martes, 3 de febrero de 2015

Aquel piano, aquel hombre. Homenaje a Juan Martínez Herrera

“Steinway es una leyenda viva,
más que un piano se trata de una pasión.

Era yo un adolescente cuando pasaba mis días meditando a medio soñar en los largos pasillos de pisos rojos y techos de cedro del Grupo Escolar Ramón Pompilio Oropeza. Era un recién llegado a Carora que se refugiaba en aquella noble y hermosa arquitectura de tejas y amplios ventanales adornados por el rojizo centellar de las acacias venidas de la lejana Indochina. Las cigarras con su canto monótono y estridente venían a completar aquel cuadro de ensoñación y ensimismamiento juveniles.
El auditorio era como el centro nervioso y de resonancias del edificio aquel, salido de las prodigiosas e iluminadas intuiciones arquitectónicas de Carlos Raúl Villanueva. Elegante y sobrio, lámparas colgantes y pequeñas escalinatas que daban a un tablado de amplias dimensiones. Tenía, sin embargo, una acústica decididamente ultrajante y agresiva. Nunca pude comprender plenamente como pudo suceder aquel dislate.
Arrinconado a las paredes escénicas dormitaba yacente un negro piano vertical de la afamada casa Steinway & Sons que la ingenua preceptiva ministerial de entonces había colocado allí para que se formasen espontáneamente sus enaltecidos ejecutantes, sin partituras ni docentes. Alguna Teresa Carreño silvestre dará sus primeros toques en su teclado, seguramente pensaron candorosamente.
Una mañana de un mes que no atino a recordar, mi padre Expedito, director de la institución, me pidió abriese las puertas a aquel recinto a un caballero que yo conocía ya en su gabinete de odontólogo, en donde arrullaba a sus retoños en brazos con música de Mozart o Vivaldi. Venía a realizar algo que jamás pensé pudiera suceder: Juan Martínez Herrera venía a nada más y nada menos que a afinar el viejo piano que la incomprensión escolar hacía vomitar sonidos ultrajantes. Comenzó su larga y monótona tarea bajo mi atenta mirada. Alicate y llaves en mano y una paciencia sin límites, aquel pequeño ser humano iba logrando poco a poco darle la sonoridad que esperaba a aquel mueble musical, triunfo de la modernidad burguesa y europea.
No podía sospechar que en ese mismo recinto, y años después, iba yo a acompañar de nuevo al odontólogo a regañadientes que era Juan Martínez, a hacer realidad otro de sus más disparatados anhelos: fundar una orquesta infantil en la recoleta ciudad del Portillo de Carora y que iba a retumbar del otro lado de los océanos. Y allí estaba un trémulo educador chileno apellidado Miranda, temeroso aun por el sangriento golpe que manu militari afrentó La Moneda, dispuesto a reproducir acá el sueño truncado de La Serena.
Y allí continuaba el viejo cajón musical de pedales y martillos que las diestras manos del médico dental habían logrado restituir su ignorada grandeza y dignidad. Quizá el trópico y la informalidad de sus habitantes no cuadraba con la majestad de aquellas maderas sonantes venidas de templadas y lejanas latitudes germánicas.
Pero más pudo la porfía y testarudez de aquel caraqueño inasequible al desaliento que el amor por Teresita aventó a las tierras resecas del occidente venezolano. Fue arrojado de tal manera al más fecundo de los lares, en donde Orfeo vino a continuar su universalista religión musical.
Y en la Casa de la Cultura, su creación más excelsa y admirable, lo observé de nuevo, esta vez frente a la muchachada sedienta y anhelante de armonías, a aquel enjuto hombrecillo de alicate y  partitura que en un recodo escolar resucitó de la anonimia y el ultraje del tiempo al cajón sonoro aquel, que solo el genio de la cultura occidental europeo pudo crear.
Con aquel prodigioso acto de manipulación de las somnolientas teclas del añoso mueble musical del Grupo Escolar, Juan Martínez, verdadero capitán de las luces, no estaba haciendo otra cosa de darle ánimo y temple al sin igual espíritu armónico momentáneamente aletargado de los caroreños. Y digo esto porque ya en el postrero siglo barroco y colonial venezolano contaba la ciudad del Portillo con un “maestro de horganos”, quien atemorizado por la idea de quedarse eternamente en el purgatorio, entró como hermano a la cofradía del Sacramentado.
Triunfo definitivo del piano de martillos en aquel medio tropical y calenturiento, que las nerviosas manos  del odontólogo caraqueño  introdujo en la racionalidad de la afinación pura al momentáneamente aletargado espíritu musical caroreño. Todo un portento, todo un prodigio.
Hoy, ya ausente de entre nosotros Juan Martínez, rememoro aquel encuentro entre el muchacho que era yo y el inmenso constructor de sueños y fantasías melódicas que era y es aquel enjuto hombre en cuyo cuerpo diminuto no cabía la inmensidad de su espíritu.

