lunes, 11 de enero de 2016

Fernando Botero y la deformidad

Fenando Botero
Los cachacos colombianos deben sentir una envidia enorme por el hecho de que este extraordinario pintor,  así como el novelista Gabriel  García Márquez, sean nativos de la costa colombiana. Medellín vio nacer en 1932 a este extraordinario pintor y escultor, al cual se le considera de los mejores del planeta. Voy a intentar en apretada síntesis mostrar en qué consiste la grandeza indiscutida de Botero desde una lectura de Marta Traba y su libro Historia abierta del arte colombiano. 
Gabo
Afirma la escritora argentina que el artista es un hecho emergente, que aparece abruptamente en una sociedad turbulenta que llega a su clímax con el asesinato del dirigente liberal Jorge Eliécer Gaitán en 1948, una verdadera traición al pueblo, herida abierto hasta los días que corren. De joven viajó a Italia a estudiar a dos de sus inspiradores: Piero Della Francesca y más claramente Paolo Uccello, pintores del Renacimiento, con lo cual su obra adquiere una profunda estructura de sentido. En 1958 expone La camera degli  spossi, una
Elicer Galletán
gigantesca caricatura de la familia Gonzaga, en la cual se anuncian los principios deformantes de su obra hasta el presente. El primero de ellos y más revolucionario será la eliminación del aire circulante, que implica a su vez el desprecio por el cubo escénico. Esto significa un rechazo a la pintura renacentista que le dio origen y eliminando cualquier sospecha de arcaísmo. Así destruye el equilibrio entre forma y espacio que la contiene, y destruye la concepción ilusionista de una realidad corregida por el artista. La obra es trasportada a un plano de pura irrealidad.
Ramón Hoyos
Crea el artista una iconografía voluntariamente estática, pero el color le da atribuciones dinámicas. Botero es un gran colorista, una verdadera hazaña. Otro rasgo boteriano es su sentido del humor y que se muestra con grandeza en su obra La apoteosis de Ramón Hoyos, de 1959. Es una radiografía del país, de sus miserias. Nace una conciencia fustigante de la realidad colombiana. Se inclina por lo grotesco y rechaza la tragedia.

El Nobel de literatura y Botero tienen una postura tan paralela de la realidad nacional colombiana. El Gabo con un surrealismo sui géneris donde el mayor encanto proviene de que las cosas parezcan verdad. Botero engrana su obra en un idéntico surrealismo, en una nueva dimensión del absurdo, más verídica y compuesta, más instintiva y menos ingeniosa, revestida de la misma falsa inocencia que  tiñe los relatos elementales de García Márquez. Llevar la situación surrealista a un plano de normalidad es precisamente la aportación original de ambos artistas a las múltiples vías irracionales que sigue hoy en día el arte contemporáneo, desde el dadá al pop art. La originalidad del Gabo es que no es Poe ni Truman Capote, así como  Botero no es Magritte ni Pistoletto. Ni la construcción inteligente del absurdo intelectual, ni la aguda noción del disparate que se desprende de las sociedades industrializadas.
La coherencia de Botero, su altísimo poder significante se manifiesta justamente de esa relación perfecta de los dos pintores renacentistas que escogió como puntos de partida, y el modo como los ordenó en una visión original. Su obra desciende de dos “congelantes” de la acción, de dos geometrizantes irrealistas del Renacimiento italiano: de la Francesca y Uccello y sus formas quietas en medio de un espacio móvil. Para evitarlo, Botero va ampliando la figura hasta que llega a cubrir la casi totalidad del cuadro y la circulación queda reprimida por esa incontenible y monstruosa expansión. La tela queda anegada por la imagen.
Paolo Occello

En pleno siglo XX, Colombia da estos dos formidables cronistas, como si pertenecieran en tiempos de la Conquista y la Independencia. Dos genios, sin duda.


