martes, 2 de octubre de 2012

Muere el historiador Eric Hobsbawm


Cuando este inmenso y prolífico historiador británico cumplió 90 años de fructífera y excepcional vida, le dedique entusiasmado un ensayo al cual titulé: Ocho pecados capitales del historiador (disponible en internet). Hoy recibo conmovido la noticia luctuosa que me comunican Agustín Suárez, Arnaldo Guédez y Héctor Torres, integrantes de la Escuela Histórica de Barquisimeto, liderada por Reinaldo Rojas y Federico Brito Figueroa. Muere cuando ya era inmortal Eric Hobsbawm, pues sus investigaciones fueron traducidas a muchos idiomas, pues  tienen una vocación universalista; siempre repetía de manera incesante: “la historia será universal, de toda la humanidad, o no lo será.”
Nació en el seno de una familia judía en Alejandría, Egipto, en 1917, estudió en Viena y en Berlín, de donde huyó el año que Hitler ascendió al poder absoluto, 1933. Este fue un hecho que lo marcó políticamente para siempre. En Inglaterra laboró en importantes universidades y militó en el Partido Comunista.
Solía decir cosas desconcertantes y muy agudas. Siempre declaraba que no se consideraba un hombre de la generación del 68 y del Mayo Francés, pues jamás se había puesto un pantalón vaquero. El índice verdaderamente significativo de la historia de la segunda mitad del siglo XX-decía- no es la ideología ni el movimiento estudiantil, sino el auge de los pantalones vaqueros, pues los Levis triunfaron, lo mismo que el rock. Amaba el jazz, pues hasta escribió una historia de este ritmo, y le tenía un gran amor a Latinoamérica, donde visitó varios países, a excepción, dolorosa para nosotros, de Venezuela. Me siento muy cómodo en Sudamérica, dijo en una entrevista, porque allí se seguía utilizando el viejo lenguaje de la política que él conoció-revolución, socialismo, comunismo y marxismo- y a tono con este ideario explicitó su deseo de ser recordado como  alguien que no solo mantiene la bandera volando, sino que al agitarla se puede lograr algo.”
Formó parte de la llamada Escuela de Marxistas Británicos, los cuales se replantearon la manera de hacer historia, pues a diferencia de los dogmaticos marxistas, afirmaban que la conciencia desempeña un papel decisivo, ella no deriva mecánicamente de las relaciones sociales objetivas. En ello coinciden los marxistas angloparlantes e italianos: Thompson, Rudé, Genovese, Ginzburg, Levi, Poni y el propio Hobsbawm. Lo novedoso de sus planteamientos estriba en el realce de la conciencia y de la cultura como factores decisivos en la acción social. Lo decisivo es cómo los seres humanos viven su situación. Consideraban con mucho empeño el propósito de construir una historia “desde abajo”, la cual se debía construir a través y fundamentalmente de la oralidad.
 Con Marx sostenían el carácter conflictivo de cualquier sociedad, conflicto de naturaleza política, si bien no siempre adopta la forma de un enfrentamiento abierto, sino que puede expresarse en resistencias que se dan encubiertas en la vida cotidiana. Mientras Marx subrayaba la pasividad de las bajas capas preproletarias cuando compara a los campesinos franceses con un “saco de patatas”, el marxismo orientado hacia la cultura destaca la participación activa y las resistencias cotidianas de esas capas.
Se ha destacado que lo fundamental de los marxistas británicos ha sido, sobre todo, que aportan fundamentación teórica. Hobsbawm fue, sin duda, el miembro del grupo cuya visión historiográfica es más amplia y ha tratado mayor número de historias no británicas, tales como los bandidos preindustriales, los anarquistas andaluces, Pancho Villa, Giacomo del Gallo, el cangaco brasileño, la mafia siciliana, las FARC colombianas, portadores de justicia y de redistribución social, un fenómeno de carácter planetario. Es decir la universalidad del mito de Robín Hood.
Otro de sus libros, escrito en colaboración con Terence Ranger, que leí con verdadero gusto fue La invención de la tradición. Allí explica, por ejemplo, que el boato y la pompa que exhibe la realeza británica parece de carácter inmemorial, muy antiguo. Pues no, dice Hobsbawm, es una creación de finales del siglo XIX y de comienzos del XX. Uno de sus más memorables  conceptos fue el del corto siglo XX, pues a su juicio tal centuria se inició con el comienzo de la Primera Guerra Mundial, en 1914, y terminó en 1991 con la disolución de la Unión Soviética. Tales ideas se hallan contenidas en su monumental Historia del siglo XX (1994), libro que di generosa y cándidamente prestado y todavía no se me ha devuelto.
Una neumonía acabó con la vida de este sabio judío y por ello universal, hoy lunes 1º de septiembre de 2012 en un hospital de Londres. Una prodigiosa inteligencia a la cual reverenciaremos como lo que fue: uno de los historiadores más importantes del siglo XX. Paz a su esclarecida y preclara alma.

