa en primer año las asignaturas Aritmética Razonada, Castellano, Francés, Geografía e Historia Universales, Botánica, Latín y Dibujo, según reza el Libro de Matrícula de tal Colegio en los folios 152-153.

Entre sus compañeros de estudio se encuentran Alfredo Franco, Ignacio Ramos, María Luisa Herrera, Pedro José Zubillaga, Ricardo Meléndez Silva, Rafael Ángel Oropeza, Ligia Zubillaga, el futuro historiador autodidacta Luis Oropeza Vásquez, Edgar Yajure, Eddie Morales Crespo, Aníbal Aldazoro, Julio Rafael Mármol, Elvira Herrera, Evangelina Sierralta, Sofía Gutiérrez, María Cristina Yépez, Carmen María Leal, Eglé González, Marco Fernández, Carmen Angelina Villegas,  Marcos Fernández, María Salomé Riera, entre otros.

En ese instituto de secundaria que aún tenía cierto aliento decimonónico, y que había fundado el Dr. Ramón Pompilio Oropeza en 1890 con el nombre de Colegio La Esperanza, compartió el joven Elisio con alumnos de cuarto año, tales como Homero Alvarez, Pedro Manuel Álvarez, el futuro y ya seguro poeta Alí Lameda, Miguel Alberto Meléndez, René Verde Pérez, Ana Luisa Suárez, Jacobo Vásquez, Adolfo Valera, Juan José Pérez, Diógenes Crespo.

En esos años frecuenta la casa de habitación de Don Cecilio “Chío” Zubillaga, con quien comparte su odio a las injusticias de los jefes civiles, por lo que en cierta ocasión fue reclutado en su aldea y enviado a Carora, pero su padre logra su libertad. Hace amistad con el escritor Antonio Crespo Meléndez, el padre del vate Luis Alberto. Con la prematura muerte de su papá regresa a Atarigua para hacerse cargo del negocio paterno, pero como comerciante era muy malo y muy pronto quebró.

En 1940 se muda a Barquisimeto y entraba amistad con la motivadora de la cultura Casta J. Riera. Publica en 1942 su ópera prima con prólogo de Hermann Garmendia: Archipiélago doliente. El poemario Sonata de los sueños verá la luz en 1950, en tanto que El peregrino de la nave anclada lo hará en 1958. Psicografía del Padre Borges es de 1971, La venus venezolana (1971), Los puertos de la última bohemia, Exploración de la selva oscura. Ensayos sobre Dante y Petrarca (2000) La aldea sumergida (2007).

El mexicano Octavio Paz, Premio Nobel de literatura, se refirió a Elisio Jiménez Sierra en elogiosos términos:  “Hace unos años recibí una traducción de cincuenta y pico de sonetos de Los trofeos hecha por Eliseo (sic) Jiménez Sierra. No lo conozco pero después de leer su traducción lo estimo. Es una traducción excelente, rimada y en rotundos alejandrinos que revelan a un aventajado discípulo de Darío. Un modernista en la mitad del siglo, ¿no es extraño? Nada sé de Jiménez Sierra excepto que el prólogo a su traducción está fechado en 1957. Él me la envió en 1980”.

Yo tuve la dicha, acompañada de asombro, de compartir las aulas universitarias y algunas copas espumeantes con Gabriel y Ennio Jiménez Emán, sus hijos, bohemios y también poetas, como su padre, en la Universidad de Mérida de los años 1970. La literatura era y es la contextura humana y total de aquellos díscolos  y traviesos muchachos sanfelipeños.
Los volví a ver el año 2013 en la Nueva Atarigua, porque la Vieja Atarigua es parte de la infinita nostalgia de Elisio, en ocasión del Primer Concurso Literario Antonio Crespo Meléndez. No han cambiado un ápice: siguen siendo díscolos, bohemios y muy buenos poetas, como su padre.