sábado, 9 de enero de 2016

La Correlación de Spearman

En 1989, cuando comencé mis estudios de posgrado en Historia, me encontré en una institución como el Pedagógico de Barquisimeto, dominado casi hasta la tiranía por un paradigma investigativo en educación y pedagogía: La Correlación de Spearman, así como otras correlaciones. Los trabajos de grado en su casi totalidad manejaban y empleaban tales instrumentos de investigación tan íntimamente ligados al manejo de los datos estadísticos. Era una asignatura de carácter obligatorio. Allí se nos enseñaba a establecer tales correlaciones en la investigación educativa. Era un modelo traído, a no dudar, de los Estados Unidos, Universidad de Nova, Florida.  Se establecían las correlaciones más insólitas y extravagantes. Un compañero me dijo que quería establecer una correlación entre el promedio de calificaciones y el tipo de sangre de los estudiantes de su liceo. Otras investigaciones llegaban a buen puerto y eran, eso sí, serias y formales.
Cuando años después realice mis estudios doctorales en Historia,  me encontré con la tentación de emplear la dichosa Correlación. Sucedió que mi investigación de archivos eclesiásticos arrojó una enorme cantidad de datos sobre los hermanos de las cofradías coloniales y republicanas. Eran miles de fieles y me vi precisado a emplear el método estadístico para organizar aquella montaña de información: sexo, edad, grupo étnico, año de entrada a la hermandad, procedencia geográfica, entró vivo, entró muerto, canceló su entrada, edad a la que murió el hermano, meses en los que hubo más entradas, número de misas realizadas a los difuntos, dinero recaudado, número de godos caroreños y del populacho asentados, oficios, profesiones, letrados, analfabetas, apellidos frecuentes, apellidos raros, entre otros.
Para ello utilicé una estadística meramente descriptiva, con numerosas tablas estadísticas, unas 74, con sus curvas y con porcentajes, además de unas 15 barras y pasteles. Hasta allí. No quise avanzar hacia la estadística inferencial en la que habría de toparme con la g de Spearman, esa piedra filosofal de la psicología de principios del siglo XX.  Bien pude establecer correlaciones entre color de la piel y sentimiento religioso, estaciones del año y mayor entrada a las cofradías, ciclos económicos y descensos o aumentos de la sensibilidad religiosa, pestes y enfermedades y apresuramiento por pertenecer a una cofradía, nivel socioeconómico y entusiasmo religioso, entre otras correlaciones de las muchas que se pueden establecer. Resultaba una tarea fascinante.
En aquella oportunidad me detuvieron dos factores: uno, de carácter administrativo, es decir tenía un tiempo limitado para entregar mi Tesis Doctoral: Iglesia Católica, cofradías y mentalidad religiosa en Carora, siglos XVI al XIX, disponible en internet. Lo otro fue de orden intelectual, pues una recomendación de Stephen Hawking me hizo retroceder. En su libro Historia del tiempo afirmó que si agregaba una sola fórmula matemática a ese trabajo los lectores y las ventas irían a caer estrepitosamente.
Más recientemente y ya presentada y defendida mi Tesis en 2003, leí un libro interesantísimo del divulgador de la ciencia Stephen Jay Gould: La falsa medida del hombre, 1981, en la que afirma rotundamente que con estas correlaciones, establecidas en 1904 y aclamadas entonces como un descubrimiento sensacional, se han cometido abusos, pues a veces permiten establecer causalidades, pero a veces no. Y además pueden ser objeto de interpretaciones ambiguas, se demostró que g es lógicamente falaz, científicamente inútil, moralmente ambigua cuando intentó medir la inteligencia. Supuso que había descubierto una cualidad unitaria subyacente a todas las actividades mentales cognitivas una cualidad que podía expresarse mediante un número único y que podía utilizarse para clasificar a las personas según una escala unilineal de valor intelectual. La correlación, acusa Gould, no es una “cosa” dotada de realidad física. No tiene existencia real.

