miércoles, 26 de septiembre de 2012

Santiago Apóstol de Río Tocuyo



Debieron de pasar largos 75 años para que río abajo de la Ciudad Madre de Venezuela, El Tocuyo, le naciera réplica a su nombre vegetal. En efecto, nace Santiago de Río Tocuyo en 1620 como pueblo de indios gracias a la mano civilizadora del gobernador  de la Hoz Berrío. Conserva el poblado su cuadrícula colonial, en donde floreció una extraordinaria escuela pictórica que en el presente se alarga en las prodigiosas manos del profesor Juan de Jesús Espinoza, autor de los inigualables vitrales de la catedral de Mérida y los templos de Trujillo, Aregue y Río Tocuyo.
Este milagro pictórico riotocuyano lo conocí en tiempos de mis estudios emeritenses al consultar la inmortal obra de don Alfredo Boulton. Cuando mi esposa Raiza fue a cumplir con su ruralidad médica en este bello poblado, visité repetidamente el templo de Santiago Apóstol y Santa Ana; allí pude observar maravillado un admirable óleo del santo patrono. Pero no se quedó allí mi sorpresa, pues  pude constatar -como afirmó Boulton- que el rostro del “matamoros” es el del general Antonio Guzmán Blanco, con un bigote afrancesado a lo Napoleón III.
Estos lugares fueron un emporio de la producción de cocuy, bebida espirituosa extraída del la planta ágave cocuy trelease, cual es su nombre científico; se comerciaba en bestias mulares a través del llamado “Camino Real”, el cual arrancaba de La Vela, seguía por Punto Fijo, Baragua, Siquisique, El Desecho, Espejo, Paujicito, El Orégano, Río Tocuyo, La Chapa, Aregue, para finalizar en Carora.
La parroquia Camacaro es el asiento de este simpático y campechano poblado. Allí llegaron en 1951 los primeros isleños a cultivar la amarillenta tierra con pimientos y cebollas; venían aventados por un  conflicto bélico: la guerra europea que comenzó en 1914 y terminó en 1945, según sostiene Eric Hobsbawm. La política inmigratoria del general Pérez Jiménez dio facilidades a estos veteranos y endurecidos hombres de labranza que llegaron solteros a situarse en esta “pequeña Mesopotamia” larense.
Los  nombres de estos canarios los rescatamos para el presente. El primero fue Juan García quien se estableció en Santa Inés; le siguieron Sixto Delgado el cual en la vía a Parapara fundó la hacienda San Antonio; le siguió su hermano, Juan Delgado; otros fueron Emildo Izquierdo y Agapito Escobar, los que se ubicaron en dirección al poblado de Aregue. Más tarde se les sumó Manuel “Manuelón” González y Eufemio García, quien en las cercanías de Montenegro estableció la hacienda La Caimana. Todos ellos casaron con venezolanas, pues mesclaron sus apellidos con los locales Oropeza, Crespo, Alvarez, Figueroa.
Eufemio García era muy perspicaz e ingenioso, pues construyó con sus manos un acueducto de trasvase de 2,2 kilómetros por debajo del Cerro Sabaneta. Esta obra de ingeniería popular tiene como fundamento un mini túnel por donde el agua se desplaza por gravedad para extraer el líquido para uso de regadío del caudal del río Tocuyo.
Uno de mis informantes es el profesor upelista y buen músico, Jesús Enrique Figueroa, tan ríotocuyano como Taylor Rodríguez García, Cronista de Cabudare. Me dice que la producción de melones es posterior, cerca de 1960. Es impresionante ver la cantidad de camiones 350 salir de estos semiáridos parajes para colocar sus productos en Barquisimeto, Valencia y Caracas. También sale de forma furtiva carbón vegetal, producción prohibida y perseguida, pues está haciendo daños irreparables al Parque Nacional Cerro Saroche, según me informa el maestro normalista Joel Meléndez, quien contribuyó a fundar esta reserva forestal del semiárido junto a mi padre, Expedito Cortés.
El 28% de la producción nacional de cebolla y pimentón es obra de los ríotocuyanos, cifra no muy lejana de la del Valle de Quíbor, la que se ubica en un 40%. Pero los locales tienen una enorme ventaja: cuentan con la presencia de dos ríos, el Tocuyo y el Morere, recurso inmenso que no posee Quíbor, valle sediento que espera ver concluida la Represa de Yacambú.
Hace poco, la Parroquia Camacaro vio nacer de sus entrañas una nueva entidad político-administrativa, a la cual le dieron el nombre del coronel Reyes Vargas, El Indio. Ello parece que no gustó mucho, pues como es conocido El Indio fue realista y patriota alternativamente. Parapara es la capital de esta novísima creación, conocida por la famosa batalla que libró en ese lugar el general Cipriano Castro al vencer las tropas gubernamentales de Torres Aular. Allí estuve en ocasión del Centenario de este evento, en 1999, en compañía de mi antecesor como Cronista  del Municipio Torres, mi fraternal amigo Alejandro Barrios, Andoche.
Río Tocuyo quedó prendado en mi corazón, puesto que como ya referí, mi esposa Raiza debió atender, solitariamente en el oficio hipocrático a tales parroquias, remotas y extensas. Gente dedicada a la agricultura, muy humildes, atacados principalmente por problemas diarreicos y virales. En el Ambulatorio Rural, una noche estrellada de diciembre de 2005, comenzó a palpitar en el vientre de mi amada compañera la fibra de mi hijo primogénito, José Manuel Cortés Mujica, quien, aunque nació en Carora, yo lo considero ríotocuyano.

