domingo, 23 de diciembre de 2012

Guillermo Morón y el Colegio Federal Carora



Nacido en Cuicas, Estado Trujillo, el 8 de febrero de 1926, este reconocido historiador y literato venezolano, que ha alcanzado altas distinciones en su vida académica e intelectual, tales como el de Director de la Academia Nacional de la Historia, el Premio Nacional de Literatura en 1990, docente de la Universidad Simón Bolívar, y que ha escrito una prolífica obra histórica y literaria, comenzó sus estudios secundarios a los 15 años de edad en este viejo Colegio, que con el nombre de La Esperanza fundara el Dr. Ramón Pompilio Oropeza en 1890.
Sucedió en 29 de septiembre de 1941 cuando fue inscrito por su tío Alfonso Montero a cursar el primer año las asignaturas: Castellano y Literatura, Matemáticas, Ciencias Naturales, Geografía e Historia Universales, Francés, Latín y Raíces Griegas, Educación Artística. Sus compañeros de aula eran, entre otros, Joel Gutiérrez (+), Elina Mora, Clímaco Chávez, Ignacio Zubillaga, Ermes (sic) Chávez (+), Gonzalo García,  María Vásquez, su entrañable amigo Mario Oropeza (+), Ada Marina Crespo, Guillermo Betancourt. Eran un total de 30 primerañeros, de los cuales solo un puñado llegará a terminar estos exigentes estudios secundarios.
Era Guillermo el único de los muchachos que no era nativo del Estado Lara, pues el resto de sus condiscípulos lo eran de Carora, unos 24, casi todos de la llamada “godarria”; dos eran nativos de San Francisco; y otros dos de Aregue, poblaciones del interior del Distrito Torres. Era además uno de los más jóvenes, pues los había de 34 años: Evelio Barrios, José Antonio Gutiérrez; Octavio de Jesús Suárez contaba con 26; Gonzalo García de 25; otros de 23: Clímaco Chávez; Elías Perera y Ricardo Sulbarán contaban con 21 abriles; Octavio Alvarez y Andrés Rafael Chávez cifraban los 19. Hoy en día tal añosidad en modo alguno se permite en la secundaria diurna.
Al año escolar siguiente, 1942 a 1943, cursa Morón su segundo año. La matrícula se redujo a solo 10, pues al parecer los muy adultos, nombrados arriba, desertaron. Mencionemos a Guillermo Betancourt, Mario Oropeza, José Ramón Herrera, Alfredo Franco, José Luis Alvarez, Gonzalo Gutiérrez, Andrés Rafael Chávez, Herminio Rojas, José María Vásquez. Ninguna dama aparece en el registro de matrícula. Acá cursaron las asignaturas: Castellano y Literatura, Matemáticas, Ciencias Naturales, Geografía e Historia de Venezuela, Geografía e Historia Universales, Francés, Latín y Raíces Griegas, Educación Artística.
El tercer año comenzó el 16 de septiembre de 1943, y la cantidad de alumnos permanece igual, esto es, 10 alumnos, los cuales son los mismos del año escolar pasado. Cursan las asignaturas: Castellano y Literatura, Matemáticas, Física, Reina de las Ciencias Naturales, (observación nuestra), Química, Geografía e Historia de Venezuela, Geografía e Historia Universales, Ingles, Filosofía. Este plan de estudios ha debido de estimular de sobremanera a Morón a continuar estudios humanísticos, ello por la significativa cantidad de historias y de literaturas cursadas. Fue, pues, una impronta profunda que dejó en el joven cuiqueño nuestro viejo Colegio Federal Carora.
Así concluyó el joven Guillermo Morón, de 17 años,  su “Trienio Filosófico”, una rémora educativa que venía del siglo XIX, con lo cual se le otorgo el título de bachiller. Alentado por el conductor de juventudes Cecilio Chío Zubillaga, proseguirá sus estudios de tercer nivel en el recién creado (1936) Instituto Pedagógico Nacional, obtiene acá el título de Profesor de Geografía e Historia de Venezuela. Sus primeros ejercicios docentes los realiza en el centenario Liceo Lisandro Alvarado de Barquisimeto; dirige la redacción del diario El Impulso de esta misma ciudad crepuscular; obtiene una beca para realizar estudios doctorales en la Universidad Central (hoy Complutense) de Madrid, siendo el primer venezolano en adquirir el Doctorado en Historia en 1954.
Lo que sigue es harto conocido, sobre todo su rutilante vuelta a la literatura con la controversial novela El gallo de las espuelas de oro (1984), su columna el diario caraqueño El Nacional, su figuración política siempre alineada al conservadurismo, y sobre todo, debo destacar, la inmensa y no igualada cantidad de libros editados bajo su responsabilidad. Toda una obra de cultura y civilidad que me recuerda la realizada por el mexicano José Vasconcelos.
Esta es pues la historia personal de un humilde muchacho, hijo de una maestra de escuela, Rosario Montero de Morón, que a fuerza de tenacidad  y disciplina coronó una carrera como escritor y hombre público extraordinaria e impresionante, la cual, sin duda, tuvo sus atisbos y vislumbres en nuestro viejo Colegio de secundaria, hogaño llamado Liceo Egidio Montesinos.
Carora, 22 de diciembre de 2012.

