viernes, 30 de mayo de 2014

La Provincia Caquetía de Barquisimeto

REGIÓN LARA
Cuando revisaba el magnífico Archivo de la Diócesis de Carora me encontré, para mi sorpresa, que en estas tierras estaban habitadas por individuos de la etnia de los “caquitios”. De esta manera los amanuenses del siglo XVII escribían el nombre de esta soberbia etnia de la gran familia arawaca que pobló amplias regiones del occidente venezolano: los indios caquetíos.

DR. REINALDO ROJAS
 Debemos a mi amigo, el doctor Reinaldo Rojas, el haber establecido lo que ha llamado el espacio o Provincia Caquetía de Variquicemeto en 1530. Esta es la base aborigen sobre la cual se levantará la formación social y espacial colonial regional. Con ello desmiente Rojas la idea bastante difundida entre los larenses de que nuestro territorio estaba poblado fundamentalmente en el siglo XVI por la etnia de los jirajaras.
NICOLÁS FEDERMAN
La investigación de mi amigo se basa en una lectura muy inteligente que hizo del informe que escribe el capitán alemán Nicolás Federman entre 1530 y 1531. Este tudesco al llegar a Verequecemeto y Vararida se refiere a las provincias, dando con ello a entender y destacar el alto volumen de población que observó, así como la organización espacial que define como confederación de aldeas gobernadas por cacique o principal. Cuatro centros de este tipo destaca el capitán alemán: Variquecemeto, Vararida, Hacarygua e Itabana, todas caquetías y ubicadas en los principales ríos de la región.
La más importante de estas cuatro confederaciones es la de varequecemeto, ello por su alta concentración poblacional en el valle del río Turbio, en donde existía una magnifica agricultura de riego. Dice el alemán que eran “una veintena de pueblos que ocupaban la mejor y más fértil y llana tierra y no soportan a ninguna otra nación en la llanura”.
Calcula Federman que los indios asentados en las riberas del Turbio eran unos 4.000, “gentes bien proporcionadas y fuertes por quien fui bien recibido”. El alemán estuvo 14 días entre ellos, acompañados de 226 personas, entre españoles y caquetíos de Coro, lo cual nos da una idea de la capacidad y el crecimiento económico alcanzado, gracias a la utilización del río para el riego permanente de los cultivos del maíz.
Rojas calcula que hubo allí unos 3.360 habitantes para el valle propiamente dicho (84 kms. cuadrados) y 6.800 habitantes para el valle extenso de 170 kms. cuadrados. A escala regional es Varequecemeto el más importante centro poblacional caquetío de un espacio geohistórico aborigen en los valles turbio-yarcuyanos, lo cual se debe al cultivo excedentario del maíz.
El alemán dice que Vararida era de un numero igualmente grande, pero que la desunión los hacia menos poderosos que los de Varequecemeto. Del otro poblado caquetío, Hacayrigua, dice el tudesco que eren unos 16.000 indios de guerra, sin contar las mujeres, los niños y los viejos, que tenían un solo señor llamado Hacayrigua, y habitaban las márgenes del río Acarigua.
Del último poblado, Itabana, refiere Federman que habitaban las márgenes del río Cojedes y estaban gobernados por un solo cacique o señor de muchos pueblos.
 
AMBROSIO ALFINGER

De modo pues que estamos frente a una estructura socio-espacial aldeana, un espacio geohistórico sustentado en una agricultura de riego, en un proceso de federación de aldeas y la presencia integradora de cacicazgos, a lo que habrá que agregar una red de intercambios comerciales con los caquetíos de Coro, proveedores de la sal a través de los aborígenes Xaguas (Municipio Urdaneta del estado Lara), relaciones que se extendieron más al sur hasta los llanos de Barinas, Apure, Meta y Casanare, entrando en relación con pueblos andinos de filiación Chibcha. Esta ruta de los llanos será la que transita en busca del tesoro de los Omaguas el alemán Spira entre 1535 y 1537, llegando hasta el río Guaiviare (Colombia), y Federman entre 1537 y 1539 desde Coro hasta Bogotá. Y es también la ruta que siguió el gran cacique Manaure hasta los llanos del río Meta, movimiento de retirada ante la conquista española de la provincia caquetía de Coro.
Esta estructura socio-espacial aborigen fue violentada y desarticulada por los adelantados alemanes encabezados por Spira, Alfinger y Federman de la Casa Welser.
¿Y los caquetíos de Carora que mencioné al principio? Puede que hayan sido trasladados por la fuerza hasta allí, buscando de tal forma la manera de restarles fuerza y cohesión desperdigándolos por la región centroccidental de la Provincia de Venezuela, sometiéndolos al oprobioso régimen de la encomienda.

