miércoles, 26 de septiembre de 2018

George Iggers: La ciencia histórica del siglo XX

Poco conocido entre los medios historiográficos venezolanos y latinoamericanos, fallece el año pasado el eminente historiador judío-alemán, refugiado en los Estados Unidos, profesor Georg G. Iggers (1926-2017). Admiro la enorme capacidad de concisión sin pérdida de la hondura de sus obras de este hombre de encrucijadas que fue él. A través de sus libros pude comprender de qué manera nace la ciencia histórica en Prusia del siglo XIX de la mano de Leopold von Ranke en la Universidad de Berlín, institución fundada en 1810.
Esa fue una de sus especialidades: difundir el pensamiento historiográfico alemán por el orbe: Rickert, Schmoller, Droysen, Dilthey, el sociólogo Max Weber. Trataba de vencer esa prevención hacia la circulación de las ideas alemanas. Así  pude entender gracias a Iggers esa distinción singular tan del pensamiento alemán entre la explicación, propia de las ciencias naturales, y la comprensión, una lógica especial de investigación de las ciencias del espíritu, tal  como las llamó su creador el filósofo Wilhelm Dilthey, quien habrá de influir en Meinecke, Husserl, Heidegger, Simmel y Weber y su sociología comprensiva.   
Pero no se agota allí su pensamiento universalista, pues también nos aclara Iggers la situación del debate histórico, desde el historicismo clásico del siglo XIX hasta el reciente giro lingüístico que sufre la historia a fines del siglo pasado de la mano de Hayden White y Lawrence Stone, pasando por el marxismo de Gramsci, Thompson y Vovelle, la Escuela de Anales  de Marc Bloch y Lucien Febvre, la microhistoria de Carlo Poni, Giovanni Levi y Carlo Ginzburg (El queso y los gusanos), o la antropología histórica. Allí nos queda la convicción de que la historiografía occidental se encamina hacia los estudios de historia cultural de manera creciente y sostenida: estudios de género, sexo, experiencias existenciales de personas concretas, convicciones religiosas e ideas educativas, entre otras.
Nos deja una obra de grandes proporciones, tales como el Diccionario internacional de grandes historiadores, La Ilustración alemana y la historia, La imagen de Ranke, La concepción germana de la historia, Nuevas direcciones de la historiografía europea, El culto a la autoridad, entre otras. Es Iggers un gigante del pensamiento que conocía de filosofía, literatura y arte, verdadero hombre de encrucijada que podía expresarse en varias lenguas modernas.
Sin embargo es de hacer notar que hay una notable  omisión en su obra: el pensamiento filosófico y la producción historiográfica en habla castellana. Apenas sí hace mención del pensador español formado precisamente en Alemania: José Ortega y Gasset (1883-1955) y su raciovitalismo, corriente de pensamiento que influye en Leopoldo Zea, Samuel Ramos, Arturo Ardao,                                                                                                 José Luis Romero y el eminente ensayista venezolano Mariano Picón Salas.
Junto al historiador Eric Hobsbawm (La invención de la tradición, Bandidos, Historia del siglo XX), los críticos literarios George Steiner (Gramáticas de la creación) y Harold Bloom (El canon occidental), es Iggers uno de los más destacados pensadores hebreos de los siglos XX y XXI. Por ello se  lo recomiendo ampliamente a los participantes del Doctorado en Cultura Latinoamericana y Caribeña que ofrece con gran éxito el Instituto Pedagógico Barquisimeto  Dr.  Luis Beltrán Prieto Figueroa.

