miércoles, 24 de diciembre de 2025

 

 

Cine soviético:

Ven y mira. Masacre (1985).

Luis Eduardo Cortés Riera.

 Cronistadecarora@gmail.com

Esta extraordinaria película antibélica de culto se estrena en Moscú en 1985, cuando pocos avizoraban el final e implosión del régimen soviético. Pocas fueron las voces que advertían el final del bolchevismo, dando fin al “corto siglo XX”, tal como lo llamó Eric Hobsbawm. El film de Elem Klímov Ven y mira da muestras de un vigor creativo extraordinario, una propuesta fílmica novedosa y experimentalmente audaz, un simbolismo fuera de toda horma conocida, una fuerza visual memorable, un relato filosofico muy hondo, lo que da pábulo a pensar que no todo fue oscuridad y represión en la extinta Unión Soviética, una “destrucción de la literatura rusa”, como dice Octavio Paz, 1979, In/Mediaciones, p. 40.

Claros ejemplos que desdicen palmariamente al Nobel de Literatura mexicano serán Mijail Bajtín y su propuesta de la novela polifónica, y la fuerza que le da al carnaval como expresión de la cultura popular, y también la Escuela de Tartu liderada por Yuri Lotman y su idea de que la cultura funciona como una semiósfera, la novela El doctor Zhivago y Archipiélago Gulag, de Boris Pasternak, El don apacible, novela de Mijaíl Shójolov,  que los hizo acreedores del Nobel de Literatura en 1958 y 1965 respectivamente, a lo que debemos agregar las notables contribuciones del cine soviético con Eiseinstein, Vertov, Tarkovsky y el propio Klímov y su esposa Larisa Shepitko. No debemos olvidar que el analfabetismo fue casi borrado, que la extinta Unión Soviética inicia la carrera espacial con el Sputnik y el primer hombre en el espacio: Yuri Gagarin; se incorpora a la era nuclear de modo sorpresivo para los occidentales.  Debemos advertir, sin embargo, que el desabrido realismo socialista apadrinado por Stalin desde los años 30, hizo estragos horrorosos en la cultura del país de Dostoievski y Puskin.

 Pero en medio de la oquedad, la censura y la persecución, aparece este memorable film que exalta la Gran Guerra Patria contra la invasión nazi, que se escenifica pavorosamente en la República de Bielorrusia, en conmemoración de los 40 años de la victoria soviética sobre la bestia parda del nazismo alemán. Era una guerra de exterminio que se propuso destruir a toda la población soviética, niños, mujeres y ancianos. Se estima que 900.000 judíos fueron exterminados y más de 650 aldeas arrasadas bajo fuego y sangre y dos millones de personas asesinadas en Bielorrusia durante la invasión alemana.   

 Ese año de 1985, increíble coincidencia, toma el poder Mijaíl Gorbachov como una esperanza transformativa del herrumbroso andamiaje estatal de la Unión Soviética. Glasnost y perestroika remueven el piso del arte, la literatura y el cine, la vida intelectual de los soviéticos y sus países satélites. Está fresco el recuerdo del aplastamiento de la “primavera de Praga” de 1968, una herida sangrante en el bloque soviético de la guerra fría, y que repercutió en la patria venezolana fulgurantemente con el libro de Teodoro Petkoff Checoslovaquia, el socialismo como problema (1969).

Elem Klimov, el director de cine.

El director del film fue Elem Klímov, quien había nacido en 1933 en Stalingrado, escenario pavoroso e infernal de la mayor batalla de la historia, en el seno de una familia de comunistas, quienes ante el avance imparable de la Wehrmacht nazi debieron cruzar el río Volga, con él mismo a bordo como adolescente de 9 años, en una balsa improvisada, experiencia que aprovecha para incorporarla a sus películas: Ven y mira, Masacre (1985), una de ellas.

 

            Estudió en la escuela estatal de cine con Yefim Dzigan, uno de los primeros maestros de cine soviéticos, constructor de una épica eslava heroica y patriota contra la invasión alemana de 1941. En el Instituto de Cinematografía del Estado de la Unión, Klímov hizo varios cortos bastante asustadizos, incluida una comedia llamada The Fiancee, 1969, donde se burla del ritualismo burocrático soviético.

El londinense The Telegrafh dice que Klímov “Deploró la mano muerta de lo que se conoció como "realismo socialista" -celebraciones impersonales de la marcha hacia adelante del comunismo- y en sus propias películas adoptó un estilo más extravagante, con temas audaces que atrajeron la ira del Partido Comunista.

            Su película Agony (1975) fue la primera desde la Revolución Bolchevique de 1917 en presentar al zar en términos relativamente comprensivos y explorar el papel en la historia rusa desempeñado por Rasputín. Fue prohibido por completo antes de ser lanzado en forma manipulada en 1984. No toda la verdad sobre el horrible fin de la dinastía de los Romanoff se había dicho, sugería el film. La mítica y deformada figura de Grigori Rasputín, un místico siberiano, es abordada por Klímov en 1981 en el film Agonía, donde nos presenta al personaje de manera distinta a como los bolcheviques lo deformaron. No era un charlatán cualquiera, sino que quería de manera honesta curar a Alexei Romanov, hijo del zar y la zarina aquejado de hemofilia. Después de oraciones del santón siberiano, Alexei mostró mejorías milagrosas, todo lo cual acontece cuando el Imperio Ruso se desmorona bajo ataque alemán en 1916. La familia de Nicolás Romanoff será fusilada en 1918 por orden de los bolcheviques triunfantes con Lenin a la cabeza. Los funcionarios soviéticos declararon la película sin valor y la enviaron a los sótanos del olvido.