Carora, septiembre 14 de 2012.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Hace 11 años fue sembrado el educador, folklorista y ambientalista sanareño


 Quien en su fecunda vida fue Director del Grupo Escolar Ramón Pompilio Oropeza, cofundador de los Parques Nacionales Dinira y Saroche. Dos planteles educativos llevan su nombre, uno en Carora y otro en Barquisimeto. Todo motivación y  hacer cultural era su persona.
Homenaje que le rinden su esposa, hijos, nietos y bisnietos.
Paz a su alma.
Fotografía tomada  en su pueblo natal por Mateo Viera en 1943.

Carlos Fuentes: Un Nobel que no fue


Seguramente tenía frente a sí como numen el cuadro Las Meninas de Velázquez, cuando el inspirado y prolífico escritor Carlos Fuentes comenzó a escribir Terra Nostra, la gran novela que, sin duda, le sobrevivirá. Su estructura tripartita está repleta de evocaciones históricas, lingüísticas, mitológicas, poéticas, y pictóricas, las que nos sumergen en una galería de espejos fascinante. Un mundo de sueños que tiene como conexión el milenarismo, la antigua creencia en la segunda venida de Cristo y que ha llegado a nuestros días en proyectos utópicos de toda laya. Sus tres partes son: I. El viejo mundo; II. El mundo nuevo; y III. El otro mundo. Con tal prodigio en el uso del engaste o muñecas rusas  ganó el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos en 1977, galardón que han obtenido otros tres mexicanos: Fernando del Passo, Angeles Mastretta y Elena Poniatowska.

 Es esa novela, paradigma de la creación totalizante, un viaje en el tiempo desde los Reyes Católicos, los Austrias, hasta examinar el complejo del poder mesiánico de los líderes latinoamericanos. El nepotismo, el patrimonialismo español, que han impedido, sostenía, hacer que México se convirtiera en una nación plena y cabalmente moderna. Idea que compartía con el Nobel de Literatira Octavio Paz (1914-1998). Por ello sostenía que lo que separa a México de los Estados Unidos no es una frontera: es una cicatriz. La herida se está abriendo de nuevo, advertía en 1992.