Augusto Pereira: copeyano astronauta


De hablar pausado y buenos modales, Augusto me da una entrevista muy cordial. Se siente orgulloso al haberse considerado copeyano de los astronautas, el sector más avanzado del socialcristianismo criollo que liderizaba Abdón Vivas Terán. Tiene 23 hijos, 20 nietos y 8 bisnietos; casado con la barranquillera Marcela Soñett, me dice este hombre sencillo y cordial que admiraba al recién fallecido Domingo Alberto Rangel y que soñaba con la justicia social. La boda me la hizo el difunto padre Andrés Sierralta D’Santiago, recuerda.
Cursó la primaria en la Escuela Contreras de la directora Olga Castañeda y el bachillerato en el Liceo Egidio Montesinos en tiempos del profesor David Lasry, allá en la calle Carabobo esquina de la Ramón Pompilio. Siempre ha vivido en La Cruz Verde del Trasandino. Su familia viene de San Cristóbal, pueblecito situado al norte de Aregue. Me dice que su madre vio cuando en esa plazoleta de la Cruz mataron al Negro Ávila “por desapartar una pelea en la que participaba un vecino que vivía al frente de su casa”.
Fue empresario del transporte urbano, pues fundó la línea de maxi-taxis denominada Transporte Osiris. Lo ayudó desde la sindicatura municipal el entonces joven abogado Oscar Ferrer. Su socio fue Pedro Mendoza en la empresa que se inició con 14 busetas marca Hiace, japonesas. Se desempeñó como gerente de la CANTV, la compañía estatal de teléfonos. No le corté el teléfono a nadie, me dice. Carora tenía en ese entonces unos 2.000 suscriptores y se produjeron pocas innovaciones tecnológicas en esos 5 años que estuve al frente de la CANTV. Sustituyó en el cargo a un valerano, el señor Briceño, en tanto que al ganar las elecciones los adecos, lo sucedió Nicolasito Torcates, quien venía de ser comandante de la policía. La empresa tenía 6 operadores de tráfico,  3 linieros, 3 obreros, una secretaria y un contador.
Como militante socialcristiano le tocó recibir, junto a Alejandro y al Chicho Carrasco, a Jesús Morillo Gómez, quien venía de los silos de Acarigua, de donde lo sacó el presidente Caldera por meter ideas comunistas a los obreros; lo  alojan en el Hotel Bologna propiedad de Livio Martinengo; posteriormente lo presentan al Sindicato Mixto Autónomo de Trabajadores del Distrito Torres. Allí comienza la carrera política de este extraordinario, polémico y aguerrido falconiano, quien iba a realizar lo impensable: hacer política de izquierda, radical e igualitaria desde el seno de un partido rancio y conservador, Copei.
Los sacerdotes escolapios colaboraban con el partido, me dice Augusto. El padre Nagore, Alfonso, el padre “Peluquín”, del cual no recuerda su nombre; también ayudaban algunos laicos tales como Luis Montes de Oca, Bernardo y Teodorito Herrera. Morillo les quita el partido a los godos de Carora, señaladamente a Nacho Herrera, quien pasa en lo sucesivo a ser un segundón. Morillo los tildaba de oligarcas y hasta tuvo un conato de pelea con Efraín Riera, quien fue a buscar al falconiano a los silos de Adagro.
Recuerda que Morillo no despreciaba a nadie, resolvía problemas políticos y también personales, visitaba la casa de los difuntos, así también iba a fiestas y saraos. Augusto se sentía “morillista”. El mayor triunfo de este caudillo copeyano fue la expropiación de 3.600 hectáreas en la Hacienda Sicarigua, dando nacimiento al Asentamiento Campesino Montañas Verdes. El presidente Caldera no veía con buenos ojos aquello, dice. Incluso mandó el primer mandatario un contingente de las Fuerzas Armadas, pero la sangre no llegó al río. Intercedió en este pleito liderado por los godos de la Ganadera (Sociedad regional de Ganaderos de Occidente) el Instituto Agrario Nacional. El populacho-dice Augusto en tono enfático-le había perdido el miedo a los godos. Morillo y Cornelio Rivas fueron los artífices de aquellas jornadas populares en las que participó la gente del Central La Pastora, El Empedrado, San Pedro. Esas haciendas están en plena producción, reflexiona mi entrevistado.
Morillo no entró jamás al Club Torres, el centro social de la oligarquía; era católico, apostólico y romano. Se confesaba semanalmente con el padre Nagore en el Cristo Rey y en la iglesia San Juan con el reverendo padre escolapio Juan Bautista Pérez Altuna. Me confiesa Augusto que Morillo se opuso a que demolieran las ruinas de la iglesia que estaban en la Plaza Torres, las que Ché Ramón Hernández compró al Obispo Críspulo Benítez, quien a su vez las recibió del padre Pedro Felipe Montes de Oca.
Finalmente me declara este calmoso y afable personaje caroreño, que simpatiza de manera decidida con el proceso de transformaciones y de cambios que vive la Venezuela del presente. Al despedirse de mí, dobla un tabloide y se lo coloca en la axila. Alcanzo a ver allí unas letras que dicen: Cuentos del Arañero