            La segunda comedia de Klímov Aventuras de un dentista, de 1965, una comedia negra que irritó a las autoridades comunistas con su representación de un dentista tímido que gana fama por inventar una forma indolora de extraer dientes y sufre las consecuencias de ser joven, talentoso y soviético. Es una crítica al comunismo soviético, a la envidia, una pasión muy hispana también, en un tono irónico y provocador.

El estilo de Elem Klímov, agrega The Telegrafh, es grandioso, sobreexcitado y a menudo intentando un equilibrio incómodo entre lo operístico y lo surrealista, nunca le granjeó el cariño de los críticos occidentales en sus primeros años. En 1985, sin embargo, basándose en parte en su propia experiencia en Stalingrado bajo asedio alemán, hizo lo que muchos consideran la mejor película rusa sobre la Segunda Guerra Mundial. Trazando las experiencias de una banda de partisanos en Bielorrusia en 1943, Come and See (Ven y mira) describió el horror y el trágico desperdicio de la guerra con poder y convicción.

El matrimonio desgraciado de Klímov.

Klímov estuvo casado con la también brillante directora de cine Larisa Shepitko, de origen ucraniano y persa, unión marcada por el arte y la tragedia. Según el crítico alemán Olaf Moller, ella no ha sido olvidada, sino que ha sido apartada de la memoria fílmica de la extinta Unión Soviética. Se casaron en 1963. Ella le pidió a su futuro marido que no la influenciara en su obra. Shepitko se distingue por su cinta Ascensión, 1977, una estética austera y poderosa, de tono marcadamente cristiano y antibelicista, lo que no agradó al régimen ateo soviético, pues el cine bélico es la narrativa oficial del país de los soviets desde 1945. Con ese extraordinario film en blanco y negro gana el Oso de Oro de Berlín. El semiólogo Umberto Eco la califica de autor modelo, que busca provocar una reflexión moral y espiritual, no simplemente bélica.

 

Ella falleció trágicamente en accidente automovilístico cuando apenas contaba con 41 años de prometedora vida, dejando profunda huella en la cinematografía universal. Allí tenemos a sus memorables rodajes como Calor, (1963), Alas, (1966), El comienzo de una era desconocida, (1967), Tu y yo, (1971), y la cinta póstuma Adiós a Matiora, la que rodaba cuando consigue la muerte en 1979, y que Klímov completó su rodaje abrumado por la tristeza. Desde ese momento el director comenzó a dejar atrás el tono irónico y humorístico y se adentra en la desesperanza y el vacío que lo conducen a rodar su cinta Ven y mira en 1985. Sin la cinta Ascensión, dice Elem Klímov, yo jamás hubiera creado Ven y mira.

Ven y mira. Masacre.

La película es la narración de las experiencias traumáticas de un joven, Fliora Gaishun, de 14 años interpretado magistralmente por Alekesi Kravchenko, y la actriz Olga Mironova como Glasha, la chica que le da compañía en los inicios del film en los tupidos bosques bielorrusos.  Los nazis no se ven en un primer momento, su terrible presencia inhumana va como desenvolviéndose hacia una monstruosa presencia a los ojos de los bielorrusos. Mucho de vivencia personal de Klimov niño, que sufrió la gigantesca y brutal batalla de Stalingrado, observamos en el film, el cual es como su exorcismo, nos dice el historiador del cine Olaf Rollen. La cinta no contiene ni una gota propagandística, sino que es el drama universal de la transformación humana en perversas entidades asesinas.

 

            Elem Klímov y el guionista Alés Adamóvich, que fue niño partisano él mismo, abordan en Masacre (Ven y mira) [Come and See (Idi i smotri, 1985), su última película, escribe Gregorio Martín Gutiérrez, las atrocidades cometidas por los nazis en suelo bielorruso. Fliora, el adolescente protagonista que se une voluntariamente a las filas de los partisanos, atraviesa un progresivo itinerario de devastación exterior y de destrucción interior. La inserción de dos bloques de imágenes de archivo en blanco y negro hacia el final del filme responde a la iniciativa por parte del autor de situar la ficción bajo el signo del documento y supone, además, un repentino brote de ensayo fílmico.

 Esas imágenes abren una intersección entre la ficción y la no ficción, planos que acaban por entrelazarse y cuestionarse mutuamente, planteando la posibilidad de que sea o no posible representar las experiencias traumáticas. A pesar de que en otros momentos del filme se muestre de modo explícito la violencia, en la secuencia de la quema de un granero en el que han sido hacinados los habitantes de una aldea, Klímov opta por eludir la representación del interior de éste, los campesinos y sus niños bielorrusos chamuscándose en las piras, y ubica, por lo tanto, este punto extremo de su ficción en el terreno de lo indecible.

 

A través de distintos mecanismos, agrega Gutiérrez, como la construcción expresionista del rostro de Fliora, que se va arrugando visiblemente durante el desarrollo del film, o un uso simbólico del sonido, Ven y mira, Masacre se adentra en el trauma del protagonista. De cualquier modo, Masacre rehúye en todo momento la (re)presentación de la guerra como espectáculo como en los hollywoodenses Enemigo a las puertas, (2001), y A la búsqueda del soldado Ryan, (1998), y se ofrece como un radical alegato pacifista que obedece a la voluntad de que aquellos hechos nunca caigan en el olvido.

   

Las diégesis como figuras literarias son magistralmente empleadas en la película. Un universo narrativo interno de la película, todo lo que ocurre “dentro” de la narrativa fílmica. Unas de ellas son los constantes zumbidos de las moscas que anuncian la muerte, el estruendo de las stukas alemanes que penetran los oídos de Fliora de modo insoportable, el espectador se sumerge en la mente del adolescente que desea adherirse a los partisanos bielorrusos. La cámara de cine se trasmuta en los ojos de Fliora: planos cerrados, movimientos erráticos, desenfoques. Los sonidos son de igual manera diegéticos: explosiones, gritos y silencios prolongados que reflejan un profundo trauma mental. La música extradiegética es casi inexistente, lo que refuerza la inmersión en el mundo interno de Fliora.