Buenos Aires: Babel antártica



Regreso de esta magnífica urbe suramericana, la cual no conocía. Mi primera impresión es que se trata de una realidad europea trasplantada al continente americano. Unas palabras de Freud vienen a mi mente cuando el padre del psicoanálisis visitó  Norteamérica: “Estados Unidos es un error, un gigantesco error.” ¿Se podría decir lo mismo de la Argentina?. Esta idea me acompañó durante los seis días que permanecí en  ella durante la primavera austral.
Esos europeos venidos en su gran mayoría de la cuenca mediterránea levantaron una arquitectura agresivamente viejomundista en sus centros urbanos para enfrentar, digo yo, la desmesura de la geografía argentina, la inmensa pampa, los monumentales glaciales, la grandiosa cordillera de los Andes, y el descomunal Mar del Plata. Una realidad imposible siquiera de imaginar en Europa, un continente de proporciones comedidas.
Muchas lenguas venidas de cualquier parte del planeta se cruzan en los cafés, las aceras y las plazas.es el hogar de italianos, árabes, españoles, judíos, indígenas bolivianos o paraguayos, polacos, alemanes, chinos y rusos. Pero la lengua franca es el castellano o español. En la lengua de Lope de Vega y Rubén Darío se entienden y tienen comercio de la palabra aquellas abigarradas multitudes porteñas. Bien lo dijo Angel Rosenblat, ese gran polaco-argentino que hizo lo mejor de su obra en Venezuela, que el castellano iba a conservar su gran unidad a despecho de los que arguyen su desintegración inminente.
Es un país que rinde culto desmedido y hasta enfermizo a los hombres y mujeres resaltantes en su accidentada historia. Gigantescos murales de Evita Perón a los 60 años de su muerte, estatuas de Diego Armando Maradona, rostros sonreídos de Gardel, pegatinas del Ché Guevara, franelas con el rostro siempre impasible de Borges. Es, pues, una nación icónica. Con el patriarca Nicéforo podríamos parafrasear: si se suprime la imagen, no es la imagen de Gardel quien desaparece, sino la Argentina entera.
Los bonarenses son tristes, como lo escribió Ezequiel Martínez Estrada, pues  no oímos ninguna carcajada o algaraza, o algo que pudiera parecérsele en esa semana primaveral y porteña. Es lo que (des)anima al baile nacional, el tango. Una danza de los prostíbulos, un baile sin alma, “tiene algo del quejido apagado angustioso del empasmo”, nos dice este autor de Radiografía de la pampa (1933). Lo mismo cabe decir del carnaval, agrega el escritor de este sin igual ensayo histórico-sociológico: “El carnaval es la fiesta de nuestra tristeza.”