Quien no haya leído tan monumental novela, género literario como producto de la modernidad, decía Fuentes, hágalo leyendo otro grandioso trabajo suyo escrito en ocasión del Encuentro de Dos Mundos en 1992: El espejo enterrado. Se refiere Fuentes a los  espejos de obsidiana encontrados en El Tajín precolombino hasta los espejos cervantinos y velazquianos, lo que se constituye en una biografía espiritual de los dos mundos. Allí esta España, ese “Enigma histórico” como la calificó el historiador  Claudio Sánchez Albornoz: griega, cartaginesa, romana, visigoda, árabe, judía, y ahora sudaca, agrego yo, hasta encontrarnos con esa Iberoamérica mestiza, barroca y surrealista. Dice el mexicano, de la misma manera que nuestro Uslar Pietri: que de España heredamos el terror y al mismo tiempo la fascinación por la muerte. Es lo que yo he llamado la muerte barroca.

Fue el polígrafo Alfonso Reyes, al que conoció en Brasil, quien lo introdujo en la literatura. Le enseño a leer los clásicos en primer lugar para luego leer a los modernos, “solo así nace la verdadera literatura”, le recalcaba. Además le señaló que la tradición cultural del mundo era nuestra (los latinoamericanos) por derecho propio. Reyes lo regañaba por no haber leído a Donne, Sthendal, Marlowey, Sterne, a quienes el joven Carlos leyó en sus propias lenguas por su condición de políglota, pues era hijo de un diplomático, fue por ello nació por azar en Panamá en 1928.

Muere Carlos Fuentes a los 83 años de un ataque al corazón, decepcionado de la izquierda latinoamericana, en especial de la revolución cubana y del sandinismo, tras haber tenido la muy dolorosa pérdida de sus hijos, haber incursionado en el ensayo político, el séptimo arte, y sin haberse hecho merecedor del Premio Nobel de Literatura, galardón para el cual tenía méritos sobrados el autor de La región más transparente, Gringo viejo y La muerte de Artemio Cruz. En varias ocasiones pensé que podía hacerse con el premio de la Academia Sueca antes que el peruano Mario Vargas Llosa.

Paz a su alma, manito.

Carora, 15 de mayo de 2012.

 

 

Víctor Hugo interpretado en Carora, 1891


La enorme fuerza del romanticismo literario, encarnado en la obra del escritor francés Víctor Hugo, 1802-1885, tuvo eco en Carora de finales del siglo XIX. En efecto, fue al finalizar el primer año del “trienio filosófico” que se dictaba en el Colegio La Esperanza cuando el 6 de agosto de 1891 se llevó a efecto la entrega de la Medalla de Honor a los alumnos más destacados de aquel Colegio de secundaria recién fundado el 1º de mayo de 1890 por el Dr. Ramón Pompilio Oropeza, Andrés Tiberio Alvarez y Amenodoro Riera como financistas del novel instituto que nació como particular o privado, al calor del “patriciado caroreño”.

Ese emotivo acto tuvo como escenario la iglesia de San Juan Bautista. Su barroco de sobrio estilo fue testigo de aquel memorable momento en nuestra historia educacionista, iniciándose con un discurso de Monseñor Maximiano Hurtado, prelado tocuyano residente en nuestra ciudad. Luego leyeron Don Agustín Zubillaga y el Dr. Tertuliano Herrera unas composiciones poéticas. El Rector del Colegio, Dr. Oropeza leyó el Acta de la Medalla de Honor,  ganada por el joven siquisiqueño Rafael Lozada. El médico y poeta Juan José Bracho pronunció el discurso de orden y el Dr. Hurtado cerró el acto con un Te Deum cantado solemnemente.

Pero a mitad de aquel acto, dice Cecilio Zubillaga Perera en sus Obras Completas, tomo II, página 214, el señor Mateo Trovat, seguramente un músico francés de pasada por estos lares, cantó un retazo de Hernani, una obra de teatro escrita por el autor de Los Miserables, que representa el triunfo del romanticismo literario sobre la contención, equilibrio, permanencia de nuestro clasicismo, estrenada en el Teatro Francés de París  el 25 de febrero de 1830. Hugo narra la tragedia del  bandido Hernani y su amante Doña Sol,  obra ambientada en la España medieval, por lo que se reconocen allí elementos góticos y una exaltación al amor natural. Hernani es una localidad vasca, lugar de misterio de esa “península de pasión”, como gustaba llamar Hugo a  España.