La violencia no se muestra directamente, como lo hace Steven Spielberg, sino que Klimov la sugiere, pues no observamos a los campesinos achicharrarse en el granero con sus niños, sino que lo intuimos. Es la secuencia más impresionante de todo el film, los soldados no solo incendian, sino que arrojan granadas y ametrallan el granero, aplauden ebrios y alborozados en aquella ordalía de terror y muerte. El director nos deja la posibilidad de que seamos, nosotros los espectadores, quienes visualicemos imaginariamente tan dantesco escenario del horror ocasionado por el fanatismo y la intolerancia de la Wehrmacht: los eslavos son subhumanos, los pobres generan el comunismo, no merecen existir, muera el judeo bolchevismo.

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 Al final del film, después del fusilamiento por parte de los andrajosos y sufridos partisanos bielorrusos, mujeres y hombres, de unos crueles nazis y sus colaboradores locales desesperados por la inminencia de sus muertes, un estiramiento de instantes de miedo en un juicio popular sumarísimo al que asiste Fliora con un bidón de gasolina y un fusil en sus manos, Klímov inserta imágenes reales de archivo en blanco y negro que contrastan y se funden con la narrativa ficcional del film rodada a todo color.

 Fliora descarga su fusil sobre un retrato de Hitler que navega en un charco de agua: un asesinato simbólico del Fuhrer, pero no se atreve disparar sobre el retrato del niño Adolfo Hitler en brazos de su madre. Las tropas nazis y juventudes hitlerianas, aviones y bombarderos de la Luftwaffe marchan en reversa, los edificios destruidos se recomponen, la pira de los libros prohibidos en 1933 retrocede y los libros se salvan, al igual que la figura de Hitler en su descapotado en un triunfal desfile da marcha atrás. La descomunal fuerza armada alemana en su guerra de exterminio étnico e ideológico en el pavoroso frente oriental abandona el suelo de la Santa Rusia, una idea que resurge en la era de Putin.

Se borran de tal forma los límites entre lo diegético y lo documental. La diegésis se convierte en memoria de un pueblo, memoria colectiva. El mundo narrativo no entretiene, sino que confronta en un espacio de horror, pérdida de la inocencia, memoria histórica sin caer en el espectáculo. Una convergencia entre lo real y lo simbólico.

El recurso literario de la diegésis, opuesto al de mímesis, ha sido magistralmente utilizado en la literatura latinoamericana. Universos ficticios, pero verosímiles, que observamos y vivimos en espléndidas obras literarias como Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, El siglo de las luces, de Alejo Carpentier, Pedro Páramo, de Juan Rulfo, Rayuela, de Julio Cortázar.

Observaciones a Ven y mira. Masacre.

La obra maestra del cine antibélico, no se puede hablar de la guerra en el cine hasta no haber visto esta obra maestra. sin embargo, comete fallos y vacíos: la figura del “padrecito de acero”, tal como llamaban a Stalin, y el culto a la personalidad que lo rodeó hasta su deceso, no aparece por ningún lado en las dos horas y 22 minutos de duración de la película. Recordemos que tras su muerte en 1955 la figura del geogiano cayó en descrédito y Klímov no pudo estar ausente de eses proceso iniciado por Krushov.  Pero durante la Gran Guerra Patria, sería imperdonable relegar la presencia de Stalin en Moscú cuando le recomendaban huyera hacia los Urales ante el indetenible avance alemán, fue decisiva su figura colocada en el Kremlin para darle tono moral y patriótico a la gigantesca confrontación. Los memorables discursos patrióticos de Stalin con el enemigo en las cercanías de la capital soviética en 1941, han debido ser tomados en cuenta por el director de Ven y mira.

Otra observación tiene que ver con el pavoroso clima polar que sufre Bielorrusia en invierno: la nieve siberiana no se muestra de ninguna forma, tal como acontece en el film Enemigo a las puertas (2001). Las temperaturas inferiores a 40 grados bajo cero y el pertinaz ataque de los partisanos provocaron serias derrotas a la Wehrmacht. El paisaje intrincado de Bielorrusia filmado en travellings interminables actúa como “cárcel abierta” de los nazis, y la neblina pertinaz sustituyen a la nieve como letal enemigo de los arrogantes invasores.

Pero la inmensa omisión que no le perdonaron los torpes burócratas de la kultur de la Unión Soviética a Klímov fue la del gigantesco y bien apertrechado Ejército Rojo dirigido por Stalin desde Moscú, sin el cual la liberación de Bielorrusia hubiese sido poco menos que imposible. Los partisanos bielorrusos, en número de unos 270 mil efectivos, hicieron una notable contribución a la derrota nazi en su patria, pero por sí solos jamás hubiesen logrado lo que la gigantesca Operación Bagatrion, el Día D Soviético en 1944, con 2.300.000 soldados, hizo para derrotar a los nazis en el frente oriental y dejar abierto el camino para el asalto final a Berlín.

Klímov deja de lado toda atención a los judíos bielorrusos, una floreciente comunidad que erige sinagogas, escuelas religiosas y que activaron la cultura en lengua yidish. Unos 500 mil judíos fueron exterminados por la Alemania nazi en LA Rusia Blanca, pero nuestro director no muestra ninguna escena del enorme sufrimiento hebraico: guetos, fusilamientos masivos, quema de sinagogas. Una cultura que erige tantos y poderosos simbolismos, tales como la Estrella de David, la Menorá o candelabro de siete brazos, el Shofar o cuerno de cordero, así como las festividades como Rosh Hashaná o Yon Kipur, de ninguna manera ocupan la rica sensibilidad del director de la cinta.