martes, 20 de mayo de 2014

San Nicolás de Bari y la ganadería en Venezuela

El médico veterinario Naudy Trujillo Mascia, docente de la Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado de Barquisimeto, presentó su magnífica y brillante tesis doctoral en la Universidad Central de Venezuela el pasado abril con el título: Historia de la ganadería en la Región Barquisimeto (1530-1810), bajo la tutoría del Dr. Reinaldo Rojas. Tuve el privilegio de ser jurado.


Es un trabajo de frondosas 451 páginas, bien redactado y estructurado, en el cual se aprecia la pasión escritural de este investigador nativo de Sarare, estado Lara, quien para tal propósito empleó las concepciones históricas de la Escuela de los Anales fundada por Marc Bloch y Lucien Febvre en Francia en 1929, tales como las de historia global o historia síntesis.

En esta densa investigación histórica, aprobada con honores, me llamó poderosamente la atención una parte que Naudy Trujillo tituló: Relación del culto a San Nicolás de Bari con la ganadería. Allí propone, en lo que es su notable hallazgo investigativo, establecer una efectiva integración de poblaciones con el nombre de San Nicolás que definitivamente permitían el intercambio comercial ganadero en las ancestrales rutas de intercambio comercial aborigen. A lo que agrega que en esta dinámica geoeconómica ganadera pudiese haber propiciado, desde el punto vista zootécnico, la conformación del mestizaje de las ganaderías bovinas, caprinas, caballar y porcina, lo que llevó a la aparición de la denominada ganadería criolla, hoy en día virtualmente desaparecida. A mi modo de ver es una hipótesis de trabajo realmente fascinante y da prueba de la fecunda imaginación histórica del ahora flamante doctor en historia Trujillo Mascia.

En efecto, es una devoción traída al Nuevo Mundo por los españoles y los isleños de Canarias, de la mano de monjes dominicos, capuchinos, franciscanos y agustinos, así como también de los tudescos de la casa Welser. A la América anglosajona la introdujeron los holandeses en Nueva York, donde adopta el nombre de Santa Claus, vestido de rojo y de luengas barbas blancas. En la antigua Provincia de Venezuela, Trujillo Mascia identifica tres zonas en donde ubica poblaciones asociadas a la producción pecuaria, y casi todas tienen origen en la organización de comunidades por religiosos como pueblos de misión o capellanías de haciendas y hatos.

En el oriente de Venezuela encuentra a San Nicolás en Porlamar, Anzoátegui, Misiones de Guayana y Trinidad y Tobago; en el centro del país en Chuao, Turiamo, Curiepe, Bilongo, Yare y El Rastro; en occidente en Aruba, Curazao, Moruy, Hato Abajo, Coro, Cumarebo, Dabajuro, Mene Mauroa, Curarial, Pedregal, Quibure, Cabure, El Roble, El Turbio, Yaritagua, Los Cañizos, Aracal, Sarare, Boconoito, Obispos, Carvajal.

Pero no se queda acá el investigador, puesto que establece una zona de extensión del culto en el territorio de Virreinato de Nueva Granada, Colombia,  con denominaciones nicolasianas en Arauca, Casanare, Sabana de Torres, Chinacota, Sarare (Boyacá), Sucre, Cundinamarca, Cumaral del Meta, Lurica de Córdoba, Sopetrán del Rio Cauca, Valle de Río Negro (Antioquia).

