domingo, 15 de agosto de 2021

Jacqueline Clarac de Briceño y el ánima de Jacinto Plaza


Cuando llegué a la Universidad de Los Andes, en 1972, me encontré con una dama excepcional, muy culta y excelente docente, que era mi profesora en la Escuela de Historia en la asignatura Introducción a la Antropología. Se trataba de la antropóloga guadalupense Jacqueline Clara de Briceño.

Cuando llegué a la Universidad de Los Andes, en 1972, me encontré con una dama excepcional, muy culta y excelente docente, que era mi profesora en la Escuela de Historia en la asignatura Introducción a la Antropología. Se trataba de la antropóloga guadalupense Jacqueline Clarac de Briceño, graduada en la Escuela de Antropología de la Universidad Central de Venezuela poco antes de mi arribo a la ciudad de Mérida. Sus clases eran muy animadas y nos abrían territorios desconocidos del conocimiento para nosotros. Ella me hizo amar la ciencia de Frazer y Lévi-Strauss.

Había sido profesora de la lengua de Voltaire en el antiguo Liceo Lisandro Alvarado de Barquisimeto en los años 1950, allí conoció a su futuro esposo, el filósofo palmaritense José Manuel Briceño Guerrero, y tuve la enorme satisfacción de ser discípulo de tan extraordinario matrimonio intelectual y académico. Bajita y delgada, parecía que el clima nocturno y frío de Mérida la hacía vestir como a la europea. Recuerdo que cuando alguien hacia una intervención en sus clases pedía al alumno levantarse del asiento. Aproveche aquella oportunidad para decirle que el espíritu igualitario del venezolano no era propicio para hacer que su petición se cumpliera. No estábamos en un país de lengua francesa, en donde se acostumbra poner de pie a los estudiantes. Parece que me entendió, pues no volvió hacer tal petición.

Había entre los estudiantes una joven dominicana que usaba una peluca horriblemente postiza, de color amarillo, que muy poco le cuadraba con su piel morena. A medida que avanzaba el semestre la profesora Jacqueline iba hablando del endorracismo y de la forma en que los descendientes de los africanos quieren ocultar sus rasgos negroides, como sucede en el Senegal en los días que corren. Sucedió entonces que aquella muchacha quisqueyana se aparece a clases un día sin lucir aquella peluca de mal gusto que ocultaba su finísimo pelo ensortijado. Quedé desde entonces gratamente sorprendido de aquel triunfo del conocimiento sobre los prejuicios y complejos que han acompañado siempre a la humanidad.

Fue para mí triste que aquel maravilloso curso con tan sabia mujer terminara tan pronto. Allí nos hizo conocer la profesora Clarac unos autores que desconocíamos. Cabe destacar Los condenados de la tierra, con prólogo del filósofo Jean Paul Sartre, escrito en 1961 por un médico de la isla de Martinica llamado Frantz Fanon. Otro fue Las américas negras, del antropólogo francés Roger Bastide, Casa grande y senzala (1933) del antropólogo brasileño Gilberto Freire, y no podía faltar La rama dorada, del insigne antropólogo británico sir James Frazer. Hicimos los estudiantes exposiciones en clases, lo cual constituyó para nosotros una experiencia docente muy útil y provechosa para nuestro venidero ejercicio docente.

Pero lo más hermoso fue que ella nos anima con mucho tacto y sabiduría realizar investigaciones de campo en antropología. Después de darnos unas recomendaciones básicas, me animé realizar un estudio del Ánima de Jacinto Plaza, un muerto milagroso que está enterrado en el Cementerio El Espejo, ubicado en el centro de la ciudad de Mérida. Es el ánima protectora de los estudiantes, quienes, agradecidos por sus triunfos académicos en esa ciudad estudiantil andina, depositan en su tumba, que es una capilla, fotos de actos de grado, libros, cuadernos y diplomas obtenidos por su benévola y oportuna intercesión.

Entre las recomendaciones que ella nos da estaban la de que fuéramos los más objetivos posibles, que dejáramos de lado las descripciones literarias y ampulosas. Así fue como me mudé al cementerio El Espejo con un fajo de fichas para ir anotando mis observaciones de tan curioso fenómeno de un ánima protectora de los estudiantes, que guarda ciertas similitudes con la del ánima protectora de los choferes, el Hermano Domingo Antonio Rivero Sánchez, que yo conocí en Carora, vía a Puente Torres de la mano del profesor Expedito Cortés, mi padre.