 

Es un sufrimiento colectivo, sí, pero Klímov no destaca el holocausto hebreo en esa sufrida república soviética. Hubiese sido una más aguda exploración espiritual y existencial del mal si el director hubiese destacado ampliamente a los askenazis del Este europeo. Es posible que Klímov, que centra su atención en las zonas rurales y a que el movimiento partisano, actúa desde allí, desenfocó su mirada de los centros urbanos bielorrusos, donde existieron pujantes comunidades hebraicas en Minsk, Brest, Vitebsk, Mogilev, urbes con barrios judíos, escuelas, mercados y sinagogas. En Minsk existían periódicos, escuelas y teatros en yidish. Ellos tenían en las ciudades sus propios consejos, tribunales religiosos y estructuras educativas, centros de estudios talmúdicos, fundaron el Bund o socialismo judío, la Haskalah o iluminismo judío, y activaron el sionismo. En ningún momento debemos olvidar que Marc Chagall, nativo de Vítebsk, realiza un originalísimo cruce entre la cultura europea y la tradición hebrea en sus pinturas y lienzos.  

 

 

Una curiosidad llena de simbolismo es la aparición breve de un adorable mamífero africano, el Lémur, en las manos del oficial de alto rango alemán, el anciano Walter Stein, que dirige el exterminio de los subhumanos bielorrusos en la atribulada aldea arrasada por candela, ametrallamiento y cargas explosivas, dirigiendo las odiadas S.D. Comandos de Incineradores, 118.º batallón nazi de la Schutzmannschaft, que contaron con apoyo local.

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 ¿Qué nos quiso decir Klimov al incorporar a tan exótico mamífero a su film? Se nos ocurre pensar que está como asociado a un fallido proyecto de los nazis de enviar grandes contingentes de judíos a la isla de Madagascar en el océano Indico, patria chica de los lémures.  El 12 de noviembre de 1938, Hermann Göring le propuso a Adolf Hitler el Plan Madagascar para erradicar a los judíos, para borrar su existencia de los territorios del Reich y confinarlos en la remota isla africana. Cuando en el film Ven y mira, va a dar comienzo la espantosa y diabólica incineración de niños y adultos, una mano anónima cubre con un casco alemán la diminuta figura del animalito, una como cancelación simbólica de tan grotesco e inhumano proyecto nazi.

Cine antibélico.

Klímov no exalta la violencia y no se ocupa de construir una epopeya bélica en donde 2 millones de bielorrusos perecieron, tal como lo hace el estado soviético desde que aplasta la Alemania nazi. La guerra es mostrada como una experiencia terrible, sin gloria ni redención. La banalidad del mal, en palabras de Hannah Arendt. Es Ven y mira una denuncia universal contra la guerra, diametralmente opuesta a la oficialista, cruda en su realismo y recreación de combates Los 28 hombres de Panfilov (2016), patrocinada por la Federación Rusa y el presidente Vladimir Putin. Es una clara intención, diría Marc Ferro, de crear un mito histórico en una narrativa fílmica.

  El Script también cuenta: 'La batalla de Argel', drama bélico de ...„Apocalypse Now“ auf Netflix: Läuft der Kultfilm auf Netflix?

La cinta Ven y mira es una joya de culto de la cinematografía antibélica de todos los tiempos, equiparable a Senderos de gloria (1957), Sin novedad al frente (1930), Apocalipsis ahora, (1979) La lista de Schindler (1993), La batalla de Argel, (1966). Debemos mirar de nuevo la cinta de Elem Klímov y a las demás, pues la intolerancia, el racismo y la persecución ideológica no se encuentran en términos de desaparecer, sino que rebrotan constantemente con fuerza inusitada sobre la faz de nuestro atormentado planeta Tierra. Gaza es palmariamente una muestra terrible de lo que puede la maldad humana.

Carora,

Estado Lara,

República Bolivariana de Venezuela,

 jueves 28 de septiembre de 2025.

 

 

 

 

 

 

 

 


Qué pensabn los fundadores del Colegio La Esperenza

 

 

¿Qué pensaban en 1890 los fundadores del

Colegio La Esperanza de Carora, Venezuela?

Luis Eduardo Cortés Riera.

cronistadecarora@gmail.com

¿Cuáles eran las coordenadas mentales de las personas que dieron inicio a la educación secundaria el 1º de mayo de 1890 en una remota ciudad del semiárido larense venezolano llamada Carora? ¿Cuáles eran los hábitos mentales establecidos en aquella minoría social, los patricios de Carora, artífices de la fundación del Colegio particular La Esperanza o Federal Carora? ¿Cuál el estado del conocimiento y de la ciencia finisecular? ¿Cómo era la vida cotidiana de las elites educadas?

Primero: pensaban los “patricios caroreños” que la secundaria era un nivel de la educación exclusivo para personas de sexo masculino de las clases acomodadas. Ellos dominaban el activo comercio y eran los dueños de las mejores tierras. Carora, como toda Venezuela, era una sociedad fuertemente patriarcal que consideraba a las damas como poco apropiadas para recibir tan aristocrática y semiclásica educación. Existía como una justificación religiosa de aquella discriminación por el sexo para recibir conocimientos y saber que ya había advertido y condenado sor Juana Inés de la Cruz en el siglo XVII. Entre 1890 y 1899 egresaron del plantel caroreño 28 flamantes bachilleres en Ciencias Filosóficas. Ninguno era mujer. Casi todos eran hijos de los llamados “godos de Carora.”