Pareciera que quieren los sureños expiar y lavar un pecado: el de haber exterminado las poblaciones aborígenes y haber borrado de la memoria a los esclavos negros. Por ello, creo, fuman en demasía hombres y mujeres; lo hacen  desmesuradamente, con desespero y en cualquier lugar.  Y lo que es peor, envenenan sus pulmones cuando más daño hace la nicotina: caminando. Pareciera que no leen los carteles colocados en cualquier sitio que previenen sobre ese vicio que está íntimamente conectado a la aparición del cáncer. Los fumadores, dice Freud, son seguidores crédulos y perpetuos. ¿Tendrá, en el caso argentino, razón el médico vienés?
Volvamos a la lengua, y para ello debemos referirnos necesariamente a esa creación argentina que se llama lunfardo, señal de identidad de los sureños que nació a finales del siglo XIX, que se deriva de los diversos dialectos de los inmigrantes. Borges señaló en alguna ocasión que “El idioma de los argentinos es mi sujeto. Esa locución “idioma de los argentinos”, será a juicio de muchos una travesura sintáctica, una forzada aproximación de dos voces sin correspondencia objetiva.” Es habla en castellano, sí, pero un castellano que no entenderán con facilidad otros latinoamericanos.
Es tan rica la lengua castellana cargada de argentinismos que ya a finales del siglo XIX, en 1873, el país vio nacer su primer diccionario de vocablos y expresiones rioplatenses, unos 1.266, el 90% de los cuales permanecen vigentes. Del lunfardo porteño se nutren muchas letras de los tangos, señaladamente los de Enrique Santos Discépolo, quien en vida adquirió un aura de verdadero profeta nacional con su tango Cambalache, compuesto en 1934. Veamos la primera estrofa de este llamado anti-himno: Que el mundo fue y será una porquería / ya lo sé…/ En el quinientos seis / y en el dos mil también / que siempre ha habido chorros / maquiavelos y estafaos,/ contentos y amargaos,/valores y dublé…/ pero que el siglo veinte / es un despliegue / de maldad insolente,/ ya no hay quien lo niegue./ vivimos revolcaos / en un merengue / y en un mismo lodo / todos manoseaos…
 ¿Hacia dónde va la Argentina? Pregunta difícil de contestar. Ernesto Sábato, escritor recientemente fallecido, decía al respecto: “La argentinidad es la que no deniega la hibridez de sus raíces, reconoce su ancestro europeo, pero no acata servilmente los modelos descendientes del viejo continente.” Y Julio Cortázar escribió: “Cuando digo Buenos Aires estoy diciendo la Argentina y América Latina. Para eso trato en la medida de lo posible de identificarme con toda la América Latina.” Por ello pienso que el destino de este país está en su plena aproximación a sus vecinos del Sur.
Carora, 21 de diciembre de 2012.