La Mansión Negra


La última vez que viste este singular y encantado  lugar cercano a Carora, por poco pierdo la vida al quedarme dormido después de llevar al Hotel Mara al periodista vasco Juan Manuel Polo, a quien conduje a ese mágico y esotérico  lugar en mi flamante Toyota todo terreno. De negra no tenía nada aquel portento arquitectónico que construyera el alucinado Pablo Ovalles en las nacientes escarpadas de una quebrada del semiárido larense. El sol bañaba con deslumbramiento aquellas construcciones que parecían más bien construidas en Etiopía o la misteriosa isla Socotra, en el golfo de Adén. La fuerza de gravedad parecía hacerse añicos frente a aquel grupo de edificios que parecían cabalgar por los acantilados de las escarpadas quebradas y sus riscos.
Era un lugar de difícil acceso, pues había que dejar los automóviles a cierta distancia y llegar caminando a aquel monumento a los espíritus, íncubos y súcubos que pueblan el imaginario venezolano, una nación que no conoció sistemáticamente el corrosivo de la filosofía ilustrada y su herramienta fundamental: la duda.  Somos un pueblo que quiere creer. 
Un curioso sistema de recolección de aguas pluviales fue diseñado en ese remoto lugar donde no llegaban los camiones cisternas. Eran una suerte de bateas de cemento  bastante llanas que  coronaban los distintos edificios de la Mansión y que aprovechaban recoger las escasas gotas de lluvias caídas en el estío del semiárido, que le daban al conjunto una extraña y remota apariencia como de pueblo de indios navajos norteamericanos.
El centro de aquel conjunto arquitectónico era una suerte de escenario donde tenían lugar las sesiones espiritistas lideradas por don Pablo. Venía gente de cualquier lugar de Venezuela y hasta de la vecina Colombia. El escritor cubano Alejo Carpentier habría disfrutado encantado aquella palmaria muestra de lo “real Maravilloso” en estas tierras agrestes y cerriles del estado Lara.
No conozco cuántos años de actividad tenía ese lugar de espiritismo cuando fue allanado por la policía a finales de la década de 1960. Se acusaba a don Pablo “El Camión” de lo que hoy llamamos pedofilia. Se comentaba insistentemente que   los jovencitos eran mantenidos en cautiverio en esa casa dedicada a invocar  los espíritus de El Negro Miguel, Guaicaipuro, Joaquín Trincado, Allan Kardec y Madame Blavatsky.
En 1968 estalla el escándalo y una multitud de curiosos se abalanza sobre la Mansión de don Pablo situado en la vieja y serpenteante carretera vieja Carora –Barquisimeto,  muy cerca del caserío Palo de Olor, lugar de excelentes lutieres. Es mi padre, el profesor Expedito Cortés, quien me lleva a aquel insólito y extraño lugar que queda desde entonces grabado de forma indeleble en mi memoria. Observo perros pequineses y chihuahuas bien bañados y lustrosos. Doña Natalia de Herrera se enamora de los canes y se los apropia sin pedir permiso. Una jovencita pierde el equilibrio y rueda por las escarpadísimas escaleras. Casi cae a mis pies y sangra copiosamente por la nariz. Alguien pide auxilio y pide algodón o vendas. Se las proporcionan, pues el sitio era un lugar preparado para eventualidades de ese tipo.
Muchos años después regreso a aquella casa encantada y de embrujo con un periodista viajero, el mencionado Juan Manuel Polo del diario capitalino El Nacional, y un fascinante personaje caroreño: el  maestro de escuela Ramón Ocanto, quien con paltó y corbata sube hasta la escarpada casa de ensueño recitando a cada paso oraciones de diverso tipo que invocan a duendes y aparecidos. “No se burle de don Pablo”, me repite a cada momento mi colega educador al notar mi descreído y racional talante materialista y antimetafísisico. Hoy observo esta realidad del pensamiento popular de otra manera. Las lecturas de las obras de Wilhelm Dilthey y sus Ciencias del espíritu, Edmund Husserl y su fenomenología, así como los ensayos antropológicos de los mexicanos Samuel Ramos y Octavio Paz (El laberinto de la soledad) me han hecho descubrir ese sustrato de magia y fantasía que gravita en la mentalidad de Hispanoamérica.
Y es que el Municipio Torres es pródigo  en esas manifestaciones que conforman nuestro imaginario colectivo: la  Leyenda del Diablo de Carora que viene desde los tiempos coloniales, la Maldición del Fraile, la milagrosa imagen de la Virgen de la Chiquinquirá de Aregue, el hermano Domingo Sánchez, ánima protectora de los choferes, y la propia Mansión Negra, son algunos lugares que conforman el espinazo espiritual del semiárido larense.

viernes, 27 de abril de 2018

¿Es moderna nuestra literatura?