viernes, 26 de diciembre de 2014

Octavio Paz: 100 años

No puedo dudarlo: Octavio Paz es el Nóbel de Literatura que mejor conozco. Fue un encuentro que comenzó en 1974, cuando una compañera estudiante de la Escuela de Letras de la Universidad de Los Andes me pidió que la asesorara en un análisis que le mandó realizar el poeta Ramón Palomares sobre uno de los más conocidos libros del mexicano: El laberinto de la soledad. Aquello fue asombroso, pues la lectura de aquel pequeño libro hubo de transformarme para siempre e irremediablemente. Su prosa bien acabada, la hondura de su análisis, el sentido antropológico de aquel ensayo fueron para mí una auténtica revelación.
La fenomenología de la palabra “chingada” me causó viva impresión. Muchos años después, ya en mi madurez, hube de conocer el sentido filosófico y antropológico de aquel análisis a medio camino de la lingüística y de la psicología del hombre mexicano. Fue una iluminación que recibió Paz del alemán Husserl y del español Ortega y Gasset. Qué cosas tan interesantes habrán de hacerse --pienso ahora-- con la fenomenología de las palabras nuestras, tales como la larense “na’ guará” o la marabina “vergación”. Es un asunto pendiente.
Desde aquel momento no dejé de adquirir y de leer con enorme fruición los libros de Paz. Pienso en El arco y la lira, ensayo de teoría de la poesía que me impulsó a escribir un ensayo de teoría de la historia: Ocho pecados capitales del historiador. Paz nos hacía un reclamo: lo poco que se cultiva la teoría literaria en el mundo hispanoahablante, lo que me llevó a trasladar aquella requisitoria al ámbito histórico.
Pienso en la suprema profundidad de Paz al analizar, por ejemplo, el Mayo Francés de 1968, el estructuralismo de Lévi-Strauss,  la matanza de Tatlelolco, la artesanía, el movimiento surrealista de André Breton, las drogas alucinógenas precolombinas, el teatro japonés o la extrañeza histórica del México colonial y republicano. Y es que fue una mente lúcida como pocas, que fue capaz de enjuiciar a la sociedad estadounidense y su vacuidad con la misma vehemencia y tino que lo hizo con la extinta Unión Soviética, una ideocracia, lo cual es muy justo reconocer. Solía repetir Paz: la pasión ideológica ciega los más sabios. Una buena lección para los venezolanos del presente.
La llama doble fue uno de sus últimos libros. Y trata sobre esa cosa extraña en el mundo de hoy: el amor y la atracción amorosa. Hace poco me causó sorpresa que uno de mis más inteligentes cursantes de doctorado en cultura de la Upel-Barquisimeto, me dijera que era lo mejor que había escrito el Nóbel de Literatura. Y es que yo le asigné al profesor Juan Carlos Araque la lectura de otro inmenso trabajo de Paz titulado Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe. Bueno, son criterios muy respetables los de esta joven promesa literaria de nuestro Pedagógico.
Dicen que la Academia sueca premió a Paz por este voluminoso libro de unas 800 páginas, que restituyen --vaya palabra que usa de manera magistral Paz—a la monja mexicana a la sociedad novohispana del siglo XVII, un mundo en el que apenas nos reconocemos los humanos del tercer milenio. No sé si Paz conoció  la Escuela de Annales, pero es bien sabido el empleo de la categoría de historia global o de síntesis que hace de manera exquisita y profunda el mexicano allí. Quizá sea el último capítulo de esta obra el más meduloso y denso y lleva por título Ensayo de restitución.
Paz fue un apóstata de la fe comunista, lo que la izquierda mundial apenas perdonó. Estuvo con la España republicana que se defendía frente al fascismo, nunca tuvo buenas relaciones con García Márquez, a quien tildaba de ser un defensor de los regímenes totalitarios y especialmente de la Cuba de Fidel.
Obtuvo merecidamente el Premio Nóbel de Literatura en 1990, cuatro años antes de su muerte, este inmenso poeta y ensayista que pasó a la inmortalidad en 1994. Siempre repitió que el mejor premio era tener lectores.  He sido uno de ellos.