La Hallaca en la pluma de los intelectuales



Estoy leyendo un pequeño libro de Rafael Cartay, economista barinés y profesor de la Universidad de Los Andes, escenario académico donde tuve el privilegio de ser su discípulo cuando aún no había descubierto la gastronomía como centro de sus investigaciones. Se titula este bello y bien presentado trabajo La hallaca en Venezuela, editado por la Fundación Bigott en el año 2003, contentivo de 123 páginas. De allí extraigo buena parte de lo que voy a escribir sobre lo que llama este autor Una sinfonía multisápida, al referirse al plato navideño que nos hermana frente la mesa a los venezolanos en el mes de diciembre.
Debemos la curiosa denominación de plato barroco al escritor trujillano Don Mario Briceño Iragorri, quien en 1952 escribió: “La hallaca o tamal corresponde en el arte de comer a lo que el barroco representa en el arte de construir”. Y agrega el autor  de Mensaje sin destino que nuestro plato navideño: “Es la conjunción sibarítica del maíz de América con las finas carnes y los soporíficos aliños venidos de Europa: pasas, alcaparras, aceitunas, almendras, aceite, carne de vaca, carne de puerco, etc.” Y más adelante dirá Don Mario: “La hallaca que pudiera considerarse la apoteosis colonial del maíz indígena, es el plato de la América fiel al maíz. Representa la generosidad de la cultura que se nutrió  en el ámbito fecundo de la Colonia. El pan arcaico que se ofreció de molde para recibir los mil sabores de la mesa europea.” Este generoso juicio del trujillano para nuestro período colonial se debe comprender, puesto que Don Mario representa una corriente historiográfica llamada “revisionismo” el cual considera que no todo fue oscuridad y atraso en los tres largos siglos de dominio colonial español.
Uslar Pietri por su parte señalo que “Nuestra hallaca es como un epitome del pasado de nuestra cultura. En su cubierta está la hoja del plátano africano y americano, con el que el negro y el indio parecen abrir el cortejo de los sabores. Luego está la luciente masa del maíz. El maíz del tamal y de la tortilla y de la chicha, que es tal vez la más americana de las plantas. En la carne de gallina, las aceitunas y las pasas está España, en el azafrán que colorea la masa y las almendras que adornan el guiso están los siete siglos de invasión musulmana. Y la larga búsqueda de las rutas de las caravanas en la Europa medieval hacia el Oriente fabuloso de riquezas y refinamientos está presente en la punzante brevedad del clavo de olor.”
Armando Scannone, el gran ordenador y divulgador de nuestro corpus culinario, dice Cartay, la hallaca debió haber sido “el producto de la incorporación progresiva de la cocina y de los ingredientes europeos a un bollo de masa de maíz envuelto en hojas de cambur, típico de la cocina indígena, con la sazon fuerte y robusta de la cocina negra.”
Pues bien, el profesor Cartay nos presenta casi al final de su trabajo , página 110, el poema Elogio informal de la hallaca, del humorista Aquiles Nazoa, el cual dice así:
Pasadme el tenedor, dadme el cuchillo,
arrimadme aquel vaso de casquillo
y echadme en él un trago de vino claro,
que como un Pantagruel del Guarataro
voy a comerme el alma de Caracas,
encarnada esta vez en dos hallacas

Qué sabroso y suculento es el librito de Rafael Cartay, tanto como el motivo de su escritura, la apetitosa, exquisita y deliciosa hallaca, nuestro plato nacional por excelencia.
Carora, 4 de diciembre de 2012.

