viernes, 15 de enero de 2016

La raza caucásica

Johann Friedrich Blumenbach
Poca gente repara en el origen de los términos que emplea la ciencia en la actualidad. Uno de ellos, quizás el más polémico y centro de debates, sea el de raza caucásica, que se emplea para denominar a la gente de piel blanca  que vive en Europa y en Norteamérica. El origen de este término se lo debemos al Siglo de Las Luces, el Siglo de la Ilustración europea. En  1795 lo acuñó  Johann Friedrich Blumenbach, un antropólogo alemán, discípulo del naturalista sueco Carlos Linneo. Sostuvo, basándose en estudios de los cráneos, que existían cinco razas humanas: africana, oriental, malayos, indios americanos y en el vértice colocó a los caucásicos.
Por supuesto que los caucásicos eran, en la concepción de este germano, la cúspide del desarrollo de la humanidad. Pensar esto en los siglos XVIII y XIX era completamente normal. Hoy no se puede sostener tan desacertada idea. Blumenbach llegó a tales conclusiones de manera muy subjetiva y por consiguiente poco científica, pues pensó que los caucasoides era la raza más bella y hermosa del planeta. Seguramente lo motivó a emitir tal juicio el canon de belleza grecolatino, el doriforo de Policleto o el David de Miguel Ángel.
 Los europeos son los seres humanos más hermosos, con la gente del Cáucaso en el pináculo más alto del donaire. Las personas más hermosas debían ser las que vivieran más cerca de nuestro primer hogar, las actuales republicas de Georgia  y Armenia. Esta idea del origen asiático de la humanidad ha tenido larga vida. Recuerdo que mi padre Expedito como docente de la Escuela Normal de Carora, me hizo dibujar un mapa para mostrar a sus alumnos el origen de la humanidad, colocando el centro difusor  de ella en los Montes Urales, actual Rusia.
 Escribió Blumenbach que el Cáucaso era el lugar geográfico donde tuvo origen la humanidad. La cartografía determinó con mucha fuerza sus ideas clasificatorias de las razas. Hoy sabemos que fue lejos de allí, en la República del Chad, Tanzania y Kenya, África la cuna del homo sapiens. Hablamos desde 1987 de la Eva mitocondrial negra que habitaba el África subsahariana, una idea que Blumenbach jamás pudo pensar, pues el ADN o genoma mitocondrial se descubrió mucho tiempo después.
Blumenbach sin embargo no era racista, como el francés Arthur Gobineau, padre del racismo del siglo XX y  consecuencialmente del de la Alemania nazi que condujo al holocausto judío. Defendió con vehemencia y contra la corriente dominante de su época la teoría del origen único de la especie humana. Admiraba a los intelectuales negros y hasta llegó a tener una biblioteca de autores de color. Uno de ellos fue la poetisa Phillips Wheatley, una negra de Boston nacida en el Senegal y a quien la posteridad la ha reconocido como la abuela de la literatura afroamericana.
Blumenbach vivió toda su vida como profesor enclaustrado, jamás viajó al Cáucaso y escribió su obra en latín, una lengua muerta, pero sus ideas reverberan a lo largo de nuestras guerras, nuestras conquistas, nuestros sufrimientos y nuestras esperanzas.

lunes, 11 de enero de 2016

Fernando Botero y la deformidad

Fenando Botero
Los cachacos colombianos deben sentir una envidia enorme por el hecho de que este extraordinario pintor,  así como el novelista Gabriel  García Márquez, sean nativos de la costa colombiana. Medellín vio nacer en 1932 a este extraordinario pintor y escultor, al cual se le considera de los mejores del planeta. Voy a intentar en apretada síntesis mostrar en qué consiste la grandeza indiscutida de Botero desde una lectura de Marta Traba y su libro Historia abierta del arte colombiano
Gabo
Afirma la escritora argentina que el artista es un hecho emergente, que aparece abruptamente en una sociedad turbulenta que llega a su clímax con el asesinato del dirigente liberal Jorge Eliécer Gaitán en 1948, una verdadera traición al pueblo, herida abierto hasta los días que corren. De joven viajó a Italia a estudiar a dos de sus inspiradores: Piero Della Francesca y más claramente Paolo Uccello, pintores del Renacimiento, con lo cual su obra adquiere una profunda estructura de sentido. En 1958 expone La camera degli  spossi, una
Elicer Galletán
gigantesca caricatura de la familia Gonzaga, en la cual se anuncian los principios deformantes de su obra hasta el presente. El primero de ellos y más revolucionario será la eliminación del aire circulante, que implica a su vez el desprecio por el cubo escénico. Esto significa un rechazo a la pintura renacentista que le dio origen y eliminando cualquier sospecha de arcaísmo. Así destruye el equilibrio entre forma y espacio que la contiene, y destruye la concepción ilusionista de una realidad corregida por el artista. La obra es trasportada a un plano de pura irrealidad.
Ramón Hoyos
Crea el artista una iconografía voluntariamente estática, pero el color le da atribuciones dinámicas. Botero es un gran colorista, una verdadera hazaña. Otro rasgo boteriano es su sentido del humor y que se muestra con grandeza en su obra La apoteosis de Ramón Hoyos, de 1959. Es una radiografía del país, de sus miserias. Nace una conciencia fustigante de la realidad colombiana. Se inclina por lo grotesco y rechaza la tragedia.

El Nobel de literatura y Botero tienen una postura tan paralela de la realidad nacional colombiana. El Gabo con un surrealismo sui géneris donde el mayor encanto proviene de que las cosas parezcan verdad. Botero engrana su obra en un idéntico surrealismo, en una nueva dimensión del absurdo, más verídica y compuesta, más instintiva y menos ingeniosa, revestida de la misma falsa inocencia que  tiñe los relatos elementales de García Márquez. Llevar la situación surrealista a un plano de normalidad es precisamente la aportación original de ambos artistas a las múltiples vías irracionales que sigue hoy en día el arte contemporáneo, desde el dadá al pop art. La originalidad del Gabo es que no es Poe ni Truman Capote, así como  Botero no es Magritte ni Pistoletto. Ni la construcción inteligente del absurdo intelectual, ni la aguda noción del disparate que se desprende de las sociedades industrializadas.
La coherencia de Botero, su altísimo poder significante se manifiesta justamente de esa relación perfecta de los dos pintores renacentistas que escogió como puntos de partida, y el modo como los ordenó en una visión original. Su obra desciende de dos “congelantes” de la acción, de dos geometrizantes irrealistas del Renacimiento italiano: de la Francesca y Uccello y sus formas quietas en medio de un espacio móvil. Para evitarlo, Botero va ampliando la figura hasta que llega a cubrir la casi totalidad del cuadro y la circulación queda reprimida por esa incontenible y monstruosa expansión. La tela queda anegada por la imagen.
Paolo Occello

En pleno siglo XX, Colombia da estos dos formidables cronistas, como si pertenecieran en tiempos de la Conquista y la Independencia. Dos genios, sin duda.


Fin milagro alemán

    Wolfgang Munchau:   Kaput. El fin del milagro alemán. Luis Eduardo Cortés Ri...