Anoté con mi firme letra de molde y en lápiz de grafito unas veinticinco o treinta observaciones, una en cada una de las fichas que luego entregué entusiasmado a la profesora Clarac y que recibe encantada, con el rostro pletórico de emoción en el salón de clases. Entre ellas puedo recordar después de medio siglo, el tipo de persona que al sepulcro de Jacinto Plaza asistían, su sexo, edades aproximadas, nivel socio económico. En otras fichas anoté el texto de algunas placas, su fecha y lugar de procedencia de las personas que agradecen un favor al ánima de los estudiantes. De igual manera tomé nota del nombre del guardián de aquel sepulcro maravilloso, dónde vivía, su horario de trabajo y el salario o remuneración que recibía. Otro tanto hice del tipo de flores depositadas al difunto, las velas y cirios, coronas, los curiosos objetos dejados allí, tales como zapatos ortopédicos, monturas de lentes, bastones y garrotes, las horas preferidas para visitar la tumba. Aquello fue para mi persona unos momentos sumamente gratificantes y que ayudaron a despertar en mi la inclinación por conocer las manifestaciones mágicas y religiosas de nuestro pueblo creyente. Cuando muchos años después, en 2003, realicé mis investigaciones sobre las hermandades y cofradías de la Iglesia Católica en Carora desde la perspectiva de análisis de la Escuela de los Anales francesa, recordaba las magníficas y edificantes lecciones que me dio esta brillante antropóloga venida de Las Antillas francesas a dar luz y conocimientos en la tierra de Bolívar.

Termina el semestre y continuo mis estudios en la especialidad de Historia Universal con otros eminentes profesores de la Facultad de Humanidades merideña. Mi sorpresa fue mayúscula pues al cabo de unos meses recibo una invitación de la profesora Jacqueline Clarac para realizar otra investigación antropológica, esta vez entre los campesinos de la Otra Banda de Mérida, sus ritos y mitos, sus ideas de la salud y la enfermedad, propiedades agrarias, tipos de cultivos, sus vocablos arcaizantes que delataban un sustrato aborigen timoto-cuica. Hice un recorrido a pie por aquellas agrestes veredas y entrevisté a varios amables campesinos, casi analfabetos. Durante aquella investigación me motivé adquirir con mi beca de 400 bolívares mensuales de la Universidad algunos libros sobre antropología, uno de los cuales fue Antropología estructural, del eminente antropólogo francés Claude Lévi-Straus, quien por entonces estaba en la cima de su popularidad y reconocimiento mundial con su análisis estructural de los mitos entre los pueblos primitivos.

Egresé de la Universidad de Los Andes en 1976, hace ya 45 años y en mi recuerdo permanece agradecido la profesora venida de una minúscula isla del Caribe francófono. Pasaron los años y en la actualidad tengo entre mis manos sus magníficos libros: El lenguaje al revés (aproximación antropológica y etnopsiquiátrica al tema) (2005); Diosas, musas y mujeres (1993); Hacia la Antropología del siglo XXI (1999); y El discurso de la salud y la enfermedad en la Venezuela de fin de siglo (2000). Obras que han sido editadas por el estado venezolano en la editorial El Perro y la Rana y que he podido leer en Librerías del Sur, recinto de la cultura y del saber adjunto a mi Oficina del Cronista Oficial del Municipio Torres, Carora.

La doctora Jacqueline Clarac de Briceño ha hecho notables contribuciones para entender el mito nacional de María Lionza, y ha tenido la enorme audacia de afirmar que estamos en presencia de una religión en estado de formación. Pienso que esta notable investigadora, Premio Nacional de Humanidades y Premio Nacional de Cultura, se encuentra colocada entre los grandes de la ciencia antropológica en Venezuela, tales como Miguel Acosta Saignes, Angelina Pollak-Eltz y Federico Brito Figueroa, mi Maestro.

Un abrazo cordial a la doctora Jacqueline Clarac desde Carora, antigua ciudad del siglo XVI, en donde dicto magisterio en la Universidad Politécnica Antonio José de Sucre. En mi cátedra de Antropología Cultural que dicto a los futuros ingenieros rurales, los trabajos de la profesora que vino del Mar Caribe y de la isla donde nació Saint-John Perse, son de obligatoria referencia y de fructífera, apasionada discusión.