martes, 2 de octubre de 2012

Muere el historiador Eric Hobsbawm


Cuando este inmenso y prolífico historiador británico cumplió 90 años de fructífera y excepcional vida, le dedique entusiasmado un ensayo al cual titulé: Ocho pecados capitales del historiador (disponible en internet). Hoy recibo conmovido la noticia luctuosa que me comunican Agustín Suárez, Arnaldo Guédez y Héctor Torres, integrantes de la Escuela Histórica de Barquisimeto, liderada por Reinaldo Rojas y Federico Brito Figueroa. Muere cuando ya era inmortal Eric Hobsbawm, pues sus investigaciones fueron traducidas a muchos idiomas, pues  tienen una vocación universalista; siempre repetía de manera incesante: “la historia será universal, de toda la humanidad, o no lo será.”
Nació en el seno de una familia judía en Alejandría, Egipto, en 1917, estudió en Viena y en Berlín, de donde huyó el año que Hitler ascendió al poder absoluto, 1933. Este fue un hecho que lo marcó políticamente para siempre. En Inglaterra laboró en importantes universidades y militó en el Partido Comunista.
Solía decir cosas desconcertantes y muy agudas. Siempre declaraba que no se consideraba un hombre de la generación del 68 y del Mayo Francés, pues jamás se había puesto un pantalón vaquero. El índice verdaderamente significativo de la historia de la segunda mitad del siglo XX-decía- no es la ideología ni el movimiento estudiantil, sino el auge de los pantalones vaqueros, pues los Levis triunfaron, lo mismo que el rock. Amaba el jazz, pues hasta escribió una historia de este ritmo, y le tenía un gran amor a Latinoamérica, donde visitó varios países, a excepción, dolorosa para nosotros, de Venezuela. Me siento muy cómodo en Sudamérica, dijo en una entrevista, porque allí se seguía utilizando el viejo lenguaje de la política que él conoció-revolución, socialismo, comunismo y marxismo- y a tono con este ideario explicitó su deseo de ser recordado como  alguien que no solo mantiene la bandera volando, sino que al agitarla se puede lograr algo.”
Formó parte de la llamada Escuela de Marxistas Británicos, los cuales se replantearon la manera de hacer historia, pues a diferencia de los dogmaticos marxistas, afirmaban que la conciencia desempeña un papel decisivo, ella no deriva mecánicamente de las relaciones sociales objetivas. En ello coinciden los marxistas angloparlantes e italianos: Thompson, Rudé, Genovese, Ginzburg, Levi, Poni y el propio Hobsbawm. Lo novedoso de sus planteamientos estriba en el realce de la conciencia y de la cultura como factores decisivos en la acción social. Lo decisivo es cómo los seres humanos viven su situación. Consideraban con mucho empeño el propósito de construir una historia “desde abajo”, la cual se debía construir a través y fundamentalmente de la oralidad.
 Con Marx sostenían el carácter conflictivo de cualquier sociedad, conflicto de naturaleza política, si bien no siempre adopta la forma de un enfrentamiento abierto, sino que puede expresarse en resistencias que se dan encubiertas en la vida cotidiana. Mientras Marx subrayaba la pasividad de las bajas capas preproletarias cuando compara a los campesinos franceses con un “saco de patatas”, el marxismo orientado hacia la cultura destaca la participación activa y las resistencias cotidianas de esas capas.
Se ha destacado que lo fundamental de los marxistas británicos ha sido, sobre todo, que aportan fundamentación teórica. Hobsbawm fue, sin duda, el miembro del grupo cuya visión historiográfica es más amplia y ha tratado mayor número de historias no británicas, tales como los bandidos preindustriales, los anarquistas andaluces, Pancho Villa, Giacomo del Gallo, el cangaco brasileño, la mafia siciliana, las FARC colombianas, portadores de justicia y de redistribución social, un fenómeno de carácter planetario. Es decir la universalidad del mito de Robín Hood.
Otro de sus libros, escrito en colaboración con Terence Ranger, que leí con verdadero gusto fue La invención de la tradición. Allí explica, por ejemplo, que el boato y la pompa que exhibe la realeza británica parece de carácter inmemorial, muy antiguo. Pues no, dice Hobsbawm, es una creación de finales del siglo XIX y de comienzos del XX. Uno de sus más memorables  conceptos fue el del corto siglo XX, pues a su juicio tal centuria se inició con el comienzo de la Primera Guerra Mundial, en 1914, y terminó en 1991 con la disolución de la Unión Soviética. Tales ideas se hallan contenidas en su monumental Historia del siglo XX (1994), libro que di generosa y cándidamente prestado y todavía no se me ha devuelto.
Una neumonía acabó con la vida de este sabio judío y por ello universal, hoy lunes 1º de septiembre de 2012 en un hospital de Londres. Una prodigiosa inteligencia a la cual reverenciaremos como lo que fue: uno de los historiadores más importantes del siglo XX. Paz a su esclarecida y preclara alma.