martes, 11 de noviembre de 2014

Antonio Zubillaga Herrera. Un paladín de la cordialidad

Toño Zubillaga fue un amigo que heredé de mi padre, Expedito, casi desde nuestra llegada a Carora en 1960. Se retira de la vida terrena este descendiente de esa altiva raza de seres humanos, los vascos españoles. Llevaba bien colocado su apellido, que en la inmemorial lengua vascuence significa puente. Eran, y siguen siendo los Zubillaga, el puente, el vínculo y pasadero  entre los que fueron  (y son aún) grupos sociales colocados unos al margen de los otros: los godos cara coloradas y el populacho de al otro lado de la quebradón  Carora.
Fiel  a esta condición de intermediarios culturales, los hombres y mujeres que han llevado orgullosos tan sonoro apellido, han jugado un papel de primer orden en el entendimiento y aveniencia en una sociedad marcada por la polarización social y cultural, y que se expresó simbólicamente en una prohibición ya desaparecida  y odiosa: la de sentarse la gente del común en los bancos de los cara colorada en la iglesia de San Juan Bautista de Carora.
Los Zubillaga no han sufrido de este complejo y a veces incomprendido comportamiento separatista y prejuicioso. El primero de ellos en llegar a Venezuela, en 1794, Agustín Luis, pronto se puso al servicio de la causa republicana; Chío Zubillaga se enfrentó a la clase social, que se asemeja a una casta y de donde él mismo provenía, colocándose del lado de los humildes y analfabetas. Los Zubillaga han sido de tal manera mayordomos de las cofradías, dentistas, maestros de escuela, boticarios y farmaceutas, tenderos, jugadores de pelota criolla, beisbolistas, cantantes, comerciantes de víveres, empleados bancarios, administradores, oficios tan diversos en los cuales el contacto con el populacho era inevitable y a la vez fecundo en el camino de la creación de lazos perdurables de amistad y entendimiento.
Toño fue en sus mocedades un galán entre las damitas de los barrios caroreños, a ello contribuía, sin duda, su inconfundible y gutural voz, la que identificaba el beisbol tradicional, la segunda religión de los caroreños. Debo destacar que mi padre y Toño eran grandes amigos, camaradería que se selló cuando Toño apadrinó a uno de mis hermanos nacidos en Carora: Carlos Enrique. Mientras vivíamos en el Grupo Ramón Pompilio Oropeza, todos los meses de diciembre llegaba el regalo navideño para el retoño caroreño de Expedito.
 Cuando se produjeron los abruptos cambios políticos de finales de siglo XX, se colocó inmediatamente al lado del proceso que se inició en 1999, tal y como Chío Zubillaga lo hubiese hecho indefectiblemente.
Era un lector infatigable y por tal razón visitaba mi Oficina de Cronista con cierta regularidad a la búsqueda de un título nuevo de nuestro sello editorial. No le gustaba que le diera libros prestados, porque ello le impedía subrayarlos y hacerles notas marginales. Observé que a cada párrafo leído le hacía una equis de cabo a rabo. Hace poco me pidió el poema Vuelta a la Patria, de Pérez Bonalde, el cual lo bajé de internet, lo engrapé y se lo entregué en La Flor de Carora, su lugar de rochela consuetudinario y en el que estuve el día de ayer extrañando su amigable y bonachona presencia.
En cierta ocasión me acompañó al lecho de enfermo del Obispo de Carora, Monseñor Eduardo Herrera Riera, para que le hiciera una entrevista cuando este príncipe de la Iglesia  Católica veía inevitable el ocaso de su existencia terrenal. Nos reímos a carcajadas  con las ocurrencias y salidas de Eduardo.
Se nos marcha un paladín del entendimiento y de la cordialidad, un caballero que sufrió de la adversidad al perder su matrimonio y a una de sus hijas en la primavera de la existencia, pero nos queda un hermoso e inmarcesible legado de Toño, casi en su totalidad creado y construido por su expansiva personalidad: una versión sin par y extraordinaria del hombre cordial y generoso.