A 20 años de mi paso por el Pedagógico larense ignoro si este paradigma aún se mantiene allí con fuerza. Supongo que sí, porque nuestras instituciones universitarias se anclan con demasiada fuerza en convicciones y métodos ya superados. Y ha sucedido que el controvertido factor g ha sufrido una resurrección y continúa rondando por las teorías modernas de la inteligencia.

viernes, 25 de diciembre de 2015

A la memoria de Ernesto Mayz Vallenilla

España y América Latina han sufrido de un viejo complejo de inferioridad, pues se admite que nada de lo iberoamericano sea profundo y válido en materia de filosofía. Hasta Octavio Paz ha escrito que no hemos tenido movimientos intelectuales originales. Apenas hace resaltar a una figura solitaria: el español José Ortega y Gasset.
Un venezolano ha hecho cambiar esta perspectiva de sumisión a lo europeo, el Dr. Ernesto Mayz Vallenilla, natural de Maracaibo  en 1925 y fallecido en Caracas el 21 de diciembre de 2015. Se le considera el fenomenólogo más fiel a Husserl y Heidegger en la América Ibérica. Fue estudiante en Caracas y en Alemania, donde fue discípulo de Martín Heiddeger, doctor en filosofía en 1954. Enseño en la Universidad Central  de Venezuela y fue rector fundador de la Universidad Simón Bolívar.
Sus obras más conocidas son: La idea de estructura psíquica en Dilthey, Fenomenología del conocimiento, El problema de América, Ontología del conocimiento, El problema de la nada en Kant, Esbozo de una crítica de la razón técnica, Hombre y naturaleza, Fundamentos de la meta técnica, El ocaso de las universidades.
Admirador incondicional del pensamiento germano, Mayz Vallenilla piensa a partir de Heiddeger. En su Fenomenología del conocimiento, expone fielmente de manera exhaustiva la doctrina de Husserl, afrontando muy especialmente el problema de la constitución del objeto. Su análisis de la gnoseología crítica de Husserl explora magistralmente un tema simplemente abordado por el maestro. En Ontología del conocimiento se refiere a Heiddeger, cuya doctrina del Dasein, el ser ahí, busca completar mediante una original  gnoseología ontológica que invierte audazmente la fórmula cartesiana, por el llamado del Ser, proclamando: “Sum, ergo cogito”. El conocimiento se encuentra enraizado en la existencia.
En El problema de la nada en Kant parte de una laguna, observada en el filósofo alemán en la teoría del esquematismo, el sentido temporal de la nada no ha sido en absoluto percibido. Mayz Vallenilla trata de extraerlo recurriendo al testimonio de las cosas mismas, muestra que la nada no puede ser expresada, sino únicamente sentida. Estas páginas son de una singular profundidad.
Por otra parte Mayz Vallenilla se ha interesado en la civilización tecnicista y ha reflexionado profundamente sobre la razón técnica, la que puede realizarse en amor al prójimo. Intenta una nueva definición del logos que logre alcanzar el desarrollo de la ciencia contemporánea.  Finalmente, el filósofo de Caracas ha meditado sobre la vocación de Iberoamérica, en la cual discierne una conciencia “preontológica”  llamada a devenir una actividad auténticamente histórica, orientada a un porvenir incierto, pero portavoz de esperanzas.
La llamada América Latina no es en absoluto un pariente pobre de la cultura mundial con pensadores como Mayz Vallenilla. Su originalidad étnica, su geografía, su economía, su folklore, su literatura, sus artes tan específicas y sus desconcertantes vicisitudes políticas y sociales, así como su original pensamiento filosófico como el que Andrés Bello, Andrés Arturo Roig, Edmundo O´Gorman, Leopoldo Zea, José Gaos,  Salazar Bondy y nuestro paisano Mayz Vallenilla nos han hecho pensar de manera radicalmente distinta.
 Paz a su alma esclarecida.

Fin milagro alemán

    Wolfgang Munchau:   Kaput. El fin del milagro alemán. Luis Eduardo Cortés Ri...