Esta anécdota pone de manifiesto que entre nosotros el romanticismo decimonónico alargó su influencia hasta bien entrado el siglo XIX, centuria dominada por la filosofía positivista, contraria a todo elemento metafísico, emocional, así como a los elementos naturales. Aunque debemos destacar que la traducción castellana omitió deliberadamente los ataques y las críticas a la religión. Seguramente Monseñor Hurtado leyó el retazo a ser cantado por Trovat con anterioridad, permitiendo de tal manera que aquella inmortal obra se cantara en nuestro recinto religioso. Otra hipótesis que planteo es la que Trovat interpretara la traducción castellana de Eugenio Ochoa, quien retiró del texto lo que percibía como inmoralidad, lo que en España se traduce como ofensa al catolicismo.

Víctor  Hugo dominó la literatura francesa del siglo XIX y se le considera el equivalente francés de Shakespeare. Otros críticos dicen que resulta esclarecedor compararlo a Charles  Dickens, autor de Historia de dos ciudades. Durante su vida se vendieron más de un millón de ejemplares por año en su país y era muy leído en el extranjero. Los Miserables, por ejemplo, fue editada simultáneamente en ocho grandes capitales del mundo. Más de 55 óperas se basaron en sus obras, proyectadas y esbozadas por un variado grupo de compositores, tales como  Bizet, Warner, Mussorgsky, Medelsshon Berlioz, Liszt, Rachmaninoff, Verdi, entre otros. ¿Cuál de las versiones musicales de estos compositores fue la que interpretó el señor Mateo Trovat en la iglesia de San Juan aquel día 6 de agosto de 1891 en la “levítica ciudad de Venezuela”, Carora? Quizá jamás lo sabremos, pero el lector podrá inferirlo utilizando para ello cierta perspicacia.

Carora, 25 de julio de 2012.

Genes Caquetíos


Entre los estados Falcón y Lara, occidente de Venezuela, existe una antiquísima relación que es muy anterior a la llegada de los europeos en los siglos XV y XVI. En efecto, estudios recientes del ADN mitocondrial efectuado por el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas, ha establecido una base genética común en las poblaciones de ambos estados, así como  de la isla de Curazao, que tiene varios milenios de establecida. Esa relación se prolonga hasta el presente y se puede observar en nuestros rasgos fenotípicos como la estatura, el color de la piel, el pelo, entre otros aspectos de nuestra base genética aborigen común. Nicolás Federmann  fue el primer cristiano en darse cuenta de aquello al arribar a estas tierras en 1530. Estuvo en el valle del río Turbio, en las cercanías de Barquisimeto, en donde observó una concentración humana y una economía de cultivos notables. Notó que hablaban la misma lengua que la que oyó de los habitantes de las costas corianas y de Paraguaná.

Era, en efecto, una gran nación la caquetía, pues, según sostiene Reinaldo Rojas,  se extendía desde Cuba por el norte hasta adentrarse en Colombia, en la zona del Caquetá. El jefe de este vasto estado en transición hacia  un estado centralizado era el Gran Diao, quien gobernaba con su casta sacerdotal y sus funcionarios reales desde Coro, “lugar de los vientos”. A la llegada de Juan Ampíes era gran Diao  caquetío el cacique Manaure, quien  recibió espléndidamente y con grandes atenciones al español y sus huestes. Ese estado embrionario gozaba de eficaces comunicaciones, un sistema de correos que hacía llegar las noticias en relativamente poco tiempo en sus dilatadas extensiones. El Diao podía hacer largas travesías por aquellas inmensidades acostado en una hamaca cargada por hombres que se iban cambiando por  otros frescos según los alcanzara el cansancio y la extenuación. Tal ruta de contactos le permitió a Manaure huir de los maltratos de los Welser e ir a refugiarse a un lugar no determinado del estado Apure, limítrofe con Colombia. Allí llego enfermo y desolado por la actitud de los teutones. Murió lejos de su lugar de nacimiento, siendo enterrado con toda la magnificencia de su estado de nobleza en las cercanías de San Fernando.