jueves, 6 de noviembre de 2014

Las cuatro fundaciones de Barquisimeto

El récord de fundaciones sucesivas en Venezuela lo tiene la ciudad de Trujillo, por ello ha sido llamada la ciudad portátil de Venezuela por sus siete fundaciones. Don Mario Briceño Perozo dice que la actual ciudad de Nuestra Señora de la Paz de Trujillo, desde 1557 anduvo trashumante por tierras de los cuicas hasta asentarse definitivamente en el valle de la quebrada de “Los Cedros” y del río “Castán”, reducto silencioso de los cuicas.
No se queda atrás la urbe crepuscular, pues ella fue motivo fundacional  en cuatro ocasiones. En 1552, dice el historiador Reinaldo Rojas en su libro Historia social de la Región Barquisimeto en el tiempo histórico colonial, 1530-1810, que el conquistador español Juan de Villegas funda en Buría (Municipio Simón Planas del Estado Lara), el primer asiento de la Nueva Segovia de Barquisimeto. La Relación Geográfica de 1579 lo narra así: Y de El Tocuyo salió Juan de Villegas con cierta cantidad de soldados y descubrió minas de oro en la cordillera de San Pedro (…) Dícese (le) Buría porque es el nombre de un río (…) y el río de San Pedro se llama así porque se descubrió el día de San Pedro.
 Este documento no señala la causa central del despoblamiento: el levantamiento de los primeros negros esclavos encabezados por el negro Miguel en 1553. Acontecimiento que representa, dice Rojas,  el primer levantamiento antiesclavista de negros e indios en Venezuela colonial. Levantamiento que se fundamenta en los principios del cristianismo primitivo: Dios los creó a los negros hombres libres como las demás gentes del mundo, por lo que no se justifica que España los mantenga en miserable servidumbre,  sin que en otra parte del mundo hubiese tal costumbre, pues en Francia, Italia, Inglaterra, y en todas otras partes eran libres, escribe Fray Pedro Simón, poniendo el labios del Negro Miguel tal discurso.
El primer cambio de lugar, continúa Rojas, es descrito así en el mismo documento: Estuvo poblado allí el pueblo por poco tiempo, por ser el asiento donde estábamos enfermizo y muy húmedo y por las enfermedades que habían, y por morir algunas personas en él, y por tener naturales (aborígenes) lejos. Se pasó a Bariquisimeto que es junto al dicho río Bariquisimeto, en el asiento donde quemo el pueblo Lope de Aguirre.
Del tercer asiento dice Fray Pedro Simón: lo mudaron el poblado a otro más desahogado, en el tiempo del Gobernador Pablo Collado, entre dos ríos, el uno llamado Claro y el otro Turbio, porque iban así.
Y de la ocupación de la terraza actual, que se considera la cuarta fundación, hacia 1563, nos dice el mismo religioso franciscano: Tampoco les pareció haber acertado en este sitio, por ser de mucho polvo y muy noscivo en tiempos de vientos; y así lo mudaron más a la parte del Tocuyo, en tiempos de un gobernador llamado Manzanedo, en unas sabanas altas y limpias, de mejores aires, donde hoy permanece.
Y en esta terraza se quedó hasta los días que corren la ciudad que  se está convirtiendo vertiginosamente en una megaconurbación, la que pronto fagocitará a Cabudare, Quíbor,  y  a la vuelta de pocas décadas, a Yaritagua en el vecino Estado Yaracuy.