viernes, 28 de septiembre de 2012

Humocaro Alto,1959


Al caer la dictadura de Pérez Jiménez, la carrera docente de Expedito, mi padre, comenzó un rápido ascenso. Fue un perseguido del régimen de facto en Cubiro, en donde los esbirros lo sacaron del aula de clases en alguna ocasión, detenido por accióndemocratista. De tal forma, en septiembre de 1959 fue designado director de la Escuela Guayauta, situada en la pintoresca población de Humocaro Alto, gentil pueblecito andino que se recuperaba del terremoto de 1950 que destruyó a El Tocuyo. Aun estaban allí las barracas de zinc en la que se alojaron los aterrorizados lugareños después del sismo.
La escuela no tenía edificación propia, por lo que los distintos grados estaban dispersos en viejas casas de adobe y tejas. Expedito oyó de la visita a la Ciudad Madre del presidente Betancourt, a quien le dijo: “Presidente, tengo los alumnos en la calle…” Acto seguido ordenó el mandatario construir la moderna edificación escolar a un contratista italiano de apellido Molinari, quien justo al mes llegó a Humocaro con máquinas y obreros. No lograríamos ver culminada aquella ansiada obra, puesto que en 1960 fuimos trasladados a Carora.
Ha quedado asida a mi memoria la gigantesca mole geológica situada en Humocaro Bajo, así como los continuos viajes que hacia mi progenitor a El Tocuyo a la búsqueda de la quincena de los maestros, pues fue designado flamante director de aquel disperso pero amable instituto escolar en donde apenas pude cursar mi segundo grado. 