Acabo de regresar de Paraguaná. Allí pude observar la misma mirada, los mismos semblantes y actitudes que son semejantes o muy parecidos a las de mis paisanos de la Otra Banda, de Río Tocuyo o de Barquisimeto. Recorrer la Península es como adentrarse en las carreteras serpenteantes que van a Siquisique o Baragua, en el municipio Urdaneta, o transitar los cardonales de La Candelaria o de Taguayure, en el Municipio Torres del estado Lara. Sequía, tunas, cabras y cardones dominan la geografía, así como las relaciones de parentesco amplias y extendidas que les permiten sobrevivir gracias a la cooperación en estos lugares de extrema escases del recurso agua. Ello explica la muy significativa cantidad de apellidos como Chirinos, Petit, Amaya, Yajure, Corobo, Véliz, Leal, Colina o Alvarez  desparramados por estas cálidas extensiones del semiárido larafalconiano, formando unas tramas de familiaridad  y de solidaridad  no conocidas en otros lugares de Venezuela. A todo ello debemos agregar la vivencia un catolicismo popular de signo mariano, que de tan firme arraigo  ha cohesionado tantas comunidades dispersas del semiárido.

Esta magnífica construcción social ha sido poco comprendida y poco estudiada por nuestros historiadores, antropólogos  y sociólogos. Quizás se deba ello a que la mirada desde el presente no nos permite comprender ese rico pasado que fue común, que las artificiales divisiones políticas y administrativas de la Venezuela petrolera han ocultado. Se requiere de una visión que vaya más allá de los que los estados Falcón y Lara, por separado, no nos permiten avizorar ni ver.

Yo me atrevo a afirmar que existe en estos dilatados y soleados parajes, cálidos y soleados del occidente venezolano, algo así como lo que he llamado “genio de los pueblos del semiárido venezolano”. Tal idea se me ha ocurrido al leer lo que  sobre  Lisandro Alvarado escribió Mariano Picón Salas al referirse el sabio tocuyano a la “ciencia jafética y europea”, con la que no es posible comprender muchos aspectos de la psicología y la cultura de los pueblos no blancos. Se trata de otra lógica, que nada tiene que ver con el sistema de ideación occidental. Es acaso-dice el merideño- por su “antijafetismo” que se interesa Alvarado por todo lo popular venezolano: la canción o el cuento folklórico, la palabra indígena o la receta del brujo. Es una mirada que desde la antropología histórica, tal como la cultivó Marc Bloch, está por hacerse en estos pocos comprendidos lugares de nuestra geografía espiritual venezolana.

Carora, 22 de julio de 2012.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hermann Hesse: medio siglo


El 9 de agosto 1962 murió en su patria de adopción, Suiza, el eminente escritor alemán Herman Hesse, quien formó una trilogía cumbre, en el siglo que nos dejó atrás y en la lengua de Heine y Goethe con otros dos notables escritores: Thomas Mann y Berthold Brecht. Esto literatos cautivaron nuestra juventud en la década de 1970 mientras realizábamos estudios universitarios. En Mérida era común encontrar compañeros de estudios con un ejemplar de El lobo estepario, o bien  Demian, novelas que nos introducían en una atmósfera emotiva alucinante, en donde personajes solitarios experimentaban estados psíquicos influidos por las religiones filosóficas orientales. Cierta vez estaba yo de entrada a la Facultad de Humanidades de la Universidad de Los Andes, cuando se me acercó una jovencita de excepcional belleza y a la cual desconocía, quien en gesto de suprema cordialidad me obsequió un ejemplar de la novela Demian.

Era, pues, una lectura casi obligatoria en aquellos años, pues teníamos noticias del enorme éxito editorial de Hesse en los Estados Unidos, país hegemonista que en aquellos años perdía por impopular la primera guerra de su historia en el lejano Vietnam. La contestataria y rebelde juventud lo tomó como icono y estandarte de su pacifismo. Recordemos el Flower Power y el movimiento hippie, los que hicieron del consumo de drogas y de estupefacientes una vía de escape en lo que veían como un conflicto que los enviaba a una muerte casi segura. Otros notables pensadores se unieron para combatir aquella agresión injustificada: Bertrand Russell y Herbert Marcuse, quienes se colocaron a la vanguardia de la tremenda conmoción universal protagonizada por la juventud luego del inolvidable Mayo francés de 1968.