Esta educación propiciaba la separación social en un cuerpo social donde una minoría de unas 800 personas de ascendencia hispánica y canaria, los godos de Carora, se imponía culturalmente al resto de la población que era en su mayoría analfabeta, una tragedia de la cultura que rondaba el 80 por ciento de la población venezolana en aquellos años finales del liberalismo amarillo finisecular. Nadie sospechaba que un oscuro militar tachirense, el general Cipriano Castro, iba a ser el enterrador histórico del viejo y gastado liberalismo venezolano del siglo XIX que había fundado el general Antonio Guzmán Blanco...  

El Dr. Ramón Pompilio Oropeza, Rector fundador del instituto, hizo notables esfuerzos para admitir a las damas en el Colegio La Esperanza o Federal Carora, lo que finalmente se logra en el año escolar 1931-1932, cuando ingresan al plantel las señoritas María Luisa Rodríguez, Emérita Acosta, Sacramento Suarez y Leoncia Castañeda. Otra destacable voluntad en ese sentido se la debemos a un exalumno del Colegio, el Doctor en Agronomía Rafael Tobías Marquís, quien en 1914 funda el colegio para señoritas llamado Liceo Contreras, instituto donde se editaba una revista de corte femenil llamada Minerva. Murió en 1922 en Valera este incomprendido educador y científico caroreño.

Un pensum anacrónico.

El historiador de la educación, profesor Miguel Ángel Mudarra, dice de nuestra anacrónica educación secundaria del siglo XIX lo siguiente:

“De inveterada tradición humanística y reflejo del bachillerato francés que suplantara al tipo de instituto colonial de ascendencia hispánica, y por lo tanto medieval, nuestra secundaria del pasado siglo prestó poco interés por el experimento aplicado a las ciencias físicas, matemáticas y naturales”.

Eran 22 jóvenes los “zapadores del pensamiento”, la mayoría extraídos del patriciado caroreño, los que comenzaron sus clases marcadamente humanísticas del Colegio La Esperanza, donde con dificultad se asomaban las ciencias naturales: la Física y la Geografía. No existían todavía las ciencias biológicas, ni la botánica ni la zoología. El cuerpo humano y la forma en que funciona, sus enfermedades, no fue centro de atención académica en las décadas iniciales de nuestro Colegio. Se daba prioridad a la psique sobre lo somático, a pesar de que había médicos y farmaceutas como docentes del plantel. 

El positivismo francés había entrado fulgurantemente en la Universidad de Caracas en 1863 con los doctores Adolfo Ernst y Rafael Villavicencio, pero tuvo un formidable obstáculo en el carácter marcadamente semiclásico y humanístico de nuestra instrucción. La experimentación, rasgo fundamental de la modernidad, apenas se insinuaba en las aulas del Colegio La Esperanza. Pensamos que no había un espacio definido para los laboratorios y es posible que la experimentación era mencionada teóricamente, observada en los libros de texto, no en vivo como debe ser.

             Es muy probable que inicialmente no existieran en La Esperanza los “gabinetes de experimentación”, los que eran importados de Francia, producidos por la afamada Casa Deyrolle. A fines del siglo XIX la Física era una ciencia con enormes problemas y los científicos creían, erradamente, que ya había llegado a sus límites, afirma Otto Frich (La nueva física, 1973, p.143). El flogisto y la física del éter, dos conceptos hipotéticos superados a fines del siglo XIX, resonaban en las aulas del plantel que funcionaba en una vieja casona del siglo XVIII, ubicada en la calle del Comercio de Carora. En 1897 fue descubierto el electrón por Thompson, lo que lleva a dudar de aquellas elucubraciones “científicas” de entonces.

 Era un hecho consumado que el planeta Marte estaba habitado por vida inteligente, tal como lo demostró el italiano Giovanni Schiaparelli en 1877. Era una comidilla frecuente que el planeta rojo estaba cruzado por una serie de canales construidos por alguna inteligencia que conducían agua desde los casquetes polares hasta el desolado ecuador marciano. Era ciencia incontrovertible que muy pocos ponían en duda, a pesar de que se debió a una ilusión óptica y a una mala traducción desde el italiano de la palabra canal.

La censura del pensamiento.

Libros prohibidos. La Iglesia Católica prohibía ciertas lecturas por considerarlas inmorales, heréticas, perniciosas para la fe, prohibiciones que se trasladan con naturalidad al sistema educativo. En una ciudad levítica como Carora, leer Vida de Jesús (1863) de Auguste Renan era sacrílego, lo mismo que comentar la idea de la muerte de Dios, del filósofo alemán Frederick Nietzsche, fallecido en 1900. El origen de las especies, escrito por Charles Darwin en 1859, sufre también el anatema del silencio. Vivimos, dirá Mariano Picón Salas, bajo los efectos del Concilio de Trento del siglo XVI.

Los libros de libre circulación y admitidos por una censura tomada como normal, eran la Gramática de Andrés Bello, editada en 1847, El criterio, del sacerdote español Jaime Balmes (1810-1848), Manual de urbanidad buenas maneras (1853), de Manuel Antonio Carreño, entre otros.

 La práctica de la masonería era casi imposible, y lo mismo podríamos decir de las enseñanzas de los espiritualistas del francés Alan Kardec, (1804-1869) y el español Joaquín Trincado, (1866-1935). A mediados de los años 1950 un médico caroreño egresado de la Universidad Central de Venezuela, Dr. Pablo Álvarez Yépez, intenta fundar el Rotary Club en Carora, idea que recibe una reprimenda moral del conservador obispo Pedro Felipe Montesdeoca, quien afirmaba que es un club de la masonería. Logrará finalmente el galeno ¡en 1964! fundar tal club de servicios inspirado en las ideas del estadounidense Paul Harris (1868-1947).

Las lenguas muertas.