Luis Eduardo Cortés Riera

cronisradecarora@gmail.com

Santa Rita de Carora,

Venezuela, 12 de agosto de 2021.

 

 

martes, 10 de agosto de 2021

Estatua del Presbítero Doctor Carlos Zubillaga Perera llega a Carora en 1914


Tres años luego de sufrir el presbítero doctor Carlos Zubillaga Perera una terrible muerte que no merecía, su estatua de mármol tallada en Italia llega finalmente a la ciudad de Carora en 1914, antigua y católica urbe de la que había salido con gran amargura en sus labios delgados y sobrios. La escultura la trajo desde Puerto Cabello la Casa Eduardo Lindheimer y Compañía, de Barquisimeto, tras haberse realizado una colecta popular en donde muchas personas pudientes y humildes se anotaron espontáneamente para honrar la memoria de este extraordinario levita, hermano mayor del Maestro de Juventudes Cecilio Chío Zubillaga, un verdadero adelantado de la Teología de la Liberación, dice Luis Beltrán Guerrero, en estas tierras del semiárido venezolano de principios del siglo XX.

La esquizofrenia, el mal del espíritu que más consistentemente y de manera implacable ataca a los endogámicos patricios caroreños, le hizo ver imaginarios tigres que le acosaban y perseguían hasta las cúpulas duaqueñas de la iglesia de San Juan Bautista de la Perla del Norte. La curvatura de estas barrocas arquitecturas le hace resbalar y caer pesadamente desde una altura considerable. No morirá en el acto, como hubiera sido preferible, sino que su agonía se prolonga por interminables y terribles cinco días en ese pueblo crespense adonde fue extrañado por orden del Obispo.

El Hospicio de San Antonio de Padua -que fue su creación más excelsa y perdurable que realizara junto con el padre Lisímaco Gutiérrez - recibía entonces, y aun en la actualidad, donaciones y limosnas para los “pobres hermanos indigentes” recluidos allí. La hermana superiora hacía tales pedimentos a través de la prensa y para ello se valía del Semanario Labor, órgano periodístico que dirigían el bachiller José Herrera Oropeza, el poeta tocuyano Alcides Lozada y Miguel Ángel González. “El milagroso San Antonio pagará con creces (sic) los beneficios que le hacen a los pobres”, dice la nota periodística. La fe sin obras es una inutilidad que Dios no ve, es firme creencia católica.

En esos días cuaresmales el presbítero Br. Mardoqueo Perera preparaba las solemnidades de Semana Santa, estableciendo un Viacrucis para los hombres los días lunes por la noche en la iglesia a su cargo, el templo de San Juan, y otros oficios de piedad en el Hospicio del Glorioso Taumaturgo. “Habrá plática del inteligente orador sagrado presbítero bachiller Pedro Felipe Montesdeoca”. El Jueves Santo comenzaron las visitas a los Monumentos. La llave del Monumento se le impondrá al General Juan de Jesús Blanco en el Templo de San Juan y en San Dionisio al señor José Herrera Oropeza

Los llamados “pobres vergonzantes”, que eran muchísimos en aquella sociedad pre petrolera, palúdica, sin clases medias y en su mayoría analfabetos, recibían ayudas de una institución llamada La Caridad a Domicilio, adscrita al selecto Club Recreativo Torres de Carora, presidida por el Dr. Lucio Antonio Zubillaga, a la sazón sub director del Colegio Federal Carora hasta su muerte en 1925, y le acompañan el Br. Agustín Oropeza, Julio Mármol Herrera, Br. Rafael Herrera Oropeza, Antonio Nicolás Giménez y Br. Alberto J. Yépez. Esta “honorable Junta Directiva ha hecho colocar alcancías en algunos puntos concurridos de la ciudad para darle mayor impulso a la benéfica institución”, reza el Semanario Labor.