Se ha calculado que de Hesse se han vendido unos 150 millones de ejemplares de sus obras.  Debemos agregar otras, tales como Siddartha, la palabra de Buda, lectura favorita de mis  coterráneos caroreños Cécil Alvarez, Nelson Martínez, Juan Hildemar Querales  y Juan María Morales, novela que acusa una influencia de las ideas del psicoanalista suizo Carl Gustav Jung. A mi particularmente me atrapó la mencionada novela Demian, en la que unos jóvenes descubren la existencia de Abraxas, el dios del bien y del mal que habita las llamas y fogatas. Una simultaneidad  que me asombraba y no terminaba de comprender desde la óptica de mi formación de católico, cuerpo de creencias que no admiten tales hibridismos, los que son tan naturales en el budismo y el taoísmo orientales. Estos amigos caroreños leyeron casi toda la novelística hessiana, pues se bebieron a Narciso y Goldmundo y así como también  El Juego de abalorios, obra cumbre de la novelística hessiana.

Siempre recuerdo una de las  frases favoritas de Hesse cuando dijo que “La gente del siglo XX se cree culta porque llena crucigramas”, o aquella otra “Cuando odiamos a alguien, odiamos en su imagen algo que está dentro de nosotros”, o este otra no menos genial: “Hay personas quienes se consideran perfectos, pero es solo porque exigen menos de sí mismos”, sentencia que pone en boca de sus personajes atormentados por el siglo que les tocó vivir, así como por la Guerra Mundial que comenzó en 1914 y terminó en 1945.

Su vida terminó cuando también acabó la de una  rubia rutilante y erótica que se sobrepasó de barbitúricos y sedantes, hecho lamentable que ha tenido en los días que corren una cobertura mediática colosal a escala planetaria, no así el fallecimiento de este literato alemán que a comienzos de la pasada centuria vislumbró la enloquecida máquina del progreso que tritura a los seres humanos. Es un síntoma del gran mal del espíritu de nuestros tiempos y que Mario Vargas Llosa acusa severamente en su más reciente obra,  La civilización del espectáculo, (Alfaguara, 2012). Y es que pareciera que a pocos interesa la vida de este luchador antifascista, defensor en plena Segunda Guerra mundial del acosado pueblo judío, quien además abogaba por una cultura verdadera y realmente ecuménica, y que como tal, recogiera lo mejor de cada una de ellas para elevar a los seres humanos a niveles hasta ahora desconocidos de conocimientos y de responsabilidad moral.

Recibió tardíamente el Premio Nobel de Literatura, en 1946, pero no pudo presenciar la enormidad de su colosal éxito literario, que es global en todos los sentidos, acaecido desde los turbulentos años 60 del siglo XX, década cuando aconteció algo sin precedentes en la historia universal: nació la rebeldía juvenil. En la paridura de ese fenómeno planetario el escritor germano contribuyó, a no dudar, de forma decisiva. Murió a los 85 años en un apacible pueblecito helvético mientras dormía, de una hemorragia cerebral, este paladín de la contracultura del siglo pasado.

Carora, agosto 8 de 2012.

La civilización más antigua del mundo


Resulta curioso constatar que no existe un criterio único sobre cuál es la civilización más antigua del mundo. Este privilegio se lo disputan distintas naciones y equipos de investigadores. Los libros de historia que leí en mis estudios emeritenses sostenían que la historia comenzó en Sumeria, actual Mesopotamia, el Irak ocupado militarmente por el arrogante mundo occidental. Pero buscando en internet he encontrado que no hay unanimidad al respecto. Veamos.