            La lengua latina y el Griego eran obligadas cátedras que dominaban el plan de estudios de la nueva institución. El Latín, afirma Octavio Paz, ya había dejado de ser una lengua universal desde el siglo XVII. Esta lengua desaparecida era eje curricular del pensum y se le daba prioridad sobre las lenguas vivas, el castellano y el francés. La lengua latina se enseñaba en dos niveles, 1º y 2º año, cátedras que fueron abiertas ¡8 veces! desde 1890 hasta 1900, en tanto que la Gramática Castellana se abrió apenas una vez, en 1897-1898. Era, pues, mas importante dominar el latín, lengua de la catolicidad, que la lengua materna, el castellano.

 El escritor y ministro de instrucción Eduardo Blanco (1832-1912), era partidario de eliminar el Griego “por tener poca aplicación.”. En nuestro Colegio caroreño esta difícil cátedra o “clase” fue abierta cinco veces, y la administraba el médico Dr. Lucio Antonio Zubillaga. Todavía en la década de 1960 se enseñaban estas lenguas muertas en los liceos venezolanos. En los días que corren ya fueron borrados de los programas de educación media. Las lenguas modernas como el francés se enseñaron en Carora desde 1895, en tanto que el alemán lo hizo en 1914. La lengua de Shakespeare brilla por su ausencia en el siglo XIX en el Colegio Federal Carora y deberá esperar hasta 1916 para ser enseñado acá.

Esta obstinada pervivencia de los idiomas muertos en nuestros planes de estudios secundarios y universitarios revela, dice Darcy Ribeiro, la enorme influencia que el latín y el griego han tenido en la conformación de una mentalidad de élites en América Latina. Soltar una frase en la lengua del Lacio era signo de distinción y de apartamiento.  Los godos de Carora, clase social endogámica, biológica y culturalmente, reafirma con el uso de las lenguas muertas su carácter de clase social diferente, destinada a gobernar al resto de los mortales.

            La Retórica, arte de la argumentación y la persuasión, tenía un sabor medieval y era parte del trívium y el cuadrivium de la Escolástica. Fue en 1898 cuando se empieza a enseñarla en el Colegio Federal Carora. Desaparecerá después de 1911, año en que se reabre el instituto luego de la terrible supresión desde 1900 ocasionada por el presidente Cipriano Castro y el Dr. Félix Quintero, su flamante ministro de instrucción. La palabra retórica tiene actualmente significado peyorativo, no así en nuestro ya lejano siglo XIX, cuando era un verdadero arte, muy cultivado en este continente de la palabra que es América Latina.

            Nuestro bachillerato en '''ciencias filosóficas" era una rémora del pasado, un plan de estudios que estaba orientado por una concepción filosófica superada, esto es, la unidad de ciencias naturales y filosofía, y, por lo tanto, estaba muerta. Pese a todo, dicha tradición clásica y humanística hizo posible que nuestra reflexión se orientara hacia lo socio-histórico, lo político, la literatura, el derecho, ámbitos del conocimiento que produjo obras admirables.

Carora tuvo hijos muy destacados en las humanidades: los hermanos presbítero doctor Carlos y Cecilio Zubillaga Perera, doctor Ramón Pompilio Oropeza, bachiller Federico Carmona, fundador del diario El Impulso en 1904, doctor Juan José Bracho, doctor Rafael Tobías Marquís, Dimas Franco Sosa, bachiller José Ramón Perera, doctor Lucio Antonio Zubillaga, doctor Ildefonso Riera Aguinagalde, doctor Juan Agustín de la Torre, doctor Ezequiel Contreras, Juan Bautista Franco, doctor Lázaro Perera, Críspulo Uzcátegui, doctor Julio Segundo Álvarez, doctor Jaime Blanch, para solo mencionar los del siglo XIX.

 

Referencias.

Bibliográficas.

Álvarez. Alberto. (1987) Biografía de Ramón Pompilio Oropeza. (Mimeografiada).

Cappelletti, Ángel. 1994.Positivismo y Evolucionismo en Venezuela. Monte Ávila Editores. Caracas, Venezuela. 

Carmona, Juan. (1968) Nuestra Carora del 900. Gráfica Americana. Caracas, Venezuela.

Cortés Riera, Luis Eduardo. (1997) Del Colegio La Esperanza al Colegio Federal Carora, 1890-1937. Fondo Editorial Alcaldía del Municipio Torres, Fundación Buría. Carora, Barquisimeto, Venezuela.

Fernández Heres, Rafael Memoria del Ministro de Instrucción. 1890. Fernández Heres. T. III.

------------------- (1968) La Enseñanza del Griego en Venezuela. Universidad Central de Venezuela. Facultad de Humanidades y Educación. Instituto de Filología Clásica. Caracas.

 Mac Pherson, Telasco. (1981) Diccionario del Estado Lara. Biblioteca de Autores Larenses Ediciones de la Presidencia de la República. Caracas.

Mudarra, Miguel Ángel. (1978) Historia de la legislación' Escolar Contemporánea en Venezuela. Publicaciones Mudbell. Caracas, Venezuela.

Perera, Ambrosio. (1967) Historial Genealógico de Familias Caroreñas. Gráfica Americana. Caracas. 2 Vols.

 

Perera, José Ramón. (1932) Datos para la Historia del Colegio La Esperanza. Editorial Sur Americana. Caracas.

 

 Silva Uzcátegui. Rafael Domingo (1969) Enciclopedia Larense. T. II.

Manuscritas.

Libro de Matrícula del Colegio Federal Carora. (1890-1948)

Libro de Actas de Exámenes del Colegio Federal Carora. s.f.

 


Carlos Duarte

 

Carlos Federico Duarte Gaillard

o la imagen visual de la Colonia.

Luis Eduardo Cortés Riera.

 cronistadecarora@gmail.com

Negación del pasado hispánico.