De modo que esta devoción,  ligada a la protección  de diferentes causas, tales como los niños, jóvenes,  novios, marinos, cosechas, pastores, y  por supuesto, los animales, tuvo en nuestros tres siglos de coloniaje una muy amplia y sentida veneración a la cual sólo ahora empezamos a comprender. Esta investigación  de Trujillo Mascia es apenas el comienzo en la búsqueda de la significación emocional y sensible entre los hombres y mujeres del periodo colonial de los poderes milagrosos y curativos de este obispo que, en cierta ocasión, hizo brotar un manantial cristalino de agua en un pozo que servía de abrevadero de ganados y se había contaminado. Y como si fuera poco el Obispo de Myra (Turquía) exorcizó un pastor que había sido víctima de una posesión por frecuentar con sus rebaños lugares donde pululaban los demonios.

Cuánto de colonial queda en las costumbres y estilo de vida de algún rincón aldeano; en ciertas formas de lo que puede llamarse nuestro Derecho consuetudinario; en las tradiciones del arte popular, en ritos y supersticiones, es todavía, dice Mariano Picón Salas en su libro Comprensión de Venezuela, tema de investigación para el sociólogo o historiador de la Cultura.

Y todo esto lo digo con cierto pesar y tristeza, puesto que nuestro San Nicolás de nuestros abuelos y bisabuelos campesinos ha sido prácticamente sepultado y silenciado por el Santa Claus anglosajón, blanco y protestante de los albores del tercer milenio, quien asociado a las poderosas compañías trasnacionales nos venden, entre otros artículos innecesarios, una bebida industrial sin alma de color negro, como decía Arturo Uslar Pietri. Se trata, en consecuencia, de rescatar para el presente esa historia oculta y replegada de la cual nos hablaba don Miguel de Unamuno, para colocarla al servicio de la restitución de nuestra alma criolla y mestiza, para de tal forma enfrentar la poderosísima globalización y su arma más temible y letal: el pensamiento único, empobrecedor y simple.

lunes, 28 de abril de 2014

Valiosa obra de Luís Cortés. por: Rafael Montes de Oca Martínez

EL licenciado en historia Luís Eduardo Cortés Riera, ha tenido la gentileza, en gesto que agradecemos, de enviarnos por Internet su valiosa obra Iglesia Católica, Cofradía y Mentalidad religiosa en Carora, Siglos XVI al XIX, presentada como tesis para su doctorado en historia. Se trata de un ensayo de 346 páginas, que consideramos fundamental para conocer el proceso histórico de la ciudad torrense.
Como resultado de su minuciosa y extensa investigación, el autor nos ofrece un conocimiento pleno de las estructuras demográfica, poblacional, social, económica, cultural y educativa de la urbe en el largo período estudiado en base a una amplia bibliografía y diversas fuentes documentales. Allí se destaca el por qué se le llama Ciudad Levítica, su carácter artesanal,  el proceso de establecimiento de las erecciones parroquiales, tradiciones como la maldición del fraile, la participación en la guerra de la independencia, y las luchas, levantamientos e insurrecciones, además de otros temas de significación.
Al abordar la existencia de las cofradías y hermandades que tanta importancia tenían en la vida colonial, Luís Cortés las califica como “magníficas estructuras de base religiosa que imprimen a nuestro catolicismo su impronta mutualista, de solidaridad y de servicio” haciendo especial referencia a la Cofradía del Santísimo Sacramento de la Iglesia Parroquial de San Juan Bautista del Portillo de Carora, fundada el 27 de enero de 1585. Sobre estas instituciones alude la “desarticulación de las haciendas de las cofradías durante el siglo XIX.
Según lo expuesto en la obra, el terrible acontecimiento “rápido” y “violento” ocurrido el 16 de febrero de 1736, que dio origen a la leyenda del diablo suelto, cuando en la plaza mayor fueron fusilados los hermanos Hernández Pavón y sus acompañantes, funcionarios públicos que perseguían el contrabando de cacao, fue un “espejo”, un “agujero” que dejaba ver las contradicciones de la sociedad colonial de entonces.
Uno de los temas que han llamado más nuestra atención en este libro es el relativo a la “cerrazón social” y el “sentido de casta” que mostraban como característica las familias principales caroreñas, que según afirma su autor garantizaban a través de las indulgencias o dispensas de la iglesia que “no se dispersara la sangre y las finanzas de los integrantes de la godarria.
Luís Eduardo Cortés Riera, actual Cronista Oficial de Carora y con muchos años dedicados a la docencia, nació en Cubiro, Estado Lara, en 1952. Se residencia en la capital torrense  en 1960 cuando contaba ocho años de edad y llega en compañía de su padre, el recordad educador y conservacionista Expedito Cortés, al ser designado éste como Director del grupo escolar Ramón Pompilio Oropeza. En 1976 se gradúa de Licenciado en Historia en la Universidad de los Andes, continuando con éxito sus estudios de la especialidad hasta lograr el doctorado.
De él conocíamos su libro titulado Del Colegio La Esperanza al Colegio Federal Carora (1890-1937) editado por la Alcaldía del Municipio Torres en 1997 (durante el período del alcalde Leonardo Oropeza) conjuntamente con la Fundación Buría, obra que constituye una substancial contribución a la historia de la educación y la cultura caroreña y al conocimiento de la portentosa hazaña magisterial del doctor Ramón Pompilio Oropeza, fundador del primero de los colegios mencionados, el cual abrió sus puertas el primero de mayo de 1890 y luego fue elevado a la categoría de colegio federal cuya dirección ejerció hasta el día de su muerte el 21 de marzo de 1937.
rafael.montesdeoca@hotmail.com.