“Por fin, el 26 de abril de 1914, llega a Carora la estatua del Presbítero Doctor Carlos Zubillaga, que se colocará en la Plaza Aguinagalde, frente al Hospicio de San Antonio de Padua, ese hermoso broche de diamante con que cerró las radiantes páginas de su vida aquel varón esclarecido”. El Semanario Labor que, desde su primer número en 1912, participó directamente con cariño y franca sinceridad de aquel hermoso acto de gratitud, se llena de natural orgullo al ver convertido en realidad ese justiciero triunfo de la sanción pública, que constituye intimas satisfacciones para todo el que sienta palpitar un corazón honrado, incapaz de encerrar el calor asfixiante del egoísmo. La Junta Amigos del Padre Carlos Zubillaga, se ocupa activamente en el sentido de mandar a ejecutar a Caracas un artístico pedestal de mármol para bellísimo complemento de la obra”

El mismo día que hizo llegada la estatua del padre Carlos Zubillaga a Carora, fallecía el Sr. Don José Paulino Guerrero, quien a mediados del siglo XIX fue Mayordomo de las Haciendas de las Cofradías del Montón que estaban ubicadas al Oeste de la ciudad en la vía al Lago de Maracaibo. Sus ricas tierras, esclavos y censos fueron traspasados a los herederos de este último Mayordomo, con lo cual la Iglesia Católica caroreña perdió un inmenso patrimonio que no supo o no pudo reclamar, a pesar de que el Arzobispo Silvestre Guevara y Lira se da por enterado de este “enmarañado hilo de cofradías” en Visita Pastoral que hizo a Carora en 1865.

El Padre Carlos Zubillaga y el reverendo Lisímaco Gutiérrez adelantaron entre nosotros una Iglesia Social que buscaba a Dios entre los más pobres y humildes, una magnifica acción orientada por la Encíclica Rerum Novarum del papa León XIII, que fue lanzada al mundo con enorme éxito en 1892. Fue una labor sumamente intensa y breve, pero de una gran significación.

 

El padre Carlos, al llegar a Carora en 1905, recién ordenado sacerdote, encuentra a un cura, Lisímaco Gutiérrez, ya de 50 años, solo, que ya había dado pasos: funda en 1902 el Hospital San Antonio, una congregación religiosa femenina dedicada a la atención de dicho Hospital, dos periódicos El Pan de San Antonio y El Amigo de los Pobres, y un proyecto cultural en la zona de la capilla de El Calvario y en los caseríos de la Otra Banda. El padre Carlos se incorpora de inmediato a la obra comenzada por el Pbro. Gutiérrez y dota al Hospital del edificio, reconstruye la iglesia de San Dionisio, abre una escuela nocturna para obreros entre 1905 y 1906. Todo esto nos lleva a pensar que por esto el humanista caroreño Luis Beltrán Guerrero dijo que quienes por primera vez y de manera concreta se acercaron a lo que iba a ser la Teología de la Liberación latinoamericana en estos pueblos del interior de Venezuela, fueron estos dos levitas, quienes se identificaron con una Iglesia no tradicional, una Iglesia que se abría a descubrir a Dios en medio de una durísima realidad social.

Breve e intensa labor eclesiástica en lo social, puesto que el Pbro. Carlos fallecerá a los 31 años de edad en 1911 y el padre Lisímaco en 1919. Juan Páez Ávila es del criterio que la muerte prematura del Padre Carlos es lo que impulsa a Chío Zubillaga a enfrentarse a los “godos de Carora”, al latifundismo y a las injusticias de toda laya. Soy de la idea que el verdadero iniciador de la Teología de la Liberación fue Chío Zubillaga, pues fue gran admirador de la Rusia Soviética y que sin embargo no dejó jamás de dudar en la Promesa Bíblica de Salvación.

Luis Eduardo Cortés Riera.

cronistadecarora@gmail.com

 

Santa Rita de Carora, 10 de agosto de 2021.

 

 

 

 

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viernes, 6 de agosto de 2021

Marc Ferro: Cine y “contra historia”


Un viejo documento audiovisual hizo cambiar radicalmente de opinión al historiador francés Marc Ferro y de esta manera crear su gran contribución al análisis histórico, lo que él llamó “contra historia”. Sucedió que vio un pretérito filme de 11 de noviembre de 1918 en donde los alemanes festejaban con gran regocijo la victoria germana en la Gran Guerra. Había, pensó entonces este integrante de la Escuela de Anales, otra manera de interpretar los hechos históricos, y que las imágenes podían convertirse en documentos dignos de ser tomados en cuenta por los historiadores de la misma manera que las fuentes escritas, un salto del papel al celuloide, una tarea que no le resulta fácil.