Por qué amo a Carora


Amo entrañablemente a Carora porque de barro nutricio me he alimentado por más de medio siglo.
Amo a la ciudad del Portillo porque ella ha sido mi hogar de adopción desde que fui arrancado de los Andes hace media centuria.
Amo a Nuestra señora de la Madre de Dios de Carora porque su antigua y vetusta arquitectura me conectó con un pasado que he tratado de comprender.
 Amo a San Juan Bautista del Portillo de Carora porque ella me ha dado fuerza, valor y entereza para mostrarme como soy, un hombre del semiárido venezolano.
Amo decididamente a Carora  porque tu nombre venerado jamás tembló de vergüenza o temor por salir de mis labios provincianos.
Amo a Carora porque su indumentaria extrovertida y locuaz completó mi andina timidez introvertida.
Amo a Carora porque resuenas como tu nombre, insistente y sin pausa hasta la extenuación.
Amo a Carora porque tu nombre sonoro se dice de forma semejante en cualquier lengua: cicada, cicala, cigarra, mannazikade.
Amo a Carora por tu insistencia y tenacidad de vivir y dar tus frutos en una geografía imposible.
Amo a Carora porque tu cielo estrellado ha sido mi cobijo en mis noches adolescentes, porque bajos tus raros aguaceros mostré mi virilidad sin miedo ni vergüenza.
Amo a Carora por el manto tachonado de estrellas de la virgen de la Chiquinquirá, por amplitud oval y terrosa de su rostro aindiado.
Amo a Carora porque acá sueña mi primogénito hijo José  Manuel con la faltante oreja de Van Gohg, las trenzas de Rapunzel y la cajita de dormir del Niño Jesús.
Carora, te amo entrañablemente porque tus amaneceres de campanas e inciensos me dieron una certera esperanza ultraterrena.
Amo a Carora porque aquí vi el rostro resplandeciente de tu sol y el  acabado  mestizaje de tus féminas.

Carora, 12 de septiembre de 2012.