viernes, 25 de abril de 2014

Gabriel García Márquez en Carora


Conocí a Gabriel García Márquez en 1968 en la plaza Corpahuaico de Carora, lugar que era un verdadero ateneo de la juventud del Liceo Egidio Montesinos por aquellos años. Juan Hildemar Querales, uno de aquellos soñadores utopistas, me mostró allí ese portento de novela llamada Cien años de soledad, editada el año 1967, más no me la dio prestada. Desde ese momento el Gabo comenzó a ser una figura literaria rutinaria en nuestras vidas y fue quien comenzó a darle un inmenso sentido literario a nuestra realidad cotidiana, que nosotros, quizás por ello mismo, no habíamos caído en cuenta de lo extraordinario y asombroso del mundo que nos rodea acá en la comarca más bella del Universo.

En la lectura juvenil que hice de esta novela, que en un principio estuvo a punto de titularla el joven de AracatacaLa casa, detecté un error en su construcción, el que años después observé hizo también el peruano Mario Vargas Llosa en su tesis doctoral García Márquez: historia de un deicidio. (1971). Reflexioné por aquel entonces que los genios suelen también equivocarse y que yo, modestia aparte,  era un lector prevenido y cuidadoso.
Una de las grandes sorpresas que no dio el colombiano fue que al ganar el prestigioso Premio de Novela Rómulo Gallegos en 1973, donara el significativo premio en metálico de 100.000 bolívares al partido político Movimiento Al Socialismo (MAS), en el cual militábamos las personas que nos considerábamos iconoclastas e inteligentes en el campus de la Universidad Central de Venezuela. Mi padre, Expedito, al leer aquella noticia en el diario El Nacional, exclamó: “Me gustó mucho este gesto del colombiano.”
Después que el ejército y su artillería pesada nos obligara a cambiar de casa de estudios, y una vez instalados en la ciudad emeritense, tuve el privilegio de asistir a un seminario sobre García Márquez ofrecido por la Universidad de Los Andes, dictado por un investigador tan brillante como presumido, el uruguayo Angel Rama, con quien tuve un breve cruce de palabras al final del cual terminé regañado por aquel inteligente hombre, autor de García Márquez: edificación de un arte nacional y popular (1987). Moriría Rama años después en un accidente de aviación junto a la crítica de arte Marta Traba en 1983.