Ante el tránsito de José Manuel Briceño Guerrero

“La verdadera muerte es el olvido.”

Cuando recibo la triste noticia de su deceso manipulaba con mi mano derecha el celular que me  comunica la sentida muerte de un verdadero Maestro, en tanto que mi otra mano se ocupaba de sostener a mi hijo, Luis Manuel, mi retoño de 15 meses. En ese momento pensé en la brevedad de la humana existencia, sus inocentes comienzos y su  ocaso irremediable. La filosofía, decía Platón, es preparación para la muerte. Y el Maestro tuvo larga existencia para destruir la angustia ante la nada, como aconsejaba Sartre. Y tuvo el privilegio de pensar en cualquier lengua la partida, pues su condición políglota se lo permitía. Todos expiraremos en cualquier momento y circunstancia, pero cada cultura lo hace y lo piensa a su manera.
Lo conocí en la Mérida de los años 70 y su ilustre Universidad, recinto donde obtuvo un verdadero récord al ser reconocido como el docente más antiguo de esa casa de estudios. Si no me equivoco estuvo al frente de ese extraordinario magisterio por casi 60 años. Me sorprendía que conociera de Carora y Barquisimeto con tanta familiaridad y detalle. Muchos años después supe que cursó estudios en el vetusto Liceo Lisandro Alvarado, institución donde conoció a su futura esposa, la antropóloga martiniqueña Jacqueline Clarac, también mi profesora en la Escuela de Historia.
Su pasión indiscutida era una: enseñar a pensar sin ataduras de cualquier especie. Donde hubiese reflexión y búsqueda allí estaba Jonuel Brigue, su pseudónimo y con el cual fue presentada su candidatura al Premio Nobel de Literatura hace unos años. Y es que era hombre enemigo declarado de los esquemas y las recetas, así como de los sesgos ideológicos de cualquier laya. Fue por ello que aplaudió el esfuerzo de algunos venezolanos para crear una opción diferente del socialismo soviético en la tierra de Bolívar.
La última vez que compartí con su sereno y apacible verbo, fue en la Posada Los Granados, propiedad de Yuyita y Cécil Alvarez. Allí dijo que mi hijo José Manuel corría el riesgo inminente de convertirse en músico por haber nacido en Carora. Ese día me autografió uno de sus libros. Al lado de mi segundo apellido, Riera, colocó por petición mía las letras s. p. (sin plata), lo cual le provocó gran hilaridad y gozo. Y es que cualquier cosa, por insignificante que pareciera, le producía asombro, que es condición necesaria del filosofar. Ese estado de ánimo le produjo otra de mis ocurrencias. Sucedió al hablarle de la existencia en Carora de una godarria negra, más goda que la godarria blanca de raíz y cepa peninsular y canaria.
Reinaldo Rojas le convocó en repetidas ocasiones al Doctorado en Cultura del Pedagógico barquisimetano. En El Eneal disertó largamente con los allí convocados sobre cualquier cosa. Pero siempre repetía que una tesis doctoral no es una simple acumulación de información, hay que agregar algo nuevo, decía.
A uno de los participantes, Juan Carlos Araque, quien le dijo iba a trabajar el humor en el siglo XIX, le recomendó con aguda perspicacia que se refiriera al doble sentido entre los venezolanos. A la caroreña Isabel Hernández Lameda le pidió indagar por qué Chío Zubillaga dejó una escuela, lo que no logró el sabio Lisandro Alvarado.  Cuando me tocó decirle de mi investigación sobre el elemento femenino en nuestra religiosidad, me pidió con humildad le enviara mi tesis, pues desconocía este aspecto de nuestra cultura.
Se nos fue el Maestro, pero queda su inmensa y hasta ahora poco conocida obra. En su último poemario escribió que la verdadera muerte es el olvido. No te olvidaremos, Maestro.

Fin milagro alemán

    Wolfgang Munchau:   Kaput. El fin del milagro alemán. Luis Eduardo Cortés Ri...