miércoles, 26 de septiembre de 2012

Santiago Apóstol de Río Tocuyo



Debieron de pasar largos 75 años para que río abajo de la Ciudad Madre de Venezuela, El Tocuyo, le naciera réplica a su nombre vegetal. En efecto, nace Santiago de Río Tocuyo en 1620 como pueblo de indios gracias a la mano civilizadora del gobernador  de la Hoz Berrío. Conserva el poblado su cuadrícula colonial, en donde floreció una extraordinaria escuela pictórica que en el presente se alarga en las prodigiosas manos del profesor Juan de Jesús Espinoza, autor de los inigualables vitrales de la catedral de Mérida y los templos de Trujillo, Aregue y Río Tocuyo.
Este milagro pictórico riotocuyano lo conocí en tiempos de mis estudios emeritenses al consultar la inmortal obra de don Alfredo Boulton. Cuando mi esposa Raiza fue a cumplir con su ruralidad médica en este bello poblado, visité repetidamente el templo de Santiago Apóstol y Santa Ana; allí pude observar maravillado un admirable óleo del santo patrono. Pero no se quedó allí mi sorpresa, pues  pude constatar -como afirmó Boulton- que el rostro del “matamoros” es el del general Antonio Guzmán Blanco, con un bigote afrancesado a lo Napoleón III.
Estos lugares fueron un emporio de la producción de cocuy, bebida espirituosa extraída del la planta ágave cocuy trelease, cual es su nombre científico; se comerciaba en bestias mulares a través del llamado “Camino Real”, el cual arrancaba de La Vela, seguía por Punto Fijo, Baragua, Siquisique, El Desecho, Espejo, Paujicito, El Orégano, Río Tocuyo, La Chapa, Aregue, para finalizar en Carora.
La parroquia Camacaro es el asiento de este simpático y campechano poblado. Allí llegaron en 1951 los primeros isleños a cultivar la amarillenta tierra con pimientos y cebollas; venían aventados por un  conflicto bélico: la guerra europea que comenzó en 1914 y terminó en 1945, según sostiene Eric Hobsbawm. La política inmigratoria del general Pérez Jiménez dio facilidades a estos veteranos y endurecidos hombres de labranza que llegaron solteros a situarse en esta “pequeña Mesopotamia” larense.
Los  nombres de estos canarios los rescatamos para el presente. El primero fue Juan García quien se estableció en Santa Inés; le siguieron Sixto Delgado el cual en la vía a Parapara fundó la hacienda San Antonio; le siguió su hermano, Juan Delgado; otros fueron Emildo Izquierdo y Agapito Escobar, los que se ubicaron en dirección al poblado de Aregue. Más tarde se les sumó Manuel “Manuelón” González y Eufemio García, quien en las cercanías de Montenegro estableció la hacienda La Caimana. Todos ellos casaron con venezolanas, pues mesclaron sus apellidos con los locales Oropeza, Crespo, Alvarez, Figueroa.
Eufemio García era muy perspicaz e ingenioso, pues construyó con sus manos un acueducto de trasvase de 2,2 kilómetros por debajo del Cerro Sabaneta. Esta obra de ingeniería popular tiene como fundamento un mini túnel por donde el agua se desplaza por gravedad para extraer el líquido para uso de regadío del caudal del río Tocuyo.
Uno de mis informantes es el profesor upelista y buen músico, Jesús Enrique Figueroa, tan ríotocuyano como Taylor Rodríguez García, Cronista de Cabudare. Me dice que la producción de melones es posterior, cerca de 1960. Es impresionante ver la cantidad de camiones 350 salir de estos semiáridos parajes para colocar sus productos en Barquisimeto, Valencia y Caracas. También sale de forma furtiva carbón vegetal, producción prohibida y perseguida, pues está haciendo daños irreparables al Parque Nacional Cerro Saroche, según me informa el maestro normalista Joel Meléndez, quien contribuyó a fundar esta reserva forestal del semiárido junto a mi padre, Expedito Cortés.
El 28% de la producción nacional de cebolla y pimentón es obra de los ríotocuyanos, cifra no muy lejana de la del Valle de Quíbor, la que se ubica en un 40%. Pero los locales tienen una enorme ventaja: cuentan con la presencia de dos ríos, el Tocuyo y el Morere, recurso inmenso que no posee Quíbor, valle sediento que espera ver concluida la Represa de Yacambú.
Hace poco, la Parroquia Camacaro vio nacer de sus entrañas una nueva entidad político-administrativa, a la cual le dieron el nombre del coronel Reyes Vargas, El Indio. Ello parece que no gustó mucho, pues como es conocido El Indio fue realista y patriota alternativamente. Parapara es la capital de esta novísima creación, conocida por la famosa batalla que libró en ese lugar el general Cipriano Castro al vencer las tropas gubernamentales de Torres Aular. Allí estuve en ocasión del Centenario de este evento, en 1999, en compañía de mi antecesor como Cronista  del Municipio Torres, mi fraternal amigo Alejandro Barrios, Andoche.
Río Tocuyo quedó prendado en mi corazón, puesto que como ya referí, mi esposa Raiza debió atender, solitariamente en el oficio hipocrático a tales parroquias, remotas y extensas. Gente dedicada a la agricultura, muy humildes, atacados principalmente por problemas diarreicos y virales. En el Ambulatorio Rural, una noche estrellada de diciembre de 2005, comenzó a palpitar en el vientre de mi amada compañera la fibra de mi hijo primogénito, José Manuel Cortés Mujica, quien, aunque nació en Carora, yo lo considero ríotocuyano.

Carora, septiembre 14 de 2012.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Hace 11 años fue sembrado el educador, folklorista y ambientalista sanareño


 Quien en su fecunda vida fue Director del Grupo Escolar Ramón Pompilio Oropeza, cofundador de los Parques Nacionales Dinira y Saroche. Dos planteles educativos llevan su nombre, uno en Carora y otro en Barquisimeto. Todo motivación y  hacer cultural era su persona.
Homenaje que le rinden su esposa, hijos, nietos y bisnietos.
Paz a su alma.
Fotografía tomada  en su pueblo natal por Mateo Viera en 1943.