Le decía a Franklin Piña Gonzàlez, responsable de esta magnífica página literaria en El Caroreño,queel Gabo no es el padre del llamado “realismo mágico” que ha hecho prodigios en la literatura del siglo XX latinoamericano. Es, eso sí, uno de sus cultores más destacados y quizá el mejor. Los padres de la criatura fueron tres jóvenes residentes en el París de entreguerras: el cubano Alejo Carpentier, el guatemalteco  Miguel Ángel Asturias y el venezolano Arturo Uslar Pietri, quienes percibieron  que el surrealismo de André Breton y sus secuaces no terminaba de satisfacer sus expectativas literarias, que era además una cosa sencilla si se comparaba con la mágica realidad latinoamericana.La novela desde ese momento está más cerca de la poesía y de la antropología que de Marx, Freud o Heidegger. Se trata en lo sucesivo de recuperar una mitología de la mano de Lévi Strauss, Michaux, de Dumézil, dice el mexicano Carlos Fuentes en su ensayo Sobre la nueva novela hispanoamericana.(1997).


Ya mi amigo el periodista Milton Enrique Meléndez, recién llegado de Francia,  lo dejaba entrever al recitarme de memoria trozos enteros de La montaña mágica de Thomas Mann: es la culminación de la novela burguesa europea. La novela desde la perspectiva tercermundista tenía de esa manera su camino expedito en figuras como Borges, Cortázar, Onetti, Carpentier, Sábato, Vargas Llosa, García Márquez. Se crea de tal manera y para tales fines, dice Fuentes, un nuevo lenguaje. Latinoamérica se siente urgida de una profanación que dé voz a cuatro siglos de lenguaje secuestrado, marginal, desconocido. Una resurrección del lenguaje perdido. Los latinoamericanos son hoy -dice Octavio Paz-contemporáneos de todos los hombres.


En este contexto aparece nuestro García Márquez, el escritor más célebre del “tercer mundo”, y el mayor exponente de una corriente literaria, el denominado “realismo mágico” que ha cobrado un asombroso vigor en otros países en vías de desarrollo, dice su biógrafo “oficial”, el británico Gerald Martin. Ha cosechado, agrega, adeptos sobre los novelistas que escriben sobre ellos, como es el caso de Salman Rushdie, para citar sólo un ejemplo obvio.
García Márquez tal vez sea el novelista latinoamericano más admirado en el mundo entero, así como quizá el más representativo de todos los tiempos de toda América Latina; e incluso del “primer mundo”, que conforman Europa y Estados Unidos, en una época en la que cuesta encontrar  grandes escritores reconocidos universalmente, su prestigio durante las cuatro últimas décadas no ha conocido rival, sentencia Martin.
Y es que la gran novela del siglo XX se canceló en los años cincuenta (cuando yo nací) con Joyce, Proust, Kafka, Faulkner, Woolf; pero en la segunda mitad del siglo el único escritor que ha cosechado verdadera unanimidad haya sido el Gabo. Su obra maestra, Cien años de soledad -agrega el catedrático de la Universidad de Pittsburg- apareció en el vértice de la transición entre la novela de la modernidad y la novela de la posmodernidad, y acaso sea la única publicada entre 1950 y 2000 que haya encontrado tal número de lectores entusiastas en prácticamente todos los países y culturas del mundo. En ese sentido, remata Martin, tanto en el asunto que aborda- a grandes términos la colisión entre “tradición y modernidad” - como su acogida, probablemente no sea excesivo considerarla la primera novela verdaderamente “global”.


Los venezolanos sentimos una gran satisfacción en el hecho de que el Gabo haya amado y sentido a Caracas de tal manera que en ella se sentía “feliz e indocumentado”, como solía decir él mismo. Solo me resta apuntar que en aquellos años alguien ha debido traer al “Segundo Cervantes” a Carora, para que en esta remota ciudad del semiárido del occidente de Venezuela conociera a Chico pico e´loro, un personaje portentoso que se ganaba la vidaal recoger dinero exhibiendo a sus maravilladose infaltables curiosos su gigantesco y formidable miembro viril. Realismo mágico del bueno.

Fin milagro alemán

    Wolfgang Munchau:   Kaput. El fin del milagro alemán. Luis Eduardo Cortés Ri...