Augusto Pereira: copeyano astronauta


De hablar pausado y buenos modales, Augusto me da una entrevista muy cordial. Se siente orgulloso al haberse considerado copeyano de los astronautas, el sector más avanzado del socialcristianismo criollo que liderizaba Abdón Vivas Terán. Tiene 23 hijos, 20 nietos y 8 bisnietos; casado con la barranquillera Marcela Soñett, me dice este hombre sencillo y cordial que admiraba al recién fallecido Domingo Alberto Rangel y que soñaba con la justicia social. La boda me la hizo el difunto padre Andrés Sierralta D’Santiago, recuerda.
Cursó la primaria en la Escuela Contreras de la directora Olga Castañeda y el bachillerato en el Liceo Egidio Montesinos en tiempos del profesor David Lasry, allá en la calle Carabobo esquina de la Ramón Pompilio. Siempre ha vivido en La Cruz Verde del Trasandino. Su familia viene de San Cristóbal, pueblecito situado al norte de Aregue. Me dice que su madre vio cuando en esa plazoleta de la Cruz mataron al Negro Ávila “por desapartar una pelea en la que participaba un vecino que vivía al frente de su casa”.
Fue empresario del transporte urbano, pues fundó la línea de maxi-taxis denominada Transporte Osiris. Lo ayudó desde la sindicatura municipal el entonces joven abogado Oscar Ferrer. Su socio fue Pedro Mendoza en la empresa que se inició con 14 busetas marca Hiace, japonesas. Se desempeñó como gerente de la CANTV, la compañía estatal de teléfonos. No le corté el teléfono a nadie, me dice. Carora tenía en ese entonces unos 2.000 suscriptores y se produjeron pocas innovaciones tecnológicas en esos 5 años que estuve al frente de la CANTV. Sustituyó en el cargo a un valerano, el señor Briceño, en tanto que al ganar las elecciones los adecos, lo sucedió Nicolasito Torcates, quien venía de ser comandante de la policía. La empresa tenía 6 operadores de tráfico,  3 linieros, 3 obreros, una secretaria y un contador.
Como militante socialcristiano le tocó recibir, junto a Alejandro y al Chicho Carrasco, a Jesús Morillo Gómez, quien venía de los silos de Acarigua, de donde lo sacó el presidente Caldera por meter ideas comunistas a los obreros; lo  alojan en el Hotel Bologna propiedad de Livio Martinengo; posteriormente lo presentan al Sindicato Mixto Autónomo de Trabajadores del Distrito Torres. Allí comienza la carrera política de este extraordinario, polémico y aguerrido falconiano, quien iba a realizar lo impensable: hacer política de izquierda, radical e igualitaria desde el seno de un partido rancio y conservador, Copei.
Los sacerdotes escolapios colaboraban con el partido, me dice Augusto. El padre Nagore, Alfonso, el padre “Peluquín”, del cual no recuerda su nombre; también ayudaban algunos laicos tales como Luis Montes de Oca, Bernardo y Teodorito Herrera. Morillo les quita el partido a los godos de Carora, señaladamente a Nacho Herrera, quien pasa en lo sucesivo a ser un segundón. Morillo los tildaba de oligarcas y hasta tuvo un conato de pelea con Efraín Riera, quien fue a buscar al falconiano a los silos de Adagro.
Recuerda que Morillo no despreciaba a nadie, resolvía problemas políticos y también personales, visitaba la casa de los difuntos, así también iba a fiestas y saraos. Augusto se sentía “morillista”. El mayor triunfo de este caudillo copeyano fue la expropiación de 3.600 hectáreas en la Hacienda Sicarigua, dando nacimiento al Asentamiento Campesino Montañas Verdes. El presidente Caldera no veía con buenos ojos aquello, dice. Incluso mandó el primer mandatario un contingente de las Fuerzas Armadas, pero la sangre no llegó al río. Intercedió en este pleito liderado por los godos de la Ganadera (Sociedad regional de Ganaderos de Occidente) el Instituto Agrario Nacional. El populacho-dice Augusto en tono enfático-le había perdido el miedo a los godos. Morillo y Cornelio Rivas fueron los artífices de aquellas jornadas populares en las que participó la gente del Central La Pastora, El Empedrado, San Pedro. Esas haciendas están en plena producción, reflexiona mi entrevistado.
Morillo no entró jamás al Club Torres, el centro social de la oligarquía; era católico, apostólico y romano. Se confesaba semanalmente con el padre Nagore en el Cristo Rey y en la iglesia San Juan con el reverendo padre escolapio Juan Bautista Pérez Altuna. Me confiesa Augusto que Morillo se opuso a que demolieran las ruinas de la iglesia que estaban en la Plaza Torres, las que Ché Ramón Hernández compró al Obispo Críspulo Benítez, quien a su vez las recibió del padre Pedro Felipe Montes de Oca.
Finalmente me declara este calmoso y afable personaje caroreño, que simpatiza de manera decidida con el proceso de transformaciones y de cambios que vive la Venezuela del presente. Al despedirse de mí, dobla un tabloide y se lo coloca en la axila. Alcanzo a ver allí unas letras que dicen: Cuentos del Arañero