Es una inquietante pregunta que se hace  Octavio Paz, mucho antes de ganar el Premio Nobel de Literatura en 1990.  Escribe  el mexicano un ensayo con esta pregunta turbadora en  Cambridge, Massachusetts, en 1975. Confieso que  he leído muchas veces este escrito, que apenas tiene 11 páginas, y que me ha hecho meditar hasta el aturdimiento. Allí afirma que nuestra literatura tiene  una debilidad, visible sobre todo en el dominio  del  pensamiento crítico, que nos ha llevado a preguntarnos si la literatura hispanoamericana, por más original que  sea y  nos parezca, es realmente moderna.
Para  nuestro asombro, afirma Paz que no es moderna nuestra literatura, y ello lo dice porque lo que hace a una literatura realmente moderna es la crítica, un elemento del cual carecemos los hablantes de la lengua  castellana. Una literatura sin crítica no es moderna o lo es de un modo peculiar o contradictorio. Hay una  ausencia de crítica en Hispanoamérica.
Hemos  tenido –agrega Paz- buena crítica literaria: Bello, Henríquez  Ureña, Rodó, Darío, Alfonso Reyes, Rama, Rodríguez Monegal, Jorge Luis Borges. Lo que  no  tuvimos ni  tenemos son movimientos intelectuales originales. No hay nada comparable en nuestra historia a los hermanos Schlegel; a Coleridge,  Wordsworth; a Mallarmé, al Nuevo Criticismo en Estados Unidos, a Richard y Leavis en Gran Bretaña, a los estructuralistas de París. La razón de esta anomalía es que en nuestra lengua no hemos tenido un verdadero pensamiento crítico ni en el campo de la filosofía ni en el de las ciencias y la historia. Por eso  somos una porción excéntrica  de  Occidente.
Esa excentricidad -agrega- comenzó en el siglo XVII, puesto que no tuvimos Revolución Científica (Kepler, Galileo, Newton); y continuará en el siglo XVIII porque no tuvimos,  sobre todo, un equivalente de la Ilustración y de la  filosofía crítica. Ni con la mejor voluntad podemos comparar  a  los españoles Feijoo o a Jovellanos con Hume, Locke, Diderot, Rousseau, Kant. Allí está la gran ruptura; allí donde comienza la era moderna comienza también nuestra separación.
Nuestra incapacidad  de ponernos a tono con la modernidad ha  producido, oblicuamente, obras literarias únicas y excepcionales. Pero en el campo del pensamiento, la  moral pública  y  la  convivencia social, nuestra excentricidad ha sido funesta: no conocemos la tolerancia, por ello vivimos en una crónica inestabilidad, el desorden, la pasividad, la demagogia y el caudillismo.
Este es fundamentalmente el discutible pensamiento de Paz. ¿Habremos de darle todo el crédito que se merece?  A mi manera de ver, no. El pensador francés Alan Guy, por ejemplo, nos dice que en filosofía hemos mostrado un sorprendente complejo de inferioridad, que creemos equivocadamente que nada de lo ibérico sea profundo y válido. Nos muestra Guy que han sido notables las prospecciones de Andrés Bello, Leopoldo Zea, O´Gorman, José Gaos, Salazar Bondy y Mayz Vallenilla.
Y qué decir de las ciencias naturales, donde destacan los  biólogos chilenos Maturana y Varela y su relevante concepto de autopoiesis; el venezolano Humberto Fernández Morán, creador del prominente concepto de crioultramicrotomia. En el pensamiento sociológico e histórico debemos hacer referencia obligada al semiólogo argentino Walter Mignolo, figura central del llamado poscolonialismo latinoamericano; a José Carlos Mariátegui, un “agonista del socialismo”; a José  Vasconcelos, a quien Keyserling consideraba el más grande pensador de América Latina; y no puedo menos decir que sería una grave omisión no destacar a Gustavo Gutiérrez, a Leonardo Boff, a Frei Betto, quienes crearon la muy original Teología de la Liberación latinoamericana, una verdadera “visiones  del mundo” de  vanguardia. Y más cerca de nosotros, en Colombia, cómo obviar al filósofo Santiago  Castro Gómez, quien  ha deslumbrado  con su Hibrys del punto cero y también  Crítica de la razón latinoamericana.
Al final de cuentas, el viejo y cansado Occidente debería  recoger del Nuevo Mundo Hispanoamericano varias benéficas lecciones de lucidez y de sabiduría.  Cosa nueva y potente se ha estado cocinando entre nosotros, aunque Paz sostenga lo contrario.