La “contra historia” se afinca en la idea de que hay diferentes miradas o historias paralelas. La Revolución rusa de 1917, por ejemplo, no fue una revolución hecha por los obreros, como sostenían los gastados manuales de historia de la Academia de Ciencias de la Unión Soviética. El músculo principal y decisivo de ese formidable hecho histórico de Octubre de 1917 fueron los soldados, campesinos y mujeres, asienta Ferro. La “Nomenklatura” gobernante tildó estas opiniones de Ferro de “basura”, pero luego le dieron la razón. La misma persona que escribió aquella ofensa fue la que lo condecoró años después, “porque mis trabajos le habían abierto los ojos respecto de la manera de hacer historia, en el sentido de que esta puede ser aprehendida de maneras múltiples.”

Pero en el interior de la Escuela de Anales había la misma desconfianza hacia el cine como documento histórico, una como herencia no notada del positivismo del siglo XIX. Hablar de cine en la universidad era una muerte asegurada. El mismo Fernand Braudel, director de Anales tras la muerte de Lucien Febvre en 1955, le dijo en una ocasión a Ferro: “Haz tu tesis doctoral y no hables de cine”. A pesar de ello comenzó a gestarse la corriente cine-historia desde el año 1968, cuando presenta Ferro su película El año 17 con gran éxito. Cuando terminó el film, el público se levantó aplaudiendo, pues era primera vez que veían a Lenin, Trotsky y Stalin moviéndose y haciendo gestos. Había comenzado Ferro a vencer el viejo tabú de que solo con documentos escritos se construye la historia, una pesada herencia del positivismo historiográfico francés.

Esa “contra historia” le ha permitido a Ferro desmentir mitos que hasta ahora se creían ciertos. Uno de ellos es el del Acorazado Pomtekin y el de la Escalera de Odessa, sucesos históricos que jamás sucedieron realmente y que fueron una creación, un invento del cineasta soviético Serguéi Einsenstein (1898-1948). Eso se debe a que la obra estética, dice Ferro, tiene más perdurabilidad que la obra histórica. La leyenda del Acorazado Potemkin ha “cogido” el lugar de la historia del Potemkin. Es que la principal manera de mirar es ideológica, política. Y es esa mirada la que manda a la otra mirada. Este cineasta crea la edición fílmica para manipular las emociones de los espectadores y lo logra magistralmente, a tal punto que logra presentarnos a Iván Newsky, otro film suyo, como un líder laico cuando en verdad lo era de carácter religioso. Descubrir la ideología de un film es un ejercicio histórico.

La cultura audiovisual, un nuevo barroquismo, está dominando ampliamente en el siglo XXI. Muchos países de África negra, el Congo, Zimbawe, Tanzania, Etiopía, están formados cultural y políticamente por imágenes, es el sistema de imágenes en que se forma el pensamiento. Pero es un fenómeno que no se queda en África subsahariana, pues en América del Norte se hace 50 veces más uso audiovisual que de la lectura de libros. De tal manera que existe un foso abismal entre los que nos formamos en la cultura del libro y los que han creado su imagen del mundo desde la televisión, el cine, y ahora con los teléfonos inteligentes, una alarma preocupante que ha lanzado al mundo el Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa y que debe ser oída por nosotros, los educadores del tercer milenio.

El cine y la televisión han creado un gran resentimiento global entre los pueblos pobres del planeta cuando ven la prosperidad y el lujo en Europa y los Estados Unidos, mientras ellos sufren, dice este experto en la Revolución Rusa y la Primera Guerra Mundial que es además Marc Ferro. Es por ello que los atacantes suicidas en Francia proceden del Magreb norafricano, un hecho que pocos quieren ver. Es el islam humillado por la civilización occidental, es todo un mundo que dominaba el planeta, el que ahora quiere vengarse. El resentimiento, agrega Ferro, es una fuerza más poderosa que la lucha de clases, contradiciendo al mismísimo Karl Marx, porque la lucha de clases existió solo cuando hubo clases sociales. En cambio, en todas las sociedades ha habido gente humillada que se ha querido vengar. La pasión y no la razón es la que ha hecho avanzar a la historia. Cuando Osama Bin Laden cometió los atentados de New York el 11 de septiembre de 2001 dijo que era tiempo de vengarse de la expulsión de los árabes de España en 1492. Isabel y Fernando, los reyes católicos están de esta manera involucrados en este atentado que cumplirá en breve 20 años de realizado con una pasmosa gran precisión, que costó la vida a más de 3.000 personas en las Torres Gemelas de New York y el Pentágono.