                                        En un país como el nuestro, Venezuela petrolera saudita y pitiyanqui (la expresión es de Don Mario Briceño Iragorry), donde se desprecia el pasado colonial hispánico de manera casi que como sistemática, la figura de don Carlos Federico Duarte Gaillard se agiganta tomando dimensiones verdaderamente grandiosas y colosales.

                                        Fue este eminente restaurador e historiador caraqueño quien nos hizo ver una realidad de forma visual que muchos obcecadamente niegan: “España nos abraza a todos; es, en cierta manera nuestro lugar común, España nos dio, por lo menos, la mitad de nuestro ser. La medida de nuestro odio es idéntica a la medida de nuestro amor (por España)”, afirma tajantemente el escritor mexicano Carlos Fuentes (El espejo enterrado. Nueva meditación sobre América Latina. P. 15, 16 y 17).

                                        Cuando nos enteramos apesadumbrados del fallecimiento de don Carlos Duarte el pasado 6 de febrero de 2024, pensé inmediatamente en una observación que hace Ramón Pompilio Oropeza, estudiante caroreño de la Universidad en 1889 acerca de la conducta “irrespetuosa a la Casa de Dios sobre todo en las grandes festividades, poquísimas son las personas que están allí con el respeto debido, en una palabra, los templos parece que se convierten en teatro (en Caracas). Ojalá que por allá (en Carora) no nos llegue esta clase de civilización.”

                                        Esa casa de Dios a la que se refiere el joven bachiller Oropeza no es otra edificación que la antigua Catedral de Caracas, magnífico templo colonial hispánico al cual Carlos Duarte entrega lo mejor de sus esfuerzos durante muchos años, junto al arquitecto italiano Graziano Gasparini. Este par de notables restauradores escribieron a cuatro manos una obra de excepcional calidad y que atesoro en mi biblioteca: Historia de la Catedral de Caracas, Grupo Univensa,1989, 238 páginas.

                                        El arquitecto italiano y docente de la Universidad Central de Venezuela Graziano Gasparini (1924-2019) fue el encargado de restaurar la antigua Iglesia de San Juan de Carora, arquitectura de factura marcadamente insular canaria, en ocasión del Cuatricentenario de esta rancia urbe del semiárido occidental larense en 1969. Aun lo recordamos cuando le daba un vistazo al soberbio órgano barroco de la Iglesia que -debemos denunciar con dolor- se haya inoperativo hogaño.

                                        En la introducción a la Historia de la Catedral de Caracas, nos dicen los autores que “La actual Catedral Metropolitana de Caracas fue, y hasta cierto punto sigue siendo, uno de los monumentos más importantes de la ciudad. Acto seguido nos revelan lamentados que “La decadencia que actualmente se observa en ella, y la cual se origina a partir del terremoto de 1812 y que prosiguió con las sucesivas destrucciones y desaciertos en su conservación, han hecho que hoy se halla perdido el sentido de calidad que prevaleció originalmente en ese edificio.

                                        La Iglesia Católica, institución que nuestros pensadores positivistas calificaron como “nido de fanatismo”, ha tenido sin embargo un alto sentido estético y de la cultura que quizás se haya perdido para siempre. Su esplendor barroco llega a su cénit a finales del siglo XVII y continua en el siglo XVIII. Sin embargo, a pesar de la Guerra de Independencia y la insensibilidad e ignorancia de sus custodios del siglo XIX y del presente siglo XX, la Catedral refleja aun en ciertos aspectos de su arquitectura y en algunos de sus muebles, esculturas, pinturas y orfebrerías, el esplendor que tuvo en el pasado, valoran Duarte y Gasparini.

                                        Estos autores destacan tres estilos artísticos por los cuales ha atravesado la historia de la Catedral caraqueña: el barroco de inspiración en el Concilio de Trento del siglo XVI y la obra de los sacerdotes jesuitas; el rococó como reacción francesa al barroco; y finalmente el neoclásico como reacción a los dos anteriores estilos, y que se manifestó a fines del XVIII, siglo de la Razón.

                                        Dicen además los autores que la Catedral fue uno de los centros culturales de mayor importancia en Venezuela hispánica. Proporcionó una fuente importante de trabajo y estímulo a los artistas locales, que produjeron estupendas obras de talla, escultura, pintura, platería, orfebrería, fundición, dorado y bordado, además de que se convirtió también en un centro de estímulo favorecedor del movimiento musical caraqueño, la Escuela de Chacao.

                                        El edificio y su contenido han soportado una contínua destrucción y empobrecimiento, que se agudiza en la primera mitad del siglo pasado. “Por esta razón, dicen los autores, el libro que hoy presentamos pretende reconstruir y salvar gráficamente la imagen esplendorosa de lo que fue aquel monumento a través de su historia. Buena parte de esos testimonios, vergonzosamente destruidos en nuestro siglo.”

                                        Pero todo no ha sido destrucción, “es justo reconocer, dicen Duarte y Gasparini, que se han realizado restauraciones de la nave de San Pedro, las cuales son las primeras que se han realizado en la Catedral de Caracas con carácter científico, las que le han devuelto a esa capilla parte de su carácter original y sentido estético…se ha preservado lo poco que queda del pasado.”

Influencia mudéjar en nuestra arquitectura colonial.

                                        Debemos destacar con asombro  que en 1986 se hizo un descubrimiento sensacional durante las obras de restauración de la Catedral de Caracas: El techo es desmontado cuidadosamente  y se descubre bajo un falso techo del presbiterio el artesonado policromado, de estilo mudéjar, lo que constituye una suerte de censura católica a la influencia morisca en nuestra cultura que  se realiza en 1867, en tiempos del obispo Guevara y Lira, y que continuó bárbaramente en 1933 cuando desapareció la techumbre mudéjar de par y nudillo para ser sustituidas por platabandas de horrible concreto, por una orden inveterada y muy torpe del arzobispo Felipe Rincón González, obra de destrucción que continuó con el arzobispo Cardenal José Humberto Quintero en 1966, dicen Duarte y Gasparini.