viernes, 7 de marzo de 2014

La Raza Cósmica de José Vasconcelos


Cansados de los postulados del positivismo, los jóvenes mexicanos que fundaron el Ateneo de la Juventud en 1909 se orientaron por la filosofía bergsoniana. Uno de estos jóvenes fue José Vasconcelos, a quien Keyserling consideró como el más grande pensador de América Latina. Fue abogado, pero su formación filosófica fue autodidacta, lo que, a mi modo de ver, le dio a sus escritos un carácter personal, original y heterodoxo.
Temperamento volcánico, apoyó la Revolución mexicana y tuvo que exilarse tres veces por oponerse a los gobiernos que se sucedieron en México durante 30 años. Fue Ministro de Instrucción Pública entre 1920 y 1922, Rector de la Universidad Nacional Autónoma de México y candidato desafortunado a la presidencia de la República en 1929. Fue un gran educador, así como brillante hombre de letras. Le debemos a su genio obras como El monismo estético, Pitágoras, una teoría del ritmo, Bolivarismo y Monroismo, Tratado de metafísica, Etica, Indología, Todología, El Ulises criollo, La raza cósmica (1925).
Se nutrió, como dijimos, de Bergson (1859-1941), del cual apreciaba el intuicionismo, la teoría del espacio vital, y los análisis de la conciencia y la memoria, que hacían tocar la realidad del mundo y de una cierta libertad. Amaba demasiado la música, y su estética toca fondo en cuanto a las notas musicales. Se entusiasmó por el pensamiento hindú, el cual incorporó a su sistema bastante ecléctico.

Dos grandes aportes hace en su pensamiento: el “monismo estético” y la original teoría de “la raza cósmica”. Su método no es el intelectualismo sino el de la emoción. La emoción es el tercer órgano del conocer, es la maestra de lo real. Su monismo estético parte de una visión de la belleza que no percibieron ni Aristóteles ni Kant. Propone la intuición estética para una comprensión superior de la misión del arte, soberano valor humano y cósmico.
Toda esta grandiosa concepción del cosmos desembocará en su famosa tesis de la “raza cósmica”, obra sorprendente, publicada entre las dos guerras mundiales, y es una contrapartida de la ideología nazi al proponer el mestizaje. Considera que el estadio espiritual o estético está en trance de ser alcanzado solo por los latinoamericanos. Considera que en el Nuevo Mundo latinoamericano se está formando una quinta raza, una feliz mescla de razas ajena a todo racismo: la raza del porvenir que tiene una vocación universalista. Es la raza definitiva. La raza síntesis o la raza integral, hecha del genio y la sangre de todos los pueblos, y por lo mismo, la más capaz de verdadera fraternidad y de visión realmente universal.
Es únicamente la civilización latinoamericana la que dará tono a la raza futura, en oposición a la civilización anglosajona, segregacionista y racista desde el origen. Los valores que promueve Latinoamérica, dirá siguiendo al uruguayo José Enrique Rodó, serán los del humanismo y de la cultura desinteresada, a base de arte y de mística, en lugar del utilitarismo nórdico que ha engendrado el capitalismo más sórdido.
Como la emoción es la más alta de las facultades humanas, la raza cósmica, hija de la hispanidad y de la lusitanidad, será moldeada con el sentimiento privilegiado de la emoción estética, capaz de  simpatizar de la mejor manera con todas las culturas y de unificar el Universo y sus poblaciones tan abigarradas.
Como Ministro de Instrucción decretó la educación socialista en México, inspiró el movimiento de los muralistas mexicanos: Rivera, Siqueiros, Orozco. Creó la consigna inmortal de “Por mi raza hablará el espíritu”. Hizo imprimir millones de obras clásicas para la lectura de todo el pueblo mexicano, dando instrucciones precisas a los funcionarios y empleados de este proyecto, al que llamó Misiones Culturales, que se dejaran robar ejemplares de los libros exhibidos en los kioscos.
Hizo de los maestros rurales un ejército de paz y fundó la Revista de proyección continental El Maestro. Se dice que en cierta ocasión lloró de emoción al ver en una escuela rural de Ecuador un ejemplar de esta Revista.

Su vida fue en extremo marcada por la pasión y la fogosidad. Uno de los sucesos más extraordinarios vividos por el Maestro de América, fue el suicidio de su compañera sentimental Antonieta Rivas Mercado, precursora del feminismo mexicano, dramaturga y periodista, quien eligió para llevar a cabo tan trágica determinación la catedral de Notre Dame de París, el 11 de febrero de 1931, con el arma que Vasconcelos solía cargar consigo.

Después de medio siglo de su muerte, acaecida en 1959, Vasconcelos, su vida, así como sus obras portentosas, siguen siendo estudiadas y analizadas bajo las nuevas perspectivas que se abren en esta alborada del Tercer Milenio. Un verdadero genio, sin duda.

Fin milagro alemán

    Wolfgang Munchau:   Kaput. El fin del milagro alemán. Luis Eduardo Cortés Ri...