Unos sostienen que es China la más antigua, pues su historia deviene de hace 5.000 años en forma casi ininterrumpida. Eso es cierto. Pero hay otras que son más viejas pero ya han desaparecido y solo tenemos  de ellas las evidencias arqueológicas. Estas son la mayoría. Por ejemplo, en el Perú  se ha descubierto una serie de ruinas que nos colocan ante una cultura anterior a la egipcia o la mesopotámica. Fue descubierta hace 12 años al norte de Lima: la cultura Caral que data de 3.000 años antes de nuestra era. Su descubridora es la arqueóloga peruana Ruth Shady Solís, quien se ha convertido en una celebridad al haber descubierto estas evidencias arqueológicas preincaicas que son tan sofisticadas como las de las culturas del río Indo o de China.

Los israelitas por su parte, imbuidos de la idea de ser un pueblo elegido, dicen que la ciudad más antigua del mundo es la bíblica Jericó, la cual-sostienen ellos- está cumpliendo 10. 000 años de existencia. ¿Quién la construyó? Bien se podría decir que fueron los antecesores de los actuales palestinos, como sugiere el historiador hebreo contemporáneo Shlomo Sand, quien ha formado un verdadero revuelo con sus explosivas opiniones al decir que el pueblo judío es una invención. Se nota de inmediato que Sand leyó la obra de Eric Hobsbawm llamada precisamente La invención de  la tradición.

Shi Shi es el nombre de un renombrado investigador chino, quien afirma que ha encontrado pruebas de que su civilización tiene la friolera de 10.000 años. El doctor Shi no habla en el vacío, pues lo hace montado en el Instituto de la Historia de las Nacionalidades, en Beiging. La localidad llamada Dadiwan es el renombrado sitio, excavado en China y colocan allí datas de 5.300 años antes de nuestra era.

Alemanes y  turcos en comandita han agregado más leña al fuego, pues sus excavaciones en el sitio de Göbelli Tepe en el sur de Turquía arrojan datos impresionantes: 11.500 años atrás fue levantada esta ciudadela por cazadores del neolítico, antes de la sedentarización de los humanos y de la invención de la agricultura. Los expertos de la Universidad de Heidelberg dicen que estas ruinas, descubiertas en 1964, constituyen la edificación de naturaleza religiosa más antigua del mundo, y hasta sugieren que puede remontarse al mesolítico.

Y qué decir de las ciudades sumergidas en lagos, mares  y océanos del mundo que nos hacen repensar la historia de la humanidad. Allí están las ruinas sumergidas del Golfo de Cambay, India, de 9.500 años de antigüedad o las de la isla Yonaguni del Japón, están también las del Golfo de Yucatán en Brasil. Pero todo ello debe examinarse y verse con escepticismo, pues la ciencia está llena de escándalos cuando se le ha intentado falsear. Si no recuerden el quimérico humano  prehistórico descubierto en Gran Bretaña, llamado hombre de Piltdown y que resultó ser un cráneo humano fosilizado artificialmente. Más recientemente el jefe de propaganda nazi, Joseph Goebbels, creó una arqueología que demostraba la existencia de la raza aria desde muy antiguo. Hoy sabemos que lo de ario no es más que un mito creado por el racismo germano. Gran ruido produjo la piedra de Kensington, hallada en Minnesota, Estados Unidos, y que demostraban la llegada de los vikingos a esos lugares en el siglo XIV, ¡un siglo antes que Colón!.

Así que en lo sucesivo use el método crítico y ponga en duda los hallazgos más sonados  exhibidos en los canales pseudocientíficos de la televisión, uno de los cuales, el más mentiroso acaso sea The History Chanel, creado en los EEUU en 1995 y que desde el año 2001 comenzó a tergiversar y falsear la historia para consumo de los latinoamericanos. Para estar prevenidos léanse El sutil arte de detectar camelos (engaños), del desaparecido divulgador estadounidense de la ciencia Carl Sagan, el cual se encuentra en su libro El mundo y sus demonios, la ciencia como una luz en la oscuridad, extraordinario esfuerzo de reflexión crítica sobre el cual hice una exposición en el primer posdoctorado en educación que ofrece la Upel en la ciudad de Barquisimeto.

Carora, agosto 19 de 2012.

 

Fin milagro alemán

    Wolfgang Munchau:   Kaput. El fin del milagro alemán. Luis Eduardo Cortés Ri...