viernes, 28 de septiembre de 2012

Humocaro Alto,1959


Al caer la dictadura de Pérez Jiménez, la carrera docente de Expedito, mi padre, comenzó un rápido ascenso. Fue un perseguido del régimen de facto en Cubiro, en donde los esbirros lo sacaron del aula de clases en alguna ocasión, detenido por accióndemocratista. De tal forma, en septiembre de 1959 fue designado director de la Escuela Guayauta, situada en la pintoresca población de Humocaro Alto, gentil pueblecito andino que se recuperaba del terremoto de 1950 que destruyó a El Tocuyo. Aun estaban allí las barracas de zinc en la que se alojaron los aterrorizados lugareños después del sismo.
La escuela no tenía edificación propia, por lo que los distintos grados estaban dispersos en viejas casas de adobe y tejas. Expedito oyó de la visita a la Ciudad Madre del presidente Betancourt, a quien le dijo: “Presidente, tengo los alumnos en la calle…” Acto seguido ordenó el mandatario construir la moderna edificación escolar a un contratista italiano de apellido Molinari, quien justo al mes llegó a Humocaro con máquinas y obreros. No lograríamos ver culminada aquella ansiada obra, puesto que en 1960 fuimos trasladados a Carora.
Ha quedado asida a mi memoria la gigantesca mole geológica situada en Humocaro Bajo, así como los continuos viajes que hacia mi progenitor a El Tocuyo a la búsqueda de la quincena de los maestros, pues fue designado flamante director de aquel disperso pero amable instituto escolar en donde apenas pude cursar mi segundo grado. 

Por qué amo a Carora


Amo entrañablemente a Carora porque de barro nutricio me he alimentado por más de medio siglo.
Amo a la ciudad del Portillo porque ella ha sido mi hogar de adopción desde que fui arrancado de los Andes hace media centuria.
Amo a Nuestra señora de la Madre de Dios de Carora porque su antigua y vetusta arquitectura me conectó con un pasado que he tratado de comprender.
 Amo a San Juan Bautista del Portillo de Carora porque ella me ha dado fuerza, valor y entereza para mostrarme como soy, un hombre del semiárido venezolano.
Amo decididamente a Carora  porque tu nombre venerado jamás tembló de vergüenza o temor por salir de mis labios provincianos.
Amo a Carora porque su indumentaria extrovertida y locuaz completó mi andina timidez introvertida.
Amo a Carora porque resuenas como tu nombre, insistente y sin pausa hasta la extenuación.
Amo a Carora porque tu nombre sonoro se dice de forma semejante en cualquier lengua: cicada, cicala, cigarra, mannazikade.
Amo a Carora por tu insistencia y tenacidad de vivir y dar tus frutos en una geografía imposible.
Amo a Carora porque tu cielo estrellado ha sido mi cobijo en mis noches adolescentes, porque bajos tus raros aguaceros mostré mi virilidad sin miedo ni vergüenza.
Amo a Carora por el manto tachonado de estrellas de la virgen de la Chiquinquirá, por amplitud oval y terrosa de su rostro aindiado.
Amo a Carora porque acá sueña mi primogénito hijo José  Manuel con la faltante oreja de Van Gohg, las trenzas de Rapunzel y la cajita de dormir del Niño Jesús.
Carora, te amo entrañablemente porque tus amaneceres de campanas e inciensos me dieron una certera esperanza ultraterrena.
Amo a Carora porque aquí vi el rostro resplandeciente de tu sol y el  acabado  mestizaje de tus féminas.

Carora, 12 de septiembre de 2012.


Fin milagro alemán

    Wolfgang Munchau:   Kaput. El fin del milagro alemán. Luis Eduardo Cortés Ri...