Carlos Fuentes: Un Nobel que no fue


Seguramente tenía frente a sí como numen el cuadro Las Meninas de Velázquez, cuando el inspirado y prolífico escritor Carlos Fuentes comenzó a escribir Terra Nostra, la gran novela que, sin duda, le sobrevivirá. Su estructura tripartita está repleta de evocaciones históricas, lingüísticas, mitológicas, poéticas, y pictóricas, las que nos sumergen en una galería de espejos fascinante. Un mundo de sueños que tiene como conexión el milenarismo, la antigua creencia en la segunda venida de Cristo y que ha llegado a nuestros días en proyectos utópicos de toda laya. Sus tres partes son: I. El viejo mundo; II. El mundo nuevo; y III. El otro mundo. Con tal prodigio en el uso del engaste o muñecas rusas  ganó el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos en 1977, galardón que han obtenido otros tres mexicanos: Fernando del Passo, Angeles Mastretta y Elena Poniatowska.

 Es esa novela, paradigma de la creación totalizante, un viaje en el tiempo desde los Reyes Católicos, los Austrias, hasta examinar el complejo del poder mesiánico de los líderes latinoamericanos. El nepotismo, el patrimonialismo español, que han impedido, sostenía, hacer que México se convirtiera en una nación plena y cabalmente moderna. Idea que compartía con el Nobel de Literatira Octavio Paz (1914-1998). Por ello sostenía que lo que separa a México de los Estados Unidos no es una frontera: es una cicatriz. La herida se está abriendo de nuevo, advertía en 1992.

Quien no haya leído tan monumental novela, género literario como producto de la modernidad, decía Fuentes, hágalo leyendo otro grandioso trabajo suyo escrito en ocasión del Encuentro de Dos Mundos en 1992: El espejo enterrado. Se refiere Fuentes a los  espejos de obsidiana encontrados en El Tajín precolombino hasta los espejos cervantinos y velazquianos, lo que se constituye en una biografía espiritual de los dos mundos. Allí esta España, ese “Enigma histórico” como la calificó el historiador  Claudio Sánchez Albornoz: griega, cartaginesa, romana, visigoda, árabe, judía, y ahora sudaca, agrego yo, hasta encontrarnos con esa Iberoamérica mestiza, barroca y surrealista. Dice el mexicano, de la misma manera que nuestro Uslar Pietri: que de España heredamos el terror y al mismo tiempo la fascinación por la muerte. Es lo que yo he llamado la muerte barroca.

Fue el polígrafo Alfonso Reyes, al que conoció en Brasil, quien lo introdujo en la literatura. Le enseño a leer los clásicos en primer lugar para luego leer a los modernos, “solo así nace la verdadera literatura”, le recalcaba. Además le señaló que la tradición cultural del mundo era nuestra (los latinoamericanos) por derecho propio. Reyes lo regañaba por no haber leído a Donne, Sthendal, Marlowey, Sterne, a quienes el joven Carlos leyó en sus propias lenguas por su condición de políglota, pues era hijo de un diplomático, fue por ello nació por azar en Panamá en 1928.

Muere Carlos Fuentes a los 83 años de un ataque al corazón, decepcionado de la izquierda latinoamericana, en especial de la revolución cubana y del sandinismo, tras haber tenido la muy dolorosa pérdida de sus hijos, haber incursionado en el ensayo político, el séptimo arte, y sin haberse hecho merecedor del Premio Nobel de Literatura, galardón para el cual tenía méritos sobrados el autor de La región más transparente, Gringo viejo y La muerte de Artemio Cruz. En varias ocasiones pensé que podía hacerse con el premio de la Academia Sueca antes que el peruano Mario Vargas Llosa.

Paz a su alma, manito.

Carora, 15 de mayo de 2012.

 

 

Fin milagro alemán

    Wolfgang Munchau:   Kaput. El fin del milagro alemán. Luis Eduardo Cortés Ri...