 Las sociedades de Occidente, ya sea por orgullo o por el peso de una ideología, se niegan a ver la realidad y han fallado en prever, según Ferro, hechos como el atentado a las Torres Gemelas, la caída del Muro de Berlín en 1989 o la crisis financiera de 2008. Estas son unas ideas que se dan la mano con las del antropólogo comparatista británico Jack Goody, autor del mundialmente conocido libro El robo de la historia, editado en 2006 y del cual hemos realizado nosotros un ensayo hace poco. La arrogancia de Europa le ha impedido reconocer los enormes aportes de China al mundo: la brújula, el papel, la imprenta y la pólvora. Sin ellos no hubiese sido posible la modernidad ni el Descubrimiento de América.

En castellano o español se encuentran varios títulos esenciales de Marc Ferro, que muy poco conocemos en Venezuela, entre los que se cuentan El cine. Una visión de la historia (Akal), La Gran Guerra: 1914- 1918 (Alianza Editorial), Cómo se cuenta la historia a los niños del mundo entero (Fondo de Cultura Económica de México), El conflicto del Islam (Cátedra), El resentimiento en la historia: comprender nuestra época (Cátedra), El libro negro del colonialismo (La Esfera de los Libros) y La colonización: una historia global (Siglo XX): 50 ideas que revolucionaron el mundo: Diccionario del glasnot; La verdad sobre la tragedia de los Romanov (2012), Los tabúes de la historia (2002), Nicolás II, (1990).

Este eminente historiador, de ideas progresistas, amigo del llamado eufemísticamente Tercer Mundo, que formó parte de la Escuela de Anales que fundaran en Estrasburgo, Francia, Marc Bloch y Lucien Febvre en 1929, había nacido en 1923 en París y fallece el pasado mes de abril de 2021. Se había declarado socialista, trabajó como docente con escolares en el Magreb, y muere por una complicación derivada del Covid19 a la provecta edad de 98 años. Recibió numerosas distinciones en Francia: Caballero de la Legión de Honor, Oficial de la Orden Nacional del Mérito, Caballero de la Orden de las Artes y las Letras; fue Doctor Honoris Causa de las Universidades Michel de Montaigne, de Moscú y de Chile. Con Pierre Nora forma parte de la asociación Libertad para la Historia, que se opone a las leyes que afectan a historiadores y pensadores en Francia.

De su precioso e inestimable legado aprendimos que el cine da testimonio de las sociedades lo mismo que las fuentes tradicionales escritas, una novedosa y audaz perspectiva de análisis histórico de la que estamos hogaño ayunos en la patria de Simón Bolívar. ¿Quién irá a ser el Marc Ferro venezolano?

Referencias:

Bloch, Marc. Apología de la historia o el oficio del historiador. Fondo Editorial Lola de Fuenmayor, Fondo Editorial Buría. Caracas, Barquisimeto, Venezuela, 1985.

       Cortés Riera, Luis Eduardo. Ocho pecados capitales del historiador. Homenaje a Eric Hobsbawm en sus 90 años. Carora, 2007.

Fairclough, Pauline y Juan Lucas. Clásicos para las masas. Akal, Madrid, España, 2011.

Ferro, Marc. El cine. Una visión de la historia. Akal. Madrid, España, 2008.

Goody, Jack. El robo de la historia. Akal, Madrid, España, 2011.

Said, Edward. Orientalismo. Grupo Editorial DeBolsillo. Barcelona, España, 2020.

Vargas Llosa, Mario. La civilización del espectáculo. Alfaguara, México, D. F. ,2017.

Luis Eduardo Cortés Riera

cronistadecarora@gmail.com

 

 Santa Rita de Carora, Venezuela, 6 de agosto de 2021.

 

 

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Fin milagro alemán

    Wolfgang Munchau:   Kaput. El fin del milagro alemán. Luis Eduardo Cortés Ri...