lunes, 2 de abril de 2018

El nacimiento del arte abstracto


Se considera que la primera pintura abstracta se la debemos a Vasily Kandinsky, pintor ruso que en 1910 observa maravillado una acuarela, un cuadro-jeroglifico suyo, que había sido colgado al revés en su estudio de Munich. No estaba solo en ese empeño de reemplazar el objeto, pues casi simultáneamente y de manera impresionante lo acompañan el holandés Piet Mondrian en París (1914) y el ruso Kazimir Malevicht en Moscú (1915). Los tres llegan a la abstracción, una elección tan radical y tan grave en la historia del arte, por vías muy diferentes e igualmente aberrantes: extrañas especulaciones estéticas y metafísicas que el positivismo había pensado erradicar del pensamiento de la civilizada Europa.
En Kandinsky se observa la influencia del espiritualismo del siglo XIX y sus figuras más descollantes: Alan Kardec y Madame Bavlatsky. El francés Kardec  con su obra El libro de los espíritus, en tanto que Blavatsky es autora de La doctrina secreta, y es una de las fundadoras de la Sociedad Teosófica. Su influencia llegó hasta Joyce, Borges, Gandhi y al pintor Mondrian. Esta doctrina le permite convertirse al pintor ruso en profeta o mago de una nueva edad, y el arte experimenta una elevación casi mística. El arte abstracto comenzó entonces como un arte religioso y metafísico. Presenta Kandinsky a Maeterlinck como verdadero visionario que realiza el viaje espiritual con el que sueña él para la pintura. En música declara su adhesión a Schönberg, Wagner y Debussy, se siente próximo a los prerrafaelistas ingleses, Rossetti y Burne-Jones. Estas ideas le hicieron entrar en conflicto con los comisarios comunistas de la cultura, quienes logran en 1921 sacarlo de la Unión Soviética.

Mondrian alcanza la abstracción como misionero puritano calvinista y de convicciones teosóficas. Soñaba con una pintura de pureza estética y moral. Una convergencia de lo bello con el bien. El arte juega un papel iniciático en el misterio de sublimación en relación con la vida y la naturaleza. La creencia en la reencarnación y en la misión del artista en el advenimiento de una sociedad armoniosa constituyeron los requerimientos para que Mondrian pasara del cubismo de Braque y Picasso a la abstracción.  No soportaba la naturaleza y su desorden, hasta tal punto que puede hablarse en él de una represión de la naturaleza y de una sublimación artística extrema.morirá en Nueva York en 1944.  
Y finalmente el tercer inventor del arte abstracto, Malevich, quien combina el nihilismo ruso con la abstracción de una manera singular. El nihilismo, una creación del escritor Turgenev, abjura de los objetos de la creencia sin renunciar a la fe, la verdad reside en la nada.  Lanza el suprematismo en 1916, vinculándose a la vanguardia política, pero pronto cae en desgracia, pues, como ya le había sucedido a Kandinski, es echado de sus responsabilidades artísticas por el dogmatismo y la intolerancia soviéticas.  


Coincidencia de una pintura decisiva de la historia y unas filosofías pasadas de moda que le sirven de pretexto, ¿No se encontrará -se pregunta Antoine Compagnon en su libro Las cinco paradojas de la modernidad. Seuil, 1990- la misma mezcla, el mismo desnivel o la misma tensión, en la mayoría de los artistas contemporáneos verdaderamente novedosos? El arte nuevo no ocurre sin arcaísmo. De esa manera el Quijote en su reacción contra la anacrónica novela de caballería, Cervantes funda la novela moderna.  

Fin milagro alemán

    Wolfgang Munchau:   Kaput. El fin del milagro alemán. Luis Eduardo Cortés Ri...