                                        Un artesonado es una techumbre con decoración de madera que se usa frecuentemente en la arquitectura andalusí y mudéjar en la Península Ibérica. Tiene la forma de una artesa invertida, de allí su nombre. Es una maravillosa muestra de la carpintería mudéjar existente en Venezuela colonial que permaneció olvidada hasta hoy.

                                        Ese techo -dicen Duarte y Gasparini- fue decorado en 1817 por Maximiano Ochoa, en plena Gesta de Independencia. La extraordinaria y muy elegante geometrización del artesonado de la Catedral de Caracas es verdaderamente sorprendente: está dividido en cinco cuarteles, cuatro de ellos de forma triangular, y uno de forma cuadricular que ocupa su centro. Su restauración fue extremadamente complicada y permitió salvar la totalidad de la techumbre original que se había podrido o se había desintegrado.

¿Quién era Carlos Federico Duarte Gaillard?

                                        Nace Carlos Duarte en la Caracas de los techos rojos el 4 de enero de 1939, hijo de un prominente matemático y astrónomo llamado Francisco Duarte. Su gusto por la restauración se inicia en 1959 en la Galería de Arte Nacional (GAN). Estudia restauración en Inglaterra en la famosa Natinoal Gallery y en el Victoria y Albert Museum. A su regreso labora en la GAN y el Museo de Bellas Artes. En 1987 ocupa el sillón “I” de la Academia Nacional de la Historia de Venezuela, su discurso de incorporación se refirió a La fiesta del Corpus Christi en la Caracas hispánica. Recibió la Orden Andrés Bello, la Orden Francisco de Miranda.

                                        Fue un prolífico investigador y escritor.  Entre sus más de cincuenta publicaciones podemos destacar: Casimiro Isava (Noviercas, 1734 – Cumaná, 1802) Un Ingeniero Militar de la Ilustración en Venezuela. España 2019; La casa de Don Juan de Vegas y de Don Felipe de Llaguno. Dos casas emblemáticas de la Caracas del siglo XVIII. 2012; Nuevos aportes documentales a la historia de las artes en la Provincia de Venezuela. (Período Hispánico), 2008; Historia de la Herrería en Venezuela. Período Hispánico, 2007; El Arte de Tomar el Chocolate. Historia del coco chocolatero en Venezuela, Caracas 2005; Grandes Carpinteros del Período Hispánico Venezolano. 2004; Historia de la Casa Natal de Simón Bolívar y aportes documentales sobre la Cuadra Bolívar, 2003; Patrimonio Hispánico Venezolano Perdido. Con un apéndice sobre el arte de la sastrería, Caracas 2002; La vida cotidiana en Venezuela durante los Siglos XVII, XVIII y comienzos del siglo XIX (2 tomos), 2001. No debemos olvidar la memorable Historia de la Catedral de Caracas, 1989, escrita con Graziano Gasparini, bellísima y bien cuidada obra que nos inspira escribir este trabajo.

                                        Podríamos decir que la obra de rescate del pasado hispano de Carlos Duarte es la continuación espléndida por lo visual y colorido de la nueva perspectiva histórica que iniciaron en la centuria pasada los llamados “revisionistas históricos”, donde resaltan los nombres de Mariano Picón Salas y Mario Briceño Iragorry. Ellos sostenían que la Colonia no debía verse con telescopio, como se había acostumbrado, sino con lupa, acercándonos a ella. Que la cultura de Venezuela en sus pilares fundamentales, lengua castellana y catolicismo, se formó en esos largos 300 años de coloniaje, proceso que no se cancela ni mucho menos en 1810 o en 1811 con la Independencia, sino que continúa hasta el presente.

Una moraleja duartiana.

                                        Resulta verdaderamente dramática y preocupante la afirmación de Carlos Federico Duarte en el sentido de que en nuestro pasado colonial hispánico gozábamos los venezolanos de mejor y más nítido gusto estético que en el presente. Hogaño vivimos en la que llamó el sabio caroreño Cecilio “Chío” Zubillaga, la cultura del pastiche. El mal gusto, lo kitsch, en casi todos los órdenes campea entre nuestros ciudadanos sin importar clase social.  Donde posemos la mirada o el oído impera lo cursi, “chabacano” y vulgar, lo que constituye un auténtico peligro para la cultura. La llamada industria cultural y el mercado nos imponen horrorosos criterios disque estéticos: la “estética Barbie”, por ejemplo, ñoña, engolada y vistosa, revela la ausencia de estilo de manera dramática.

                                        Los hispanoamericanos de hace tres o más centurias sí que tenían criterios estéticos definidos, unas definiciones precisas que derivaban del trono y del altar: nuestra excelente cultura barroca que será difícil o cuando menos imposible de superar. No somos, como se podría creer, nostálgicos del pasado colonial, no. Lo que advertimos con el Maestro Carlos Federico Duarte es que carecemos en la actualidad de respuestas estéticas genuinas y definidas. Será en todo caso lo que sufrimos sea una antiestética, moralmente dudosa, mescla caótica de estilos, amalgama sin pies ni cabeza: una falsa y alienada conciencia. Un pueblo pasivo que soporta tal bombardeo del mal gusto y de lo obsceno es incapaz de preservar y de mantener lo nacional venezolano.

                                        Necesitamos de una nueva sensibilidad, unos criterios estéticos firmes y definidos, una valorización de la alta cultura, para desde esos pivotes básicos construir la Venezuela del tercer milenio.

Gracias, don Carlos Federico Duarte, por abrirnos el camino.

Carora, Estado Lara,

República Bolivariana de Venezuela.

10 de mayo de 2024.

 

 

 

 